—No entres ahí —repitió mi madre.
La miré.
Por primera vez, Catherine no lloraba.
No se sujetaba el pecho.
No fingía estar herida.
Estaba aterrorizada.
—¿Dónde está Sarah?
—Andrew, escúchame.
Entré en el pasadizo.
Encendí la linterna del teléfono.
Había polvo en las paredes, pero no en el suelo.
Alguien había utilizado aquel corredor recientemente.
Entonces encontré sangre.
Solo unas gotas.
Pero suficientes para hacerme correr.
—¡Sarah!
El túnel terminaba detrás de otra pared falsa en el sótano.
La empujé.
Caí dentro de una habitación que jamás había sabido que existía.
Había una cama vieja.
Una mesa.
Medicamentos.
Fotografías.
Y una pequeña cámara apuntando hacia una silla.
Sarah no estaba.
Pero su abrigo sí.
—¿Qué demonios es este lugar?
Mi madre apareció detrás de mí.
—Tu padre lo construyó.
—¿Para qué?
No respondió.
Entonces vi una taza sobre la mesa.
El mismo juego de porcelana que Catherine había usado para servirme té la noche anterior.
La levanté.
Olía igual.
Recordé mi boca seca.
Las horas perdidas.
—Me drogaste.
Mi madre palideció.
—Necesitabas dormir.
—¿Dónde está mi esposa?
—Se fue.
—¿Cómo?
Señalé el pasadizo.
—Sarah no sabía que esto existía.
Catherine bajó los ojos.
Ahí entendí la verdad.
—Pero tú sí.
Saqué el teléfono.
—Voy a llamar a la policía.
Mi madre se abalanzó sobre mí.
—¡No!
La aparté.
—¡Dime dónde está Sarah!
—¡Intentaba protegerte!
—¿De mi esposa embarazada?
Su expresión cambió.
—¿Embarazada?
No lo sabía.
Aquello me dio más miedo.
Volví hacia la mesa.
Debajo de unas fotografías encontré una carpeta.
En la portada estaba escrito mi nombre.
ANDREW BENNETT.
Dentro había informes bancarios.
Documentos de propiedad.
Y una póliza de seguro de vida sobre Sarah.
Beneficiario: Andrew Bennett.
Cantidad: cinco millones de dólares.
—Yo nunca contraté esto.
Mi madre comenzó a llorar.
Esta vez de verdad.
—Andrew…
—¿Qué hiciste?
Antes de que respondiera, escuchamos un golpe.
Tres veces.
Desde detrás de otra pared.
Corrí hacia ella.
Arranqué un panel de madera.
Había una segunda habitación.
Y dentro encontré el teléfono de Sarah.
La pantalla estaba rota.
Pero seguía grabando.
Reproduje el último vídeo.
Sarah aparecía dentro del cuarto bajo las escaleras.
Estaba llorando mientras movía las cajas.
Entonces la pared falsa se abrió detrás de ella.
Mi madre entró.
Pero no estaba sola.
Un hombre la acompañaba.
Sarah lo miró y retrocedió horrorizada.
—Tú…
El vídeo tembló.
Después escuché la voz de Catherine.
—Te advertí que dejaras a mi hijo.
Sarah protegió instintivamente su vientre.
El hombre avanzó.
Y entonces vi su rostro.
Se me cayó el teléfono.
Lo conocía.
Había visto aquella cara toda mi infancia.
En fotografías.
En retratos.
En la lápida familiar.
—No puede ser…
Mi padre llevaba muerto doce años.
Pero en el vídeo estaba vivo.
Y había entrado en nuestra casa la noche anterior.
Mi madre cerró los ojos.
—Andrew, hay cosas que nunca entendiste.
Me giré hacia ella.
—¿Dónde se llevó a Sarah?
Catherine abrió la boca.
Antes de responder, mi teléfono sonó.
Número desconocido.
Contesté.
Durante varios segundos solo escuché respiración.
Entonces llegó la voz de Sarah.
—Andrew…
Casi se me doblaron las piernas.
—Sarah, ¿dónde estás?
Ella empezó a llorar.
—No llames a la policía todavía.
—¿Estás herida?
—El bebé está bien.
Cerré los ojos de alivio.
—Dime dónde estás y voy por ti.
Silencio.
Después Sarah susurró:
—No puedes venir solo.
—¿Por qué?
Su respiración tembló.
—Porque tu padre no regresó por mí.
Miré a Catherine.

—Entonces ¿por quién?
Sarah tardó varios segundos en responder.
—Por ti.