PARTE 2: EL NOMBRE DETRÁS DEL ANILLO

Ricardo salió del baño secándose el cabello.

—¿Qué haces aquí?

Lucía levantó una camiseta que estaba sobre la cama.

—Ordenando un poco.

Él la miró durante un segundo más de lo necesario.

—¿Viste mi portafolio?

—No.

La respuesta salió demasiado rápido.

Ricardo sonrió.

—¿Segura?

—Completamente.

Se acercó, tomó el portafolio y lo llevó al armario.

Lucía fingió no mirar.

Pero su corazón golpeaba con fuerza.

Esa noche no durmió.

A las 2:13 de la madrugada, tomó el teléfono y amplió las fotografías.

El recibo del anillo.

La transferencia.

La cocina.

Paola Méndez Rivas.

Pero había algo más.

En la esquina de la orden de construcción aparecía una dirección.

Lucía la reconoció.

Era un departamento que Ricardo le había dicho que pertenecía a uno de los clientes más importantes de la empresa.

A la mañana siguiente, Ricardo salió temprano.

—Tengo una reunión en Satélite. Probablemente llegue tarde.

Lucía sonrió.

—Está bien.

Esperó quince minutos.

Luego llamó a su amiga Fernanda, que trabajaba en una notaría.

—Necesito que averigües algo por mí.

Le dio el nombre de Paola y la dirección.

Fernanda tardó menos de una hora en devolverle la llamada.

—Lucía, ¿estás sentada?

—Sí.

—Ese departamento no está a nombre de ninguna empresa.

Lucía cerró los ojos.

—¿De quién está?

Hubo un silencio.

—De Ricardo Salgado.

Sintió que el aire desaparecía de sus pulmones.

—¿Desde cuándo?

—Desde hace dos años.

Dos años.

Mientras él llegaba tarde a casa.

Mientras decía que tenía juntas.

Mientras le aseguraba que estaban ahorrando para remodelar su propia cocina.

Había comprado un departamento.

Pero todavía faltaba algo.

—Fernanda, ¿puedes investigar a Paola?

—Ya lo hice.

La voz de su amiga cambió.

—Lucía… Paola Méndez no es solo una mujer cualquiera.

—¿Quién es?

—Es la hija del director financiero de la constructora donde trabaja Ricardo.

Lucía se quedó inmóvil.

Entonces Fernanda añadió:

—Y hay otra cosa.

—¿Qué?

—Su padre falleció hace seis meses.

—¿Y?

—El testamento dejó a Paola como heredera de varias propiedades y acciones.

Lucía abrió lentamente los ojos.

De pronto, el anillo de 58.900 pesos ya no parecía una simple prueba de infidelidad.

Parecía parte de un plan.

Esa tarde, Ricardo regresó a casa con flores.

—Para ti.

Lucía las recibió.

—Qué bonito.

Él la besó en la frente.

—Pensé que estabas molesta conmigo últimamente.

—¿Por qué estaría molesta?

Ricardo sonrió.

—No sé. Te siento distante.

Lucía sostuvo su mirada.

—Quizá estoy aprendiendo a observar más.

Durante un segundo, la sonrisa de Ricardo desapareció.

Luego volvió.

—Te amo, Lucía.

Ella también sonrió.

—Yo también.

Pero esa noche, cuando Ricardo se durmió, Lucía abrió nuevamente las fotografías.

Había ampliado tanto una de ellas que descubrió algo que no había visto antes.

En la parte inferior del recibo de la joyería había una anotación manuscrita:

“Entrega: 18 de septiembre. Grabado: R.S. + P.M.”

Lucía sintió un escalofrío.

Pero lo peor no era el anillo.

Era la fecha.

18 de septiembre.

Ese día sería el cumpleaños número quince de Mateo.

Y entonces Lucía entendió por qué Ricardo había insistido tanto en que aquel año celebraran el cumpleaños de su hijo fuera de la ciudad.

No quería que ella estuviera en casa.

Quería estar con Paola.

Lucía apagó la pantalla.

Y por primera vez en diecisiete años de matrimonio, decidió no enfrentarlo todavía.

Porque antes de pedirle explicaciones a Ricardo, quería descubrir qué más estaba escondido en aquel portafolio.

Y al día siguiente, encontraría algo mucho más peligroso que un recibo de joyería.

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