—Eleanor —susurró el niño.
El nombre me golpeó más fuerte que cualquier bala.
Mi hermana.
La niña que desapareció cuando tenía diecisiete años.
Me incliné hacia él.
—¿Dónde está tu madre?
El pequeño bajó los ojos.
—Enferma.
—¿Dónde?
—No puedo decirlo todavía.
Uno de mis hombres avanzó.
—Señor Whitmore, deberíamos sacarlo de aquí.
—Nadie toca al niño.
Mi voz hizo retroceder a todos.
Recogí el reloj.
Dentro había una diminuta fotografía que nunca había visto.
Eleanor, adulta.
Sostenía a un bebé.
A este niño.
—¿Cómo te llamas?
—Samuel.
—¿Eleanor te envió?
Samuel asintió.
—Dijo que usted sabría qué hacer cuando viera el reloj.
Entonces metió la mano bajo su camisa y sacó un sobre arrugado.
Mi nombre estaba escrito en él.
Reconocí la letra inmediatamente.
Mis manos comenzaron a temblar.
Abrí la carta.
Solo había una frase.
“Charles, el hombre que me llevó hace veinte años sigue a tu lado.”
Levanté lentamente la cabeza.
El salón estaba lleno de socios, guardaespaldas y hombres que conocía desde hacía décadas.
De pronto, ninguno parecía familiar.
Samuel tiró de mi manga.
—Mi mamá dijo que no confiara en el hombre del anillo negro.
Miré alrededor.
Tres hombres llevaban anillos oscuros.
Uno era mi abogado.
Otro, un senador que conocía desde hacía quince años.
El tercero era Vincent Hale.
Mi jefe de seguridad.
El hombre que había dirigido personalmente la búsqueda de Eleanor.
Vincent vio que lo miraba.
Su mano se movió hacia el interior de su chaqueta.
—¡Arma! —gritó alguien.
Mis hombres reaccionaron.
Pero Samuel fue más rápido.
Puso ambas manos contra mis