Dos años después.
Nueva York.
En una mansión de Long Island, cuatro niños corrían por la sala de estar mientras Dao An intentaba terminar una videollamada.
—Mamá.
—Mamá.
—¡Mamá!
Cuatro voces infantiles sonaron casi al mismo tiempo.
Dao An cerró los ojos un instante.
Después sonrió.
—Uno por uno.
El mayor levantó una fotografía que había encontrado sobre la mesa.
—¿Quién es este hombre?
La sonrisa de Dao An desapareció.
Era una fotografía antigua.
Gu Jingxuan.
Dos años habían pasado desde que abandonó aquella ciudad.
Dos años desde que había cambiado de número, reorganizado sus activos y reconstruido su vida desde cero.
Durante aquel tiempo, nunca había pronunciado delante de sus hijos el nombre de su padre.
—Nadie importante.
Retiró la fotografía.
Pero en ese momento, su teléfono vibró.
Era un mensaje de Sihan.
«An An.»
«¿Has visto las noticias?»
Debajo había un enlace.
Dao An lo abrió.
Y en la pantalla apareció una fotografía enorme.
El heredero del Grupo Gu, Gu Jingxuan, celebrará su boda este sábado.
La novia era Bai Weiyi.
Dao An arqueó ligeramente una ceja.
Así que finalmente iban a casarse.
Siguió leyendo.
La noticia hablaba de una boda grandiosa.
Hoteles reservados por completo.
Cientos de invitados.
Familias empresariales.
Medios de comunicación.
Incluso anunciaban que los tres hijos de Bai Weiyi aparecerían públicamente por primera vez como herederos de la familia Gu.
Dao An soltó una pequeña risa.
—¿Herederos?
Miró a los cuatro niños que jugaban detrás de ella.
Entonces abrió el cajón de su escritorio.
Dentro había un sobre blanco.
Llevaba dos años esperando allí.
Una prueba de paternidad.
En realidad, cuatro.
Después del nacimiento de sus hijos, Dao An había hecho las pruebas por una sola razón.
Quería conservar una prueba irrefutable.
Nunca había pensado utilizarla.
Hasta ahora.
Sihan volvió a llamarla.
—An An, no hagas nada impulsivo.
—Estoy muy tranquila.
—Eso es precisamente lo que me preocupa.
Dao An sonrió.
—Sihan, ¿recuerdas lo que me dijo Gu Zhenxiong aquel día?
—Claro.
—Que tomara el dinero y desapareciera para siempre de la familia Gu.
Su mirada se volvió fría.
—Yo cumplí mi parte.
Hubo un silencio.
—Ahora veremos si ellos pueden soportar las consecuencias de la suya.
El sábado.
La boda de Gu Jingxuan y Bai Weiyi se convirtió en el evento social más comentado de la ciudad.
El salón estaba cubierto de flores blancas.
Bai Weiyi llevaba un vestido de novia valorado en millones.
Gu Zhenxiong estaba sentado en la primera fila.
A su lado, la señora Gu sostenía las manos de sus tres nietos con una sonrisa que casi no podía ocultar.
Durante dos años, aquellos niños habían sido tratados como los futuros herederos de la familia.
—Nuestros tres pequeños dragones.
La señora Gu no se cansaba de repetirlo.
Bai Weiyi levantó la barbilla con orgullo.
Había esperado demasiado tiempo por aquel día.
Finalmente ocuparía oficialmente el lugar que Dao An había dejado atrás.
Cuando el maestro de ceremonias estaba a punto de anunciar el intercambio de anillos, un empleado del hotel entró apresuradamente.
Llevaba una caja negra.
—Señor Gu.
Gu Jingxuan frunció el ceño.
—¿Qué ocurre?
—Han enviado un regalo para usted.
—¿Quién?
El empleado miró la tarjeta.
—La señora Dao An.
El salón entero quedó en silencio.
La sonrisa de Bai Weiyi se congeló.
Gu Jingxuan no se movió.
Durante dos años no había recibido ni una llamada.
Ni un mensaje.
Ni una sola noticia.
Dao An había desaparecido por completo.
Y ahora…
aparecía el día de su boda.
Gu Zhenxiong habló con frialdad.
—Tíralo.
Pero Gu Jingxuan dijo:
—Ábrelo.
—Jingxuan.
—He dicho que lo abras.
El empleado obedeció.
Dentro había una carpeta.
Y cuatro pequeñas fotografías.
Cuatro niños.
Casi de la misma edad.
Gu Jingxuan tomó una de las fotografías.
Su respiración se detuvo.
El niño de la imagen tenía los mismos ojos que él.
La misma forma de cejas.
Incluso aquella pequeña marca junto a la oreja era idéntica a la que tenía Gu Jingxuan desde nacimiento.
—¿Qué significa esto?
La señora Gu se levantó.
