Alma desapareció por el pasillo y regresó arrastrando una manta.
La extendió frente a mi silla.
Después colocó dos cojines en el suelo.
—¿Qué haces?
—Mi abuela ayudaba a mi mamá cuando le dolían las piernas —respondió—. Primero calor. Después movimiento.
Mar apareció detrás de ella.
—Alma, basta. El señor Salcedo tiene una lesión seria.
—Ya lo sé.
La niña me miró.
—Pero él ni siquiera lo intenta.
Aquello me molestó más de lo que debería.
—He tenido doce especialistas.
—¿Y alguno vivió aquí contigo?
No respondí.
Alma señaló mis manos.
—Agárrese de la mesa.
—No puedo caminar.
—No dije caminar. Dije levantarse.
Mar intentó detenerla.
Yo levanté una mano.
—Déjala.
Quizá fue orgullo.
Quizá aburrimiento.
O quizá llevaba demasiado tiempo esperando que alguien dejara de tratarme como cristal roto.
Bloqueé las ruedas de la silla.
Apoyé ambas manos sobre el borde de la mesa.
Empujé.
Nada.
Mis brazos comenzaron a temblar.
—¿Ve? —murmuré.
Alma negó.
—Otra vez.
Lo intenté.
Después otra.
A la quinta vez conseguí separar el cuerpo unos centímetros del asiento antes de desplomarme.
Alma gritó como si hubiera ganado una medalla olímpica.
—¡Mamá! ¡Se despertaron!
Me reí.
Una risa auténtica.
La primera en años.
Mar se quedó mirándome.
—¿Cuándo fue la última vez que hizo rehabilitación?
Mi sonrisa desapareció.
—Hace cuatro años.
Después del accidente había trabajado durante meses.
Pero mi esposa murió mientras yo todavía estaba hospitalizado.
Desde entonces dejé fisioterapia.
Dejé amigos.
Dejé la empresa en manos de administradores.
En realidad, había dejado casi todo.
Alma tenía razón en una cosa.
No sabía qué podían hacer mis piernas porque hacía años que había dejado de preguntar.
Cuando las carreteras finalmente abrieron, llamé a mi antiguo especialista.
Los estudios fueron claros.
No existía ningún milagro.
Mi lesión seguía allí.
Pero también había conservado más capacidad funcional de la que yo creía.
—Con rehabilitación intensiva —me explicó— podríamos conseguir avances importantes. Quizá ponerse de pie con apoyo. Tal vez desplazamientos cortos. No puedo prometer más.
No necesitaba promesas.
Por primera vez, quería intentarlo.
También descubrí por qué Mar y Alma habían terminado en aquella carretera.
Mar había perdido su empleo meses antes. Después llegaron el alquiler atrasado y el desalojo. Su automóvil se averió durante la tormenta cuando buscaban un refugio.
Les ofrecí dinero.
Mar lo rechazó.
—No quiero que mi hija aprenda que salvar a alguien significa que ese alguien te pertenece.
Aquella frase terminó de convencerme.
Así que le ofrecí trabajo.
La antigua casa de huéspedes necesitaba una administradora.
Salario.
Contrato.
Independencia.
Mar aceptó.
Los meses siguientes fueron brutales.
Fisioterapia.
Caídas.
Frustración.
Días en los que no conseguía avanzar nada.
Pero cada tarde Alma aparecía con el mismo trato:
—¿Tiene sobras?
Yo señalaba mis piernas.
—¿Y tú vas a despertarlas?
—Claro.
Seis meses después, durante la cena, Alma dejó caer accidentalmente su vaso.
Rodó debajo de la mesa.
Ella se agachó para recogerlo.
Yo, distraído, apoyé las manos en el borde.
Me impulsé.
Y quedé de pie.
Solo unos segundos.
Con las piernas temblando y ambas manos sujetando la mesa.
Mar se llevó una mano a la boca.
Alma quedó inmóvil.
Entonces empezó a llorar.
—Se despertaron.
Yo también lloré.
No porque estuviera curado.
No lo estaba.
Quizá nunca caminaría sin ayuda.
Pero aquella niña no había cumplido su promesa mediante magia.
Había hecho algo mucho más importante.
Me había dado una razón para volver a intentarlo.
Años después, todavía conservé aquella enorme mesa para veinte.
Solo que dejó de estar vacía.
Mar convirtió parte de la propiedad en un refugio temporal para familias durante los inviernos más duros. Yo financié el proyecto y regresé parcialmente a dirigir mi empresa.
Y Alma creció convencida de que había ganado nuestro primer trato.
Una noche me preguntó:
—Don Ernesto, ¿se acuerda de las sobras?
Sonreí.
—Sí.
—Yo cumplí mi parte.
Miré alrededor.
Había niños cenando, Mar riéndose en la cocina y una casa que finalmente sonaba viva.
Después miré el bastón apoyado junto a mi silla.
—No, Alma.
—¿No?

Negué sonriendo.
—Me prometiste ayudarme a caminar.
La miré.
—Pero terminaste enseñándome a vivir.