PARTE 2: EL SÁBADO YA ESTABA DECIDIDO.

Lucía no retrocedió.

Miró a Arturo directamente a los ojos.

—Lo suficiente para saber que me estás ocultando algo.

Él sostuvo la mirada apenas dos segundos.

Después sonrió con una tranquilidad que le revolvió el estómago.

—Escuchaste fuera de contexto.

—Mariana es una clienta.

—¿Y la niña?

—Su hija.

—Está pasando por un divorcio complicado.

Lucía no respondió.

Arturo guardó el celular negro dentro del saco.

—No vuelvas a espiar mis conversaciones.

La besó en la frente como si nada hubiera ocurrido y salió rumbo al trabajo.

En cuanto el coche desapareció de la calle, Lucía tomó las llaves y condujo directamente hasta la pequeña sastrería.

Ximena ya la estaba esperando.

Cerró la cortina metálica antes de hablar.

—Sabía que iba a venir.

Sacó una bufanda idéntica a la suya.

Abrió con cuidado la costura de la etiqueta.

Dentro apareció una diminuta cápsula negra.

—Esto es un rastreador GPS de larga duración.

Lucía sintió que las manos le temblaban.

—¿Quién pidió que lo cosieran?

—Un hombre elegante.

—Pagó en efectivo.

—Dijo que era una sorpresa para su esposa.

—Pero cuando llegó la pieza…

Ximena tragó saliva.

—Escuché algo que no debía.

Lucía respiró hondo.

—Dímelo.

—Estaba hablando por teléfono.

—Dijo que el sábado todo terminaría.

—Que después nadie volvería a buscarla.

El taller quedó completamente en silencio.

—¿Recuerdas exactamente sus palabras?

Ximena cerró los ojos.

—Dijo: “Cuando desaparezca el sábado, todos pensarán que salió sola.”

Lucía sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

—¿Más?

—Sí.

—También mencionó una finca.

—Y un barranco.

Las piernas casi dejaron de sostenerla.

Ximena abrió un cajón.

Sacó una memoria USB.

—Las cámaras del taller graban con sonido.

—Guardé una copia porque aquello me dio muchísimo miedo.

—No sabía quién era usted.

—Solo esperaba encontrarla antes del sábado.

Lucía tomó la memoria con cuidado.

En ese momento sonó su teléfono.

Era Renata.

—Mamá, ¿estás bien?

Lucía miró la pantalla.

Después recordó el mensaje que había enviado la noche anterior.

“Si mañana no contesto, busca la bufanda lila.”

Con voz muy baja respondió:

—Necesito que vengas.

—Ahora mismo.

—Y no le digas a Arturo.

Treinta minutos después, madre e hija estaban sentadas dentro del automóvil revisando el contenido de la memoria.

La imagen mostraba claramente a Arturo entrando en la sastrería.

Su voz se escuchaba con nitidez.

—El rastreador debe seguir funcionando hasta el sábado.

—Después ya no importará.

El dueño del taller preguntó:

—¿Seguro que su esposa no lo descubrirá?

Arturo soltó una risa.

—Para entonces todos creerán que se fue por voluntad propia.

Renata dejó de respirar.

Lucía apretó el volante hasta que los nudillos se le pusieron blancos.

Pero el verdadero golpe llegó diez segundos después.

En la grabación apareció otra voz femenina.

—No podemos cometer errores.

—Su testamento todavía no está actualizado.

Arturo respondió con absoluta calma.

—El notario ya tiene preparados los documentos.

—Después del sábado…

—Todo será nuestro.

Madre e hija se quedaron inmóviles.

Porque aquella voz pertenecía a alguien que Lucía conocía perfectamente.

No era Mariana.

Era Verónica Salas.

Su propia abogada.

Y la mujer que llevaba más de seis años administrando todos los documentos de su patrimonio.

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