PARTE 2: EL REGALO DE ANIVERSARIO

Ethan tardó exactamente siete minutos en descubrir que algo iba mal.

Su teléfono comenzó a sonar en la habitación 8808.

Primero una vez.

Luego otra.

Después cinco llamadas seguidas.

—¿Quién demonios llama tanto? —protestó Sophie.

Ethan miró la pantalla.

Su voz cambió.

—Mi padre.

Contestó.

—Papá, estoy en una reunión…

El rugido de Charles atravesó incluso la pared.

—¡¿UNA REUNIÓN?!

Maya se tapó la boca para no reír.

Yo desconecté el transmisor.

El espectáculo público había terminado.

Ahora empezaban las consecuencias.

Pocos segundos después, escuchamos movimiento en la habitación contigua.

—¿Qué ocurre? —preguntó Sophie.

—Mi padre quiere que vaya inmediatamente a la empresa.

—¿Ahora?

—Dice que el consejo está reunido.

Sonreí.

Claro que lo estaba.

Y acababan de escuchar a Ethan admitir que su matrimonio conmigo era una herramienta para beneficiarse de la familia Sterling.

Mi teléfono vibró.

Era mi padre.

“Cancelo mañana todos los proyectos pendientes con Harris.”

Después llegó otro mensaje.

“Y no vuelvas a proteger a ese hombre.”

Lo leí dos veces.

Durante tres años lo había hecho.

Cuando Ethan cometía errores, yo hablaba con inversionistas.

Cuando perdía contratos, conseguía nuevas oportunidades.

Cuando necesitaba financiación, mi apellido abría puertas.

Él había confundido mi apoyo con dependencia.

Esa fue su equivocación.

La puerta del 8808 se abrió.

Ethan salió apresuradamente.

Yo abrí la nuestra.

Nos encontramos frente a frente.

Se quedó petrificado.

—Ava…

Sophie apareció detrás de él.

Llevaba puesta la camisa de Ethan.

Cuando me vio, retrocedió.

—¿Qué haces aquí?

Levanté una ceja.

—Celebrando mi aniversario.

Ethan miró el número de nuestra habitación.

Después vio a Maya.

Finalmente entendió.

—¿Escuchaste?

—Yo sí.

Levanté el teléfono.

—Y otras quince personas también.

Su rostro perdió el color.

—¿Qué hiciste?

—Te permití hablar libremente.

—¡Me tendiste una trampa!

Negué.

—Una trampa obliga a alguien a hacer algo.

Lo miré fijamente.

—Yo nunca te obligué a engañarme, humillarme ni decir que utilizabas nuestro matrimonio para aprovecharte de mi familia.

Sophie intentó regresar a la habitación.

—Esto es problema de ustedes.

—No tan rápido.

Maya le entregó un sobre.

Sophie lo abrió.

Dentro había copias de facturas.

Bolsos.

Joyas.

Viajes.

Incluso el alquiler del apartamento donde llevaba meses viviendo.

Todo había sido pagado mediante una tarjeta corporativa vinculada a una filial en la que mi familia era accionista principal.

Ethan palideció todavía más.

—Ava, podemos hablar en casa.

—Ya no.

Saqué otro sobre.

Se lo entregué.

—Feliz aniversario.

Lo abrió.

Solicitud de divorcio.

Su expresión cambió.

—No puedes hablar en serio.

—Nunca había hablado tan en serio.

Intentó tomarme de la muñeca.

Me aparté.

—No me toques.

Por primera vez apareció miedo verdadero en sus ojos.

—Ava, estaba borracho. Sophie me provocó. Dije estupideces.

Sophie lo miró horrorizada.

—¿Ahora es culpa mía?

—¡Cállate!

Sonreí.

Cinco minutos antes eran amantes inseparables.

Ahora que el dinero estaba en peligro, ya buscaban a quién culpar.

Mi teléfono volvió a sonar.

Esta vez era Charles.

Contesté.

—Tío Charles.

Su voz parecía haber envejecido diez años.

—Ava, no firmes nada todavía. Dame una oportunidad para arreglar esto.

—No hay nada que arreglar.

—Ethan perderá su puesto.

—Eso corresponde al consejo.

—Las familias Sterling y Harris llevan años trabajando juntas.

—Entonces nuestras empresas podrán seguir hablando de negocios.

Miré a Ethan.

—Pero su hijo dejará de hablar en nombre de mi esposo.

Colgué.

Ethan finalmente comprendió la dimensión del problema.

No estaba perdiendo únicamente un matrimonio.

Estaba perdiendo la red que durante tres años había confundido con talento propio.

—Ava…

Su arrogancia había desaparecido.

—Dame una oportunidad.

Miré el reloj.

Medianoche.

Nuestro aniversario acababa de terminar.

—Tuviste tres años.

Entré al ascensor con Maya.

Antes de que las puertas se cerraran, Ethan corrió hacia mí.

—¡Ava! ¡Espera!

Lo miré por última vez.

—Dijiste que, aunque me arrodillara, tendría que agradecerte que me permitieras seguir siendo la señora Harris.

Las puertas comenzaron a cerrarse.

—Puedes quedarte con el apellido.

Sonreí.

—Yo recuperaré todo lo demás.

A la mañana siguiente, el consejo suspendió a Ethan mientras investigaba el uso de fondos corporativos.

Mi padre retiró dos proyectos que dependían directamente del respaldo de Sterling.

Y yo firmé definitivamente la demanda de divorcio.

Ethan me llamó treinta y siete veces.

No respondí ninguna.

Solo conservé su último mensaje:

“Ava, dime qué tengo que hacer para que vuelvas.”

Lo eliminé.

Porque el mejor regalo que recibí en nuestro tercer aniversario no fue descubrir que mi esposo tenía una amante.

Fue descubrir que podía marcharme sin él.

Y que el hombre que aseguraba que yo jamás me atrevería a abandonarlo…

era precisamente quien terminaría suplicándome que regresara.

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