PARTE 2: EL PRIMO QUE ESPERABA MI CAÍDA

Cuando entré al edificio donde Adrian Vale tenía su oficina, comprendí por qué la familia Reed evitaba pronunciar su nombre.

No era un rascacielos lujoso.

Ni una sede corporativa.

Era un antiguo edificio de ladrillo rojo, restaurado con una elegancia discreta, como si quien trabajara allí no necesitara demostrarle nada a nadie.

La recepcionista levantó la vista.

—La señora Whitmore ya puede pasar.

Adrian estaba de espaldas, observando la ciudad a través de un enorme ventanal.

Cuando escuchó mis pasos, giró lentamente.

Era apenas unos años mayor que Ethan, pero en su rostro había algo completamente distinto.

No sonrió.

Solo me estudió durante unos segundos.

—Llegaste más tarde de lo que esperaba.

Fruncí el ceño.

—¿Me estaba esperando?

Él dejó una carpeta sobre la mesa.

—Hace siete años.

Sentí un escalofrío.

—¿Qué significa eso?

Adrian abrió la carpeta con absoluta calma.

Dentro había fotografías.

Mi boda.

No las que yo conservaba.

Estas habían sido tomadas desde lejos.

En una aparecía Ethan entrando solo a una pequeña oficina del registro civil apenas veinticuatro horas después de nuestra ceremonia.

En la siguiente…

Maya Collins llevaba un vestido blanco sencillo.

Firmaba unos documentos mientras Ethan sostenía su mano.

Mi respiración se cortó.

Aquellas fotografías demostraban que el abogado no se había equivocado.

Todo había sido planeado desde el principio.

—¿Quién tomó estas imágenes? —pregunté.

—Yo.

Levanté la mirada de golpe.

—¿Por qué nunca me las envió?

Adrian guardó silencio unos segundos.

—Porque nadie me habría creído.

Caminó hasta una vitrina y sacó otra carpeta, mucho más gruesa.

La dejó frente a mí.

—Esto es solo una parte.

Había transferencias bancarias.

Contratos.

Resultados médicos.

Informes privados.

Y un nombre aparecía una y otra vez.

Doctor Leonard Hayes.

El mismo médico que había supervisado todos mis tratamientos de fertilidad durante siete años.

Sentí un vacío insoportable.

—No…

Adrian asintió lentamente.

—El médico trabaja para Ethan desde hace casi una década.

Las palabras retumbaron dentro de mi cabeza.

Cada consulta.

Cada análisis.

Cada lágrima.

Cada vez que me dijeron que el problema estaba en mi cuerpo.

Todo podía haber sido una mentira.

Mis manos comenzaron a temblar.

—¿Insinúas que nunca fui estéril?

Adrian deslizó hacia mí un sobre sellado.

—No quiero que me creas.

Quiero que leas esto.

Lo abrí con dedos torpes.

Era una copia certificada de un laboratorio extranjero.

Mi nombre aparecía en la primera línea.

Debajo, una frase marcada en rojo hizo que el mundo desapareciera por un instante.

Paciente con fertilidad completamente normal. Sin alteraciones reproductivas.

No pude respirar.

Durante siete años me habían convencido de que el problema era mío.

Durante siete años había pedido perdón por no poder darle un hijo al hombre que decía amarme.

Adrian rompió el silencio con una voz fría.

—Clara… Ethan nunca quiso que quedaras embarazada.

—¿Por qué?

Él sostuvo mi mirada.

—Porque el hijo que esperaba heredar la fortuna Reed… jamás podía ser tuyo.

Sentí que la sangre abandonaba mi rostro.

—¿Qué estás diciendo?

Adrian respiró profundamente antes de pronunciar las palabras que cambiarían mi vida otra vez.

—La mujer embarazada no es la única esposa de Ethan.

Es solo una de ellas.

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