Gu Jingxuan abrió lentamente la carpeta.
Primera página.
Prueba de paternidad.
Probabilidad de relación biológica:
99,99 %.
Segunda.
Lo mismo.
Tercera.
Lo mismo.
Cuarta.
Lo mismo.
Sus manos comenzaron a temblar.
—Cuatro…
Su voz apenas salió.
—¿Cuatro hijos?
El rostro de Gu Zhenxiong cambió por completo.
Arrancó los documentos de las manos de su hijo.
Los leyó.
Una vez.
Otra vez.
Después levantó la cabeza lentamente.
—¿De cuándo son estas pruebas?
Gu Jingxuan parecía haber perdido la capacidad de pensar.
Dos años.
Dao An se había marchado hacía dos años.
Y aquellos niños…
tenían precisamente dos años.
Una posibilidad aterradora apareció en su mente.
—Ella estaba embarazada cuando se fue.
El rostro de la señora Gu se volvió blanco.
—¿Embarazada?
Gu Jingxuan recordó aquel día.
Recordó cómo Dao An había colocado una mano sobre su abdomen.
Recordó su extraña tranquilidad.
Recordó cómo había sonreído antes de firmar.
Recordó cómo se marchó sin volver la cabeza.
Un escalofrío le recorrió la espalda.
Ella lo sabía.
Ya lo sabía entonces.
Bai Weiyi se acercó rápidamente.
—Jingxuan, quizá sean documentos falsos.
Nadie le respondió.
Porque en ese momento cayó una segunda carpeta de la caja.
Encima había una sola frase.
“Para que el regalo sea completo.”
Gu Zhenxiong la abrió.
Y su rostro pasó del blanco al gris.
Era otra prueba de paternidad.
Esta vez pertenecía a los trillizos de Bai Weiyi.
Resultado:
Gu Jingxuan queda excluido como padre biológico.
La sala estalló.
—¡¿Qué?!
La señora Gu lanzó un grito.
Gu Jingxuan giró lentamente la cabeza hacia Bai Weiyi.
Ella retrocedió.
—No…
—Jingxuan, escúchame.
—Esto tiene que ser falso.
—¡Tiene que serlo!
Gu Jingxuan levantó una de las pruebas.
Su voz salió ronca.
—Entonces explícame por qué.
Bai Weiyi comenzó a llorar.
—No lo sé…
Gu Zhenxiong golpeó la mesa.
—¡Traigan al médico de la familia!
Pero ya era tarde.
Los invitados cuchicheaban.
Algunos habían empezado a grabar.
Otros enviaban mensajes.
En cuestión de minutos, la noticia comenzó a filtrarse.
Los tres supuestos herederos de la familia Gu no eran hijos de Gu Jingxuan.
Mientras tanto…
la exesposa expulsada de la familia había dado a luz a cuatro hijos biológicos.
Cuatro.
La señora Gu miró a los niños de Bai Weiyi.
Por primera vez, no vio “sus tres preciosos nietos”.
Vio una humillación.
—¿De quién son?
Su voz temblaba.
Bai Weiyi negó frenéticamente.
—No lo sé.
La bofetada resonó por todo el salón.
—¡¿No lo sabes?!
Gu Jingxuan permanecía inmóvil.
Ya no escuchaba los gritos.
Solo miraba las cuatro fotografías.
Entonces encontró una pequeña tarjeta debajo.
La letra era de Dao An.
Solo había una frase:
“Feliz boda. Espero que les gusten mis cuatro regalos.”
Gu Jingxuan cerró los ojos.
Y, por primera vez en dos años, sintió verdadero miedo.
Sacó el teléfono.
Buscó desesperadamente el antiguo número de Dao An.
Fuera de servicio.

Llamó a Sihan.
Bloqueado.
Contactó con conocidos.
Nadie sabía dónde estaba.
—¡Encuéntrenla!
Su voz resonó por todo el salón.
—¡Quiero saber dónde está Dao An ahora mismo!
Gu Zhenxiong levantó la cabeza.
—Jingxuan…
Pero él ya no escuchaba.
Apretó las cuatro fotografías contra su pecho.
La boda.
Los invitados.
Bai Weiyi.
Los trillizos.
Todo dejó de importar.
Porque acababa de comprender algo mucho más aterrador.
Dos años antes, había dejado marchar a una mujer embarazada de cuatro hijos suyos…
por tres niños que ni siquiera llevaban su sangre.
Y mientras la familia Gu se sumergía en el caos,
al otro lado del océano,
Dao An apagó tranquilamente la retransmisión de la boda.
Uno de sus hijos corrió hacia ella.
—Mamá, ¿qué estabas viendo?
Ella lo alzó en brazos.
—Nada importante.
Después miró por la enorme ventana hacia las luces de Nueva York.
Sonrió.
Esta vez, la familia Gu acababa de recibir solo el primer regalo.