No le conté nada a Diego esa misma noche.
Tampoco enfrenté a Valeria.
Cuando una tubería revienta, lo primero que hace un buen supervisor no es golpear el concreto.
Es cerrar la válvula principal y entender por dónde se está escapando el agua.
Hice exactamente eso.
Mi abogada, Laura Escalante, llevaba más de veinte años especializada en derecho patrimonial.
Cuando vio la copia del supuesto poder notarial, permaneció varios minutos en silencio.
Pasó lentamente cada hoja.
Después tomó una lupa del escritorio.
—¿Qué ve? —pregunté.
Levantó la vista.
—Varias cosas.
Señaló la firma.
—A simple vista se parece mucho a la suya.
Respiró hondo.
—Pero no es idéntica.
Volvió a revisar el documento.
—Y aquí hay algo todavía más extraño.
Giró la carpeta hacia mí.
—El número de protocolo notarial no coincide con la secuencia correspondiente a esa fecha.
Fruncí el ceño.
—¿Qué significa eso?
—Que alguien utilizó información que parece auténtica… pero algo no encaja.
Sentí un nudo en el estómago.
—Entonces es falso.
Laura negó con prudencia.
—Todavía no puedo afirmarlo.
Hizo una pausa.
—Pero sí puedo decirle que merece una investigación inmediata.
Durante la semana siguiente no cambié absolutamente nada de mi rutina.
Desayuné con Patricia.
Fui al mercado.
Regué las plantas.
Incluso invité a Diego a comer el domingo.
Quería observar.
No acusar.
Cuando llegaron, Valeria llevaba el mismo gesto impecable de siempre.
—¿Cómo están, suegros?
Besó a Patricia en la mejilla.
A mí me dio un abrazo breve.
Demasiado correcto.
Demasiado calculado.
Mientras comíamos, Diego habló del restaurante.
—Las cosas ya van mejorando.
Sonreí.
—Me da gusto.
Valeria intervino enseguida.
—Con un poco más de inversión, podríamos estabilizarlo mucho más rápido.
No respondí.
Ella me observó apenas un segundo.
Como si esperara que yo hiciera la pregunta.
No lo hice.
Dos días después recibí otra llamada de Laura.
—Roberto.
Su voz sonaba mucho más seria.
—Necesito que venga al despacho.
Llegué en menos de cuarenta minutos.
Encontré sobre la mesa un expediente mucho más grueso.
—¿Qué pasó?
Laura abrió la carpeta.
—Localizamos la notaría.
Esperé.
—Y el notario asegura que jamás autorizó ese poder.
Sentí un escalofrío.
—¿Está seguro?
—Completamente.
Sacó una declaración firmada.
—Afirma que el sello utilizado no corresponde al suyo y que el documento nunca pasó por su protocolo oficial.
Respiré lentamente.
Aquello ya no parecía un simple error administrativo.
Laura continuó hablando.
—Hay otra cosa.
Me mostró una copia de un correo electrónico.
El destinatario era una inmobiliaria.
El asunto decía:
“Documentación para transferencia de inmueble.”
Mi dirección aparecía escrita claramente.
La casa de Coyoacán.
—¿Quién envió eso?
Laura levantó la vista.
—Todavía no lo sabemos.
—¿Y el remitente?
—Utilizaron una cuenta temporal que ya fue eliminada.
Guardó silencio unos segundos.
—Pero el archivo adjunto contiene exactamente el mismo poder que apareció en el banco.
Sentí cómo las manos comenzaban a enfriarse.
Aquella noche casi no dormí.
Patricia notó mi preocupación.
—¿Qué pasa?
La miré.
Durante treinta y ocho años nunca le había ocultado nada importante.
No iba a empezar entonces.
Le conté todo.
Desde la llamada del banco.
Hasta el supuesto poder.
Ella permaneció completamente inmóvil.
Cuando terminé, solo hizo una pregunta.
—¿Crees que Diego lo sabe?
No pude responder.
Porque esa era precisamente la pregunta que más miedo me daba hacerme.
Tres días después llegó la comida familiar.
La misma reunión donde Diego se colocó frente a la puerta.
—Papá, no vas a entrar mientras la familia de Valeria esté aquí.
No discutí.
No levanté la voz.
Regresé al coche.
Saqué el teléfono.
Y llamé a Laura.
—Ya ocurrió.
—¿Qué pasó?
Miré por el parabrisas.
La ventana del departamento seguía abierta.
Podía escuchar las risas desde la calle.
—No quisieron dejarme entrar.
Hubo un breve silencio.
Después Laura habló con calma.
—Entonces es el momento.
—¿De qué?
—Acaba de llegar el informe del perito.
Sentí que el corazón comenzaba a acelerarse.
—¿Y?
La respuesta tardó apenas unos segundos.
—La firma del poder no coincide con la suya.
Respiré aliviado.
Pero Laura aún no había terminado.
—Sin embargo…
Volví a tensarme.
—¿Qué pasa?
Su voz se volvió mucho más grave.
—Hay una coincidencia parcial con otra firma que aparece repetidamente en el expediente.
Fruncí el ceño.
—¿De quién?
Laura respondió despacio.
—De alguien que tuvo acceso directo a todos sus documentos personales.
Apreté el volante con fuerza.

—¿Quién?
Escuché cómo pasaba la última hoja del informe.
Y entonces pronunció un nombre que hizo que, por primera vez en muchos años, sintiera que me faltaba el aire.
—Su hijo, Diego.