PARTE 2: EL RECIBO QUE SU PADRE LLEVABA GUARDANDO DOCE AÑOS

La cocina quedó completamente en silencio.

Ernesto colocó el viejo recibo sobre la mesa.

El papel estaba amarillento por el tiempo, pero la firma seguía siendo perfectamente legible.

Ricardo Mendoza.

Fecha: 14 de mayo, doce años atrás.

Cantidad recibida: $400,000 pesos.

Laura observó el documento sin comprender.

—¿Qué es eso?

Teresa también frunció el ceño.

—Yo nunca había visto ese papel.

Ernesto respiró lentamente.

—Porque nunca quise que lo vieras.

Se volvió hacia Laura.

—Ese dinero era para el enganche de la casa donde ustedes empezarían su matrimonio.

Ella abrió mucho los ojos.

—Ricardo siempre dijo que la compró con sus ahorros.

Ernesto negó despacio.

—No tenía esos ahorros.

—Los puse yo.

Laura sintió un escalofrío.

La escritura de la casa decía claramente que Ricardo había adquirido el inmueble con recursos propios antes del matrimonio.

Pero aquello era imposible.

La fecha del recibo era cuatro meses anterior a la compra.

Y también cuatro meses antes de la boda.

Ernesto sacó otra carpeta.

Dentro había transferencias bancarias, contratos y el comprobante de retiro de aquellos cuatrocientos mil pesos.

—Le hice firmar un recibo porque siempre fui militar.

—Nunca entregaba dinero sin dejar constancia.

Teresa comenzó a ponerse nerviosa.

—Ernesto…

¿Estás pensando lo mismo que yo?

Él asintió.

—Sí.

Miró fijamente a Laura.

—Si utilizó mi dinero para comprar esa casa…

Nunca fue un patrimonio exclusivamente suyo.

Laura dejó caer lentamente la escritura sobre la mesa.

De pronto todo comenzaba a encajar.

Las fechas.

Las prisas.

La insistencia de Ricardo para afirmar que había comprado la propiedad antes de casarse.

Su obsesión por ocultar cualquier documento relacionado con el pago inicial.

En ese momento sonó el teléfono de Ernesto.

Era Ricardo.

—Papá, mañana no puedo ir.

Tengo una reunión importante.

Ernesto respondió con una calma que Laura nunca le había escuchado.

—Entonces la reunión será en otro lugar.

—¿Qué quieres decir?

—Que acabo de hablar con mi abogado.

Y también con un perito documental.

Hubo un largo silencio.

Ricardo habló mucho más despacio.

—¿Para qué?

—Para revisar todas las escrituras que utilizaste durante el divorcio.

La respiración de su hijo cambió inmediatamente.

—Papá…

No metas abogados en esto.

—Demasiado tarde.

Colgó sin esperar respuesta.

Laura permanecía inmóvil.

—¿Crees que falsificó documentos?

Ernesto no respondió enseguida.

Solo tomó la escritura de la casa.

La comparó con el recibo.

Luego con una copia del contrato de compraventa.

Finalmente señaló una línea.

—Aquí.

Todos miraron.

La escritura afirmaba que Ricardo había liquidado el inmueble con recursos provenientes de una inversión personal.

Pero el comprobante bancario correspondía exactamente al mismo día en que Ernesto retiró los cuatrocientos mil pesos.

Era el mismo banco.

La misma sucursal.

Incluso el mismo horario.

Laura sintió que el corazón le golpeaba el pecho.

—Entonces…

Mintió desde el principio.

—No solo mintió.

Ernesto volvió a guardar cuidadosamente el recibo.

—Construyó todo el divorcio sobre una declaración falsa.

En ese instante alguien llamó a la puerta.

Era un mensajero.

Traía un sobre dirigido a Laura.

Lo abrió delante de todos.

Dentro solo había una fotografía.

Ricardo aparecía abrazando a su asistente frente a una notaría.

La imagen estaba fechada once meses antes de abandonar a su familia.

Debajo había una nota escrita a mano.

“No revisen solamente la casa de Querétaro.”

“La cabaña de Valle de Bravo nunca fue donada.”

“Fue utilizada para ocultar algo mucho más grande.”

Ernesto leyó la última línea.

Su expresión cambió por completo.

Porque el remitente había añadido una frase que solo alguien muy cercano a Ricardo podía conocer.

“Busquen el fideicomiso 417-B. Ahí están los ocho millones que desaparecieron antes del divorcio.”

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