Salí del apartamento con una maleta y diez millones en la cuenta.
Durante cinco años había pensado que aquello significaba ganar.
Esa noche descubrí algo extraño.
Por primera vez, el dinero no consiguió hacerme sentir segura.
A la mañana siguiente, Adrian llamó.
—¿Dónde estás?
—En un hotel.
Silencio.
—Vuelve. Clara necesita ayuda para ir al hospital.
Me reí.
—Contrata una enfermera.
—Elena.
—Tienes dinero, Adrian. Dijiste que era lo único que sabías dar. Úsalo.
Colgué.
Tres días después puse el apartamento en venta.
No necesitaba conservar una casa donde alguien podía ordenarme salir cada vez que aparecía una mujer más conveniente.
Adrian se enteró esa misma tarde.
Llegó al hotel furioso.
—¿Estás vendiéndolo para molestar a Clara?
—Estoy vendiendo mi propiedad.
—Nunca te importó esa casa.
Aquello me hizo mirarlo.
—Precisamente porque me importaba demasiado tengo que venderla.
Su expresión cambió.
—¿Qué significa eso?
—Nada que puedas comprar.
Cerré la puerta.
Una semana después apareció Clara.
Sin Adrian.
Dejó de fingir timidez apenas entró.
—¿Cuánto quieres?
—¿Por qué?
—Para desaparecer completamente.
Sonreí.
—Ya desaparecí gratis.
Entonces Clara cometió un error.
—Adrian todavía te busca.
Mi sonrisa se borró.
Ella también comprendió que había hablado demasiado.
—¿Te preocupa que vuelva conmigo?
—Va a casarse conmigo.
—Entonces no deberías necesitar pagarme.
Clara apretó el bolso.
—Tú no entiendes a hombres como Adrian.
—Cariño, llevo cinco años estudiando precisamente a hombres como Adrian.
Me acerqué.
—El problema es que tú crees que ganaste porque te eligió.
—Yo sé que perdí porque permití que me eligiera durante demasiado tiempo.
Clara se marchó sin responder.
Dos semanas después recibí una llamada inesperada.
Era Adrian.
—Clara se fue.
—Qué pena.
—Se llevó dinero.
Eso sí consiguió mi atención.
Clara había transferido fondos desde una cuenta que Adrian había abierto para los preparativos de la boda.
También desaparecieron joyas.
Documentos.
Y varios regalos.
Adrian finalmente había descubierto lo que yo había visto aquella primera noche.
Clara no era inocente.
Simplemente era mejor actriz de lo que él quería admitir.
—Tenías razón sobre ella —dijo.
—Lo sé.
—¿Por qué no me advertiste?
Solté una pequeña carcajada.
—¿Para qué?
—Porque podrías haber evitado esto.
Entonces entendí que Adrian todavía no había aprendido nada.
Incluso después de reemplazarme, esperaba que yo continuara protegiéndolo.
—No soy tu madre, Adrian.
—Tampoco tu secretaria.
—Ni tu cuidadora.
Hice una pausa.
—Y desde aquella noche tampoco soy la mujer que espera que vuelvas.
Colgué.
Vendí el apartamento un mes después.
Con parte del dinero abrí una pequeña firma de inversión inmobiliaria.
No porque quisiera demostrarle nada a Adrian.
Sino porque durante cinco años había aprendido muchísimo observando cómo se movían los hombres ricos mientras fingían que yo solo estaba allí para decorar la habitación.
Mi primer año fue difícil.
El segundo, rentable.
Y una tarde recibí una invitación para una gala financiera.
Adrian estaba allí.
Nos encontramos frente al ascensor.
Sus ojos bajaron instintivamente hacia mi mano.
No llevaba su diamante.
—Te ves bien —dijo.
—Estoy bien.
—Escuché que tu empresa cerró una ronda importante.
Asentí.
Adrian sonrió con cierta tristeza.
—Siempre pensé que lo único que querías de mí era dinero.
—Yo también lo pensé.
Las puertas del ascensor se abrieron.
Antes de entrar, me volví.
—Pero tú me enseñaste algo mejor.
—¿Qué?
—Que tener dinero y tener precio no son lo mismo.
Entré.
Adrian no me siguió.

Aquel diamante amarillo de doce millones terminó años después en una subasta.
Vi la noticia por casualidad.
No sentí nada.
Porque la joya más cara que Adrian Vale intentó regalarme fue precisamente la única que tuve que rechazar para descubrir cuánto valía yo sin él.