Alexander sostuvo mi mirada sin apartarse.
Yo podía sentir el calor de su mano sobre la mía.
Pero no había prisa.
No había esa arrogancia que siempre le atribuían en la universidad.
Solo una paciencia extraña.
Respiré hondo.
—¿Entonces por qué huiste?
La pregunta quedó suspendida entre los dos.
Alexander cerró los ojos un instante.
Después soltó mi muñeca.
Fue hasta el escritorio y abrió un cajón.
Sacó una carpeta médica.
La dejó frente a mí.
—Léela.
Fruncí el ceño.
El encabezado pertenecía a una clínica privada de Boston.
Había fechas de ocho años atrás.
Justo cuando él desapareció durante su último semestre universitario.
Levanté la vista.
—¿Qué es esto?
—La razón por la que nunca tuve una relación seria.
Seguí leyendo.
Cirugía cardíaca.
Riesgo elevado.
Reposo prolongado.
Tratamiento experimental.
Mis manos comenzaron a temblar.
—Nunca… nadie supo esto.
Alexander negó lentamente.
—Solo mi abuelo.
Guardó silencio unos segundos.
—Los médicos me dijeron que existía la posibilidad de no despertar de la operación.
Sentí un nudo en la garganta.
Durante años pensé que era un hombre incapaz de amar.
Él continuó:
—Por eso nunca acepté las confesiones de nadie.
—¿Tenías miedo?
Esbozó una sonrisa cansada.
—Tenía miedo de dejar a alguien esperando un futuro que quizá nunca existiría.
Me senté frente a él.
Toda la rabia de los últimos días empezó a desmoronarse.
—¿Y ahora?
—Ahora estoy sano.
Hizo una pausa.
—Pero sigo pensando demasiado.
No pude evitar una risa.
—Eso ya lo sabía.
Alexander bajó la mirada.
—Cuando nos casamos… no estaba seguro de que lo hubieras hecho porque realmente me querías.
—¿Qué otra razón tendría?
—Después de dos copas de vino cualquiera puede cometer una locura.
Negué con la cabeza.
—No fue por el vino.
Él levantó lentamente la vista.
Sonreí por primera vez desde la boda.
—Llevo enamorada de ti desde segundo año de universidad.
Alexander quedó completamente inmóvil.
—¿Qué?
—Solo que jamás te lo dije.
—¿Por qué?
—Porque rechazabas a todas.
—Pensé que también me rechazarías a mí.
Él soltó una risa muy baja.
Era la primera vez que lo escuchaba reír de verdad.
—Claire…
—¿Sí?
—Yo sabía quién eras.
Parpadeé.
—No.
—Sí.
Abrió otro cajón.
Sacó una pequeña caja metálica.
Dentro había un boleto de un festival universitario.
Una fotografía del equipo de debate.
Y una servilleta doblada.
La desplegó con cuidado.
Reconocí mi letra inmediatamente.
Ocho años atrás había escrito una lista de libros para una compañera.
Alexander la había conservado.
—¿Guardaste esto?
—Todo este tiempo.
Lo miré sin comprender.
Él respiró profundamente.
—El día que me declaré enfermo para faltar a clases…
—¿El semestre de tu desaparición?
Asintió.
—Tú fuiste la única persona que dejó apuntes en mi casillero durante tres meses.
Sentí que el corazón dejaba de latir.
Yo nunca firmé aquellas hojas.
Pensé que jamás sabría quién las enviaba.
Alexander acarició el borde de la servilleta.
—Supe que eras tú por la letra.
—Entonces…
—También llevaba años enamorado de ti.
Reí incrédula.
—¿Y nunca dijiste nada?
—Porque después vino la operación.
—Y pensé que merecías alguien que pudiera prometerte una vida normal.
Me cubrí el rostro con ambas manos.
Ocho años.
Dos personas enamoradas.
Dos personas convencidas de que el otro nunca sentiría lo mismo.
Alexander caminó hasta quedar frente a mí.
Esta vez fui yo quien dio el último paso.
Lo abracé.
Él respondió lentamente, como si todavía no creyera que aquello estaba ocurriendo.
Apoyé la cabeza sobre su pecho.
—¿Sabes cuál fue la peor parte de la luna de miel?
—¿Cuál?
—Pensar que te daba asco.
Alexander soltó el aire con fuerza.
—Claire…
Levantó suavemente mi barbilla.
—Si me encerré en aquella habitación fue porque llevaba ocho años imaginando cómo sería besarte.
Mi corazón comenzó a acelerarse.
—Y tenía miedo de perder el control.
Sentí cómo el calor me subía hasta las mejillas.
—¿Así de grave era?
Él sonrió.
—Mucho peor de lo que imaginas.
Antes de que pudiera responder, el teléfono sobre el escritorio comenzó a sonar.
La pantalla mostró un nombre.
Abuelo Reed.
Alexander contestó.
—Abuelo.
La voz del anciano sonó tan fuerte que pude escucharla desde donde estaba.
—¡Muchacho! Acabo de recibir una llamada del despacho de abogados.
—¿Qué ocurrió?
Hubo un breve silencio.
Después el anciano habló con una seriedad que hizo desaparecer la sonrisa de Alexander.
—Alguien presentó una demanda para anular tu matrimonio.

Alexander frunció el ceño.
—¿Quién?
La respuesta llegó de inmediato.
—Tu madre.
Y asegura tener pruebas de que Claire nunca debió convertirse en tu esposa.