Adrián permaneció inmóvil.
La pequeña llave descansaba sobre la palma de su mano como si pesara varios kilos.
Miró a Elena.
Ella estaba temblando.
No era el miedo de alguien que acababa de recordar algo desagradable.
Era el miedo de alguien que había vivido demasiado tiempo con un secreto.
—¿Qué quisiste decir con que no eres la primera? —preguntó en voz baja.
Elena cerró los ojos.
—Pensé que estaba delirando cuando me lo dijo.
—¿Quién?
—Tu mamá.
La habitación quedó en silencio.
La doctora acababa de salir para buscar unos estudios, así que estaban completamente solos.
Elena respiró hondo antes de continuar.
—Cada vez que intentaba defenderme… ella sonreía.
Se llevó una mano al vientre.
—Y repetía siempre la misma frase.
Adrián esperó.
—”Las mujeres débiles nunca duran mucho en esta familia.”
Un escalofrío le recorrió la espalda.
Durante años había creído conocer a Mercedes.
Era estricta.
Controladora.
Dominante.
Pero jamás imaginó…
No.
Se obligó a detener ese pensamiento.
No podía sacar conclusiones sin pruebas.
Eso era precisamente lo que hacía en su trabajo.
Verificar.
Documentar.
Demostrar.
Nunca actuar por impulso.
Respiró lentamente.
—¿Qué hay en el sótano?
Elena abrió los ojos.
—Nunca me dejó entrar.
—Entonces ¿cómo sabes que guarda algo?
La joven tragó saliva.
—Porque una noche escuché voces.
Adrián frunció el ceño.
—¿Voces?
—Ella hablaba sola… o eso creí.
Bajó la mirada.
—Después escuché el ruido de archivadores metálicos.
Hizo una pausa.
—Y vi cómo escondía varias carpetas dentro de un armario empotrado.
La llave seguía entre los dedos de Adrián.
—¿Esta llave?
Elena asintió.
—La encontré cuando cambié las sábanas de su cuarto.
Esa misma noche regresaron a casa.
Mercedes los esperaba en la sala.
Tenía preparada la cena.
Como si nada hubiera ocurrido.
—¿Qué dijo el médico?
Adrián sonrió con absoluta normalidad.
—Reposo.
Mercedes suspiró exageradamente.
—Ya lo sabía.
Miró a Elena con falsa compasión.
—Siempre hace un drama por cualquier dolorcito.
Elena bajó la cabeza.
No respondió.
Adrián tampoco.
Quería que su madre siguiera creyendo que tenía el control.
Esperó hasta las dos de la madrugada.
Toda la casa estaba completamente a oscuras.
Se levantó despacio.
Revisó primero el cuarto de su madre.
Dormía.
Al menos eso parecía.
Bajó las escaleras sin hacer ruido.
El acceso al sótano estaba detrás de la despensa.
Una puerta vieja.
Con un candado pequeño.
Sacó la llave.
Entró perfectamente.
Sintió un nudo en el estómago.
El sótano olía a humedad y papel antiguo.
Encendió la linterna del teléfono.
Había muebles viejos.
Cajas.
Herramientas.
Y al fondo…
Un archivador gris de cuatro cajones.
Exactamente como Elena lo había descrito.
La llave también abría el primer cajón.
Dentro encontró decenas de carpetas perfectamente ordenadas.
No eran documentos de la empresa.
Eran expedientes médicos.
Con nombres de distintas mujeres.
Todas fechadas durante los últimos quince años.
Su respiración comenzó a acelerarse.
Abrió una carpeta al azar.
Fotografías.
Recetas.
Informes psicológicos.
Certificados.
Todo relacionado con una mujer llamada Patricia Álvarez.
No la conocía.
Abrió otra.
Laura Benítez.
Otra más.
Mónica Serrano.
Cada carpeta pertenecía a una mujer diferente.
Y todas tenían algo en común.
En la portada aparecía escrita, con la letra impecable de Mercedes, la misma palabra:
“Inestable.”
El corazón de Adrián latía con tanta fuerza que apenas podía pensar.
¿Qué significaba todo aquello?
Entonces abrió el último cajón.
Solo había una carpeta.
Más gruesa.
Con una etiqueta.
ELENA SALGADO.
Sintió un frío insoportable.
La abrió.
La primera hoja era un informe psiquiátrico.
Leyó el encabezado.
Su esposa aparecía diagnosticada con un trastorno mental grave.
Pero algo llamó inmediatamente su atención.
La firma del especialista.
Conocía ese nombre.

Era imposible.
Aquel psiquiatra llevaba muerto más de tres años.
Mientras intentaba comprender lo que tenía delante, escuchó un crujido detrás de él.
La luz del sótano se encendió de golpe.
Y la voz tranquila de Mercedes rompió el silencio.
—Siempre supe que terminarías bajando aquí, hijo.