Sebastian creyó que volvería.
Durante casi tres años, después de cada discusión, yo era quien arreglaba las cosas.
Reservaba restaurantes.
Recordaba sus reuniones.
Revisaba contratos importantes cuando él estaba demasiado cansado.
Compraba los regalos para sus padres y escribía las tarjetas que él firmaba.
Y Sophie también se había acostumbrado.
Cuando cometía errores en el despacho, yo los corregía antes de que nuestros superiores los vieran.
Cuando olvidaba plazos, yo la cubría.
Cuando llegaba tarde, inventaba una excusa.
Así que al día siguiente hice algo extraordinariamente sencillo.
Nada.
A las nueve, Sophie apareció junto a mi escritorio.
—Victoria, sobre el expediente Morrison…
—Ya no estás asignada.
—Pero yo preparé la estrategia.
Levanté la vista.
—Yo preparé la estrategia. Tú hiciste las diapositivas.
Se puso roja.
A mediodía, nuestro socio principal descubrió tres errores en otro asunto que Sophie llevaba sola.
Por primera vez, no los corregí.
Aquella noche Sebastian me llamó.
—Sophie está destrozada. ¿Era necesario humillarla en el trabajo?
—Yo no la humillé.
—Entonces ayúdala.
Casi me reí.
—¿Por qué?
Silencio.
—Porque es tu amiga.
—Ya no.
—Victoria…
—Ahora te tiene a ti.
Colgué.
Las siguientes semanas fueron todavía más interesantes.
Sebastian empezó a descubrir pequeñas cosas.
Sophie no sabía qué medicamento comprar cuando sufría migrañas.
No recordaba el cumpleaños de su madre.
No sabía reservar los vuelos que coincidían con sus reuniones.
Tampoco podía revisar los contratos que durante años él dejaba casualmente sobre mi mesa diciendo:
—Ya que eres abogada, échales un vistazo.
Entonces llegó el cumpleaños de la señora Zhou.
Cada año yo organizaba la cena, elegía las flores y compraba personalmente su regalo.
Esta vez no hice nada.
A las seis de la tarde Sebastian llamó.
—¿Dónde está el collar para mamá?
—¿Qué collar?
—El que compras todos los años.
—Sebastian, terminamos.
Hubo una pausa.
—Solo te estoy pidiendo un favor.
—Pídeselo a Sophie.
Esa noche su madre recibió flores compradas apresuradamente en una gasolinera.
Y Sophie llegó cuarenta minutos tarde.
Una semana después, los vi juntos oficialmente.
Ella había ocupado el asiento delantero.
Perfecto.
Pero esta vez también debía ocupar todo lo demás.
Dos meses después, Sophie apareció en mi oficina llorando.
—No entiendo cómo soportaste tantos años.
La miré.
—¿Qué cosa?
—Sebastian espera que recuerde todo. Sus citas, la ropa de la tintorería, los cumpleaños familiares… Y cuando algo sale mal, dice que tú nunca olvidabas nada.
Finalmente comprendía.
Ella había envidiado mi lugar.
Pero solo había visto el automóvil, las cenas y al hombre exitoso.
Nunca el trabajo invisible que sostenía aquella imagen.
—Tú querías estar a su lado —respondí—. Ahora estás.
—Victoria, yo no quería quitarte nada.
Sonreí.
—Entonces devuélvemelo.
Sus ojos se iluminaron.
Señalé la puerta.
—Devuélveme mi tiempo.
No pudo.
Nadie podía.
Seis meses después, Sophie y Sebastian terminaron.
Él apareció frente a mi despacho aquella misma noche.
—Cometí un error.
—Sí.
—Podemos empezar otra vez.
Negué.
—Tú todavía no entiendes qué perdiste.
Sebastian guardó silencio.
Recogí mi bolso.
—No perdiste a una mujer que te organizaba la vida.
Lo miré.

—Perdiste a una mujer que te amaba mientras lo hacía.
Pasé junto a él.
Esta vez no llovía.
Y por primera vez en años, tampoco llevaba el paraguas de nadie excepto el mío.