Adrián Zhang fue el primero en romper el silencio.
—Continúa.
Ya nadie se reía.
Volví a tocar la muñeca.
El recuerdo regresó con violencia.
La lámpara amarilla.
La camisa azul.
Adrián frente a aquella mujer.
Pero entonces escuché su voz.
—Corre. No puedo protegerte más.
Abrí los ojos de golpe.
—Tú no la mataste.
Adrián cerró los ojos.
Gabriel avanzó.
—¿La conocías?
El forense permaneció callado.
—¡Adrián!
Finalmente respondió:
—Era mi alumna.
La morgue quedó en silencio.
—Se llamaba Lucía Chen. Trabajaba conmigo antes de entrar al departamento forense.
—¿Por qué nunca identificaste el cadáver? —pregunté.
—Porque cuando desapareció, yo estaba convencido de que había escapado del país.
—Mentira.
Adrián me miró.
—¿Qué?
—Sabías que estaba en peligro.
Su mandíbula se tensó.
Después de unos segundos, abrió un armario y sacó una vieja llave.
—Lucía descubrió que alguien manipulaba informes forenses para hacer desaparecer evidencias de varios homicidios.
Gabriel palideció.
—¿Dentro de la brigada?
Adrián asintió.
—Me pidió ayuda. La noche antes de desaparecer nos reunimos en un antiguo laboratorio universitario. Le dije que huyera.
—¿Por qué guardaste silencio?
—Porque al día siguiente recibí fotografías de mi hermana.
Sacó su teléfono.
—Me dijeron que si hablaba, ella sería la siguiente.
La arrogancia del forense desapareció por completo.
—Durante tres años busqué a Lucía sin saber que llevaba todo este tiempo delante de mí.
Miré nuevamente el cadáver.
Había algo más.
Toqué su mano.
Clang.
Clang.
Clang.
Esta vez comprendí el sonido.
Un archivador metálico.
Lucía estaba escondiendo algo.
Vi sus dedos empujar un pequeño objeto dentro de una abertura.
Y después escuché una voz masculina detrás de ella.
Una voz que yo ya había oído aquel mismo día.
Retiré la mano.
Miré lentamente hacia Gabriel.
—Necesitamos revisar el antiguo laboratorio.
Una hora después encontramos el edificio.
Adrián localizó el archivador oxidado.
Detrás de una placa metálica había una memoria USB envuelta en plástico.
Gabriel la conectó a un portátil.
Aparecieron decenas de expedientes.
Informes modificados.
Fotografías eliminadas.
Nombres de víctimas.
Pagos.
Y una grabación.
Lucía aparecía mirando directamente a la cámara.
—Si encontraron esto, significa que no conseguí salir.
Respiró profundamente.
—El responsable tiene acceso a homicidios, evidencias y cámaras internas.
Adrián se inclinó hacia la pantalla.
—Dilo, Lucía.
Ella pronunció el nombre.
Nadie se movió.
Porque no dijo:
Adrián Zhang.
Dijo:
Gabriel Jiang.
Giré lentamente.
El capitán ya tenía el arma en la mano.
—Qué lástima —murmuró.
Su rostro amable había desaparecido.
—Tres años manteniendo ese cadáver sin nombre… y bastó traer a una mujer que habla con muertos para arruinarlo.
Adrián se colocó delante de mí.

Gabriel sonrió.
—Ahora entiendo por qué Lucía tuvo que desaparecer.
Me miró directamente.
—Y también sé quién será la siguiente.