PARTE 2: EL NOMBRE PROHIBIDO

El silencio cayó sobre la casa como una losa.

Don Ernesto seguía mirando a Camila, pero ya no parecía verla.

Solo repetía un nombre en su cabeza.

Adrián Fuentes.

—No… —murmuró al fin—. Eso no puede ser.

Teresa se apoyó en el marco de la puerta para no caer.

—Camila… dime que escuché mal.

Ella negó despacio.

—No escuchaste mal, mamá.

Mateo observaba a los tres adultos sin comprender por qué un simple nombre había cambiado el aire de la habitación.

—¿Quién es Adrián? —preguntó con inocencia.

Nadie respondió.

Don Ernesto dio media vuelta y caminó hasta el viejo comedor.

Abrió un cajón.

Sacó una fotografía amarillenta.

La dejó sobre la mesa.

Camila sintió un nudo en la garganta.

En la imagen aparecían dos muchachos de diecinueve años abrazados, cubiertos de grasa de taller y sonriendo como si fueran hermanos.

Uno era su padre.

El otro, Adrián Fuentes.

—Éramos inseparables —dijo Ernesto sin levantar la vista—. Crecimos juntos. Trabajamos juntos. Compartíamos todo.

Mateo miró la fotografía.

—¿Entonces eran amigos?

Ernesto soltó una risa amarga.

—Lo fuimos.

Teresa cerró los ojos.

Conocía esa historia.

Pero nunca completa.

Camila respiró hondo.

—Papá… nunca dejaste que te la contara.

Él levantó la cabeza.

—Porque pensé que me habías traicionado.

—No.

La voz de Camila tembló.

—Yo intentaba evitar que se destruyeran dos familias al mismo tiempo.

Ernesto golpeó la mesa con la palma.

—¡Adrián desapareció hace once años!

—Lo sé.

—¡Todo el pueblo lo buscó!

—También lo sé.

Teresa miró a su hija con lágrimas en los ojos.

—¿Tú sabías dónde estaba?

Camila bajó lentamente la mirada.

—No.

Hizo una pausa.

—Pero sí sabía por qué se fue.

El corazón de Ernesto empezó a latir con fuerza.

—Habla de una vez.

Camila tomó aire.

—La noche antes de desaparecer, Adrián vino a buscarme.

Los recuerdos regresaron con una claridad dolorosa.

Él estaba empapado por la lluvia.

Tenía un golpe en la ceja y la camisa rota.

—Me dijo que había descubierto algo sobre su propia familia.

Teresa frunció el ceño.

—¿Qué cosa?

—No alcanzó a explicármelo todo.

Solo repetía que había documentos… cuentas… y personas muy poderosas que nunca permitirían que saliera a la luz.

Mateo escuchaba en silencio.

Era la primera vez que oía hablar de su padre.

—¿Y luego?

Camila sintió un nudo en la garganta.

—Me pidió que, pasara lo que pasara, protegiera al bebé si algún día nacía.

Ernesto quedó inmóvil.

—¿Él sabía que estabas embarazada?

—Sí.

El anciano cerró los ojos.

Durante diez años había construido una historia donde su hija era la culpable.

Ahora esa historia empezaba a desmoronarse.

Teresa rompió a llorar.

—¿Por qué no nos lo dijiste?

Camila la miró con tristeza.

—Porque antes de irse me hizo prometer que no diría su nombre.

—¿Por qué?

—Porque estaba convencido de que quien lo buscaba también buscaría a su hijo.

La habitación quedó completamente en silencio.

Entonces alguien llamó a la puerta.

Tres golpes lentos.

Firmes.

Todos se sobresaltaron.

Don Ernesto abrió con cautela.

En el umbral había un hombre de unos sesenta años, vestido con un traje oscuro.

Llevaba un portafolio de cuero en una mano.

—Buenos días.

Miró directamente a Camila.

—¿Señora Camila Santillán?

Ella asintió con desconfianza.

El hombre sacó una credencial.

—Mi nombre es Ignacio Beltrán.

Soy el abogado de la familia Fuentes.

Nadie dijo una palabra.

El abogado observó a Mateo durante unos segundos.

Después volvió la vista hacia Camila.

—Llevamos diez años buscándola.

Ernesto sintió que las piernas le fallaban.

—¿Para qué?

Ignacio abrió lentamente el portafolio.

Sacó una carpeta sellada.

—Porque Adrián Fuentes dejó instrucciones muy precisas antes de desaparecer.

Y esas instrucciones solo podían entregarse… el día en que su hijo cumpliera diez años.

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