El hombre sonrió mientras el viento hacía crujir la estructura de madera.
Sentí que el mundo se detenía.
No era un desconocido.
Era Sergio, el abogado que llevaba meses intentando convencerme de entregar la custodia de Mateo a mi exesposo.
—Sabía que vendrías tú misma a salvarlo —dijo con una tranquilidad escalofriante.
La plataforma volvió a inclinarse.
Mateo se aferró con todas sus fuerzas a mi cuello.
—Mamá… tengo miedo.
—Mírame, hijo. No voy a soltarte. Pase lo que pase, saldremos juntos de aquí.
Desde abajo, los rescatistas desplegaban una colchoneta de emergencia mientras otros intentaban bloquear el mecanismo que seguía moviendo la torre.
Laura comenzó a subir por la escalera metálica.
—¡Resistan! ¡Estoy llegando!
Pero Sergio golpeó otra palanca.
La escalera vibró violentamente.
Laura perdió el equilibrio y quedó colgando de su arnés.
Los gritos invadieron todo el parque.
—¡Llamen a la policía!
—¡Cierren las salidas!
—¡Que nadie deje escapar a ese hombre!
Sergio soltó una carcajada.
—La policía ya llega… pero no para detenerme.
Sacó un teléfono del bolsillo y mostró la pantalla.
Había una videollamada activa.
Al otro lado apareció el rostro de mi exesposo.
Sentí un frío insoportable recorrerme la espalda.
Él observaba todo sin decir una sola palabra.
Finalmente sonrió.
—Te advertí que un juez podía quitarte a Mateo… pero nunca dije que esperaría a que lo hiciera un tribunal.
Mi hijo comenzó a llorar desconsoladamente.
—Papá… ¿por qué haces esto?
Durante unos segundos, incluso él pareció dudar.
Sin embargo, antes de responder, Sergio dio un paso hacia atrás y presionó un último botón oculto bajo la barandilla.
Un estruendo metálico sacudió toda la torre.
Los pernos comenzaron a salir disparados uno tras otro.

La estructura completa empezó a derrumbarse.
Y justo cuando abracé a Mateo esperando el impacto, una voz potente resonó desde el suelo:
—¡Todos atrás! ¡Tenemos un francotirador con visión directa!
En ese instante comprendí que aquella pesadilla apenas estaba comenzando.