PARTE 2: EL PECADO SALIÓ A LA LUZ

El relámpago iluminó por un instante la entrada de la vieja ermita.

Mauricio permanecía inmóvil bajo la lluvia, con el sombrero empapado y el revólver apuntando hacia el suelo. El agua resbalaba por su rostro, pero sus ojos conservaban la misma arrogancia que Rosario había visto aquella tarde junto al río.

Ella retrocedió instintivamente, aunque el dolor de una nueva contracción la obligó a apoyarse contra el muro de piedra.

—No te acerques… —susurró con la respiración entrecortada.

Mauricio avanzó un paso.

—No vine a hacerte daño.

Rosario soltó una risa amarga.

—¿Todavía te quedan mentiras?

Él guardó silencio unos segundos.

Luego cerró la puerta de madera para que la lluvia no entrara y dejó el revólver sobre un viejo altar cubierto de polvo.

—Vine porque mi padre ya sabe que el niño es mío.

Aquellas palabras hicieron que Rosario olvidara por un instante el dolor.

—¿Cómo dices?

—Alguien nos vio aquella tarde cerca del río.

Rosario sintió que el estómago se le revolvía.

No había habido ningún encuentro amoroso.

Había sido una agresión que ella jamás pudo denunciar por las amenazas contra su familia.

Mauricio evitó mirarla directamente.

—Mi padre cree que quiero reconocer al bebé… y eso jamás lo permitirá.

Otra contracción le arrancó un gemido.

Se dobló sobre sí misma mientras intentaba controlar la respiración.

Mauricio dio un paso para ayudarla.

Ella tomó una piedra del suelo y la levantó con la poca fuerza que le quedaba.

—¡No me toques!

Él levantó las manos.

—Está bien.

Por primera vez desde que lo conocía, parecía nervioso.

—Escúchame, Rosario. Mi padre envió a cuatro hombres.

—¿Para qué?

Mauricio tardó en responder.

—Para asegurarse de que nunca regreses al pueblo.

El silencio que siguió fue más aterrador que el trueno que hizo temblar la ermita.

Rosario comprendió de inmediato lo que significaban aquellas palabras.

No querían desterrarla.

Querían borrar cualquier rastro de ella… y del bebé.

Afuera comenzaron a escucharse cascos de caballos.

Uno.

Dos.

Tres.

Luego varias voces.

—¡Busquen cerca del arroyo!

—¡No puede estar lejos!

Mauricio apagó de inmediato el viejo farol que iluminaba la habitación.

Todo quedó sumido en la oscuridad.

Solo entraban destellos de los relámpagos por las rendijas del techo.

Rosario respiraba con dificultad.

El parto avanzaba demasiado rápido.

Sintió un dolor tan intenso que apenas pudo contener un grito.

Mauricio se arrodilló frente a ella.

—Si te oyen, estamos muertos los tres.

Ella lo miró con un odio profundo.

—¿Ahora hablas de nosotros?

Él bajó la cabeza.

Por primera vez su voz sonó quebrada.

—Nunca imaginé que mi padre llegaría tan lejos.

Rosario cerró los ojos.

No le creyó.

Había aprendido demasiado tarde que en la familia Valdés las palabras valían menos que el polvo del camino.

Las voces se acercaban.

—¡Revisen la capilla!

El corazón de Rosario comenzó a golpearle el pecho.

Mauricio tomó el revólver del altar.

Ella creyó que volvería a apuntarle.

Pero caminó hacia la puerta.

—¿Qué haces?

—Voy a detenerlos.

—No podrás.

Él sonrió con tristeza.

—Lo sé.

Antes de salir, la miró por última vez.

—Si logro entretenerlos unos minutos, escapa por la parte de atrás cuando nazca el bebé.

Rosario no respondió.

No sabía si aquello era un acto de arrepentimiento… o una nueva trampa.

Mauricio abrió la puerta.

La lluvia entró de golpe.

—¡Está aquí! —gritó uno de los hombres.

Enseguida resonó un disparo.

Luego otro.

Los caballos relincharon con violencia.

Rosario se quedó inmóvil, incapaz de distinguir quién estaba disparando contra quién.

Entonces sintió una presión insoportable en el vientre.

El bebé estaba por nacer.

Al mismo tiempo, entre el estruendo de la tormenta, una voz conocida atravesó la oscuridad.

—¡Rosario!

Era Don Eladio.

Empapado, con el machete desenvainado y el rostro desencajado, avanzaba hacia la ermita acompañado por dos hombres del pueblo.

Pero no venía a expulsarla otra vez.

Venía porque, apenas una hora antes, una anciana que había presenciado en secreto lo ocurrido junto al río meses atrás había reunido el valor para contarle toda la verdad.

Y por primera vez desde que había echado a su hija de casa, Don Eladio comprendía que la deshonra nunca había sido Rosario.

La deshonra llevaba el apellido Valdés.

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