PARTE 2: EL REGALO QUE ESCONDÍA UNA ESTAFA.

Tres días después me llamó el gerente del hotel.

—Señora Shen… encontramos algo que debería ver personalmente.

Regresé esa misma tarde.

El encargado me condujo hasta la bodega donde habían guardado las cajas destrozadas.

Sobre una mesa había cuatro regalos devueltos por mensajería.

Los clientes de Lin Yao los habían rechazado.

—¿Por qué los devolvieron? —pregunté.

El gerente me entregó un documento.

Abrí la primera caja.

El té antiguo de mi madre había desaparecido.

En su lugar había bolsitas industriales que costaban menos de diez yuanes.

Las cajas de dulces artesanales también habían sido sustituidas por caramelos baratos.

Solo habían conservado mi diseño exterior.

Todo el contenido valioso había sido reemplazado.

Sentí un frío recorrerme la espalda.

Aquello ya no era un simple abuso de confianza.

Era fraude.

Revisé las grabaciones una vez más.

En una de ellas aparecía Lin Yao dando instrucciones.

—Cambien todo.

Que nadie abra las cajas antes de entregarlas.

El cliente solo verá el empaque.

Un empleado preguntó con nerviosismo:

—¿Y si alguien descubre que el contenido no coincide?

Lin Yao sonrió.

—Cuando eso ocurra, nosotros ya habremos cobrado.

Pedí una copia del video.

Después llamé al tasador que había certificado el valor de los regalos.

Inspeccionó las cajas devueltas una por una.

Su conclusión quedó por escrito.

—Las piezas originales fueron sustituidas deliberadamente.

El perjuicio económico supera los doscientos treinta mil yuanes.

Salí del hotel y marqué el número de mi abogado.

—Quiero presentar una denuncia.

No solo contra Lin Yao.

También contra Zhou Yu.

—¿Está segura?

Miré la carpeta llena de pruebas.

—Fue él quien autorizó retirar una propiedad ajena.

Fue él quien facilitó todo.

Esa misma noche, Zhou Yu apareció frente al apartamento de mis padres.

Llevaba flores.

Mi madre abrió la puerta, pero no lo dejó entrar.

—Vengo por Jingyue.

—No está disponible.

Él insistió.

—Solo fue un malentendido.

Entonces salí al recibidor.

—¿Malentendido?

Le mostré una fotografía.

Era una de las cajas abiertas.

Después otra.

Y otra más.

Su expresión cambió lentamente.

—¿Quién hizo eso?

—Pregúntaselo a tu amiga.

Negó con la cabeza.

—Yao jamás…

Lo interrumpí.

Le entregué una memoria USB.

—Mírala antes de volver a defenderla.

Al día siguiente, poco después de las nueve de la mañana, recibí una llamada desconocida.

Era Lin Yao.

Lloraba desesperadamente.

—Jingyue…

Yo no sabía que los cambiarían.

Te juro que solo quería usar las cajas.

—Las cámaras dicen otra cosa.

—Fue mi gerente.

Él organizó todo.

—Entonces explícaselo a la policía.

Colgué.

Media hora después sonó mi teléfono otra vez.

Esta vez era Zhou Yu.

Su voz ya no sonaba arrogante.

—Acabo de ver los videos.

Hizo una larga pausa.

—¿Yao realmente sustituyó todo?

—Sí.

—Pero ella me dijo…

—Te dijo exactamente lo que necesitabas oír.

Hubo un silencio pesado.

Luego preguntó en voz muy baja:

—¿Todavía podemos hablar del divorcio con calma?

Miré la demanda ya firmada sobre mi escritorio.

—Llegas tarde.

—¿Qué significa eso?

—Que hace veinte minutos presenté la denuncia por apropiación indebida, fraude comercial y complicidad.

Al otro lado de la línea dejó de respirar.

—Jingyue…

—Escúchame bien.

La boda solo duró un día.

Pero las consecuencias de lo que hicieron con aquellos doscientos regalos les acompañarán durante muchos años.

Colgué.

Cinco minutos después, mi abogado me envió un mensaje.

“El primer cliente afectado acaba de presentar otra demanda.”

Y comprendí que el dinero ya había dejado de ser el verdadero problema.

Ahora era la reputación de Lin Yao… y la licencia profesional de Zhou Yu… lo que estaba a punto de desaparecer.

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