Victoria dejó de sonreír.
Durante unos segundos no encontró una sola palabra.
Adrian ya caminaba hacia nosotros.
—Elena.
Su voz seguía siendo firme, pero sus ojos no podían apartarse de Sebastian Shen.
—¿Qué haces aquí?
Sebastian respondió antes que yo.
—Acepté una invitación.
Adrian extendió la mano.
—Sebastian Shen. Adrian Gu.
Sebastian apenas lo miró.
—Sé perfectamente quién es.
El silencio se volvió incómodo.
Los invitados observaban sin disimular.
Nadie entendía por qué el hombre más poderoso de Pekín había decidido asistir precisamente a aquella boda.
Victoria recuperó la compostura.
—La ceremonia va a comenzar.
—Entonces será mejor que no la retrasemos.
Respondí con tranquilidad.
Abrí la bolsa de papel que había llevado conmigo.
Saqué una carpeta azul.
Después otra.
Y finalmente un pequeño dispositivo de memoria.
—¿Ese es tu gran regalo?
Preguntó Adrian con una sonrisa burlona.
—Pensé que traerías flores.
—Las flores se marchitan.
Levanté la memoria USB.
—Las pruebas no.
La sonrisa desapareció de inmediato.
En ese momento apareció el maestro de ceremonias.
—Señores, la boda comenzará en cinco minutos.
Sebastian levantó ligeramente una mano.
—Un momento.
Su asistente ya estaba entrando al salón acompañado por tres abogados.
Cada uno llevaba un portafolio negro.
Los murmullos crecieron.
—¿Qué está pasando?
—¿Por qué vienen abogados?
Sebastian tomó la carpeta de mis manos.
—Creo que todos los presentes merecen conocer el verdadero origen del regalo de bodas.
Adrian dio un paso adelante.
—Esto no tiene nada que ver con usted.
—Ahora sí.
Respondió Sebastian.
—Porque hace dos meses Grupo Gu intentó vender como propia una composición cuya propiedad intelectual pertenece a una empresa que yo adquirí hace cuatro años.
Victoria palideció.
Adrian frunció el ceño.
—¿Qué empresa?
El asistente abrió el primer expediente.
—Aurora Music Publishing.
Propietaria de todas las obras registradas por la señorita Elena Lin.
El salón quedó completamente en silencio.
Victoria comenzó a respirar con dificultad.
—Eso… eso es imposible.
Yo la miré fijamente.
—¿Recuerdas el concurso nacional?
Ella no respondió.
—Cuando dijiste que yo había copiado tu obra.
Saqué un certificado oficial.
—La composición fue registrada dieciocho meses antes de que tú la interpretaras.
Los periodistas invitados comenzaron a levantar los teléfonos.
Los fotógrafos dejaron de mirar el escenario.
Ahora todos apuntaban hacia nosotros.
Adrian intentó tomar los documentos.
Uno de los abogados se interpuso inmediatamente.
—No toque evidencia que ya fue certificada.
La voz del maestro de ceremonias tembló.
—¿Debemos continuar con la ceremonia?
Nadie contestó.
Sebastian tomó la memoria USB.
—Aquí están los archivos originales.
Las fechas de creación.
Los borradores.
Las grabaciones.
Y las conversaciones donde la señorita Jiang acuerda presentar esta obra como propia.
Victoria dio dos pasos hacia atrás.
—No…
Eso no puede…
Adrian giró lentamente hacia ella.
—¿Qué está diciendo?
Las lágrimas comenzaron a correr por el rostro de Victoria.
—Yo…
Ella…
Solo…
Nunca terminó la frase.
Porque otra voz sonó desde la entrada principal.
—También pueden revisar esto.
Todos voltearon.
Era un hombre mayor con uniforme de la Policía Económica de Pekín.
Llevaba una carpeta mucho más gruesa.
—Señor Adrian Gu.
Tenemos una orden para asegurar varios documentos relacionados con fraude empresarial, falsificación de derechos de autor y apropiación ilegal de bienes.
Adrian quedó inmóvil.
Después giró lentamente hacia mí.

Solo entonces comprendió cuál había sido realmente mi regalo de bodas.
No había venido a recuperar un collar.
Ni una partitura.
Había venido a destruir, delante de toda la élite de Pekín, la mentira sobre la que él y Victoria habían construido su futuro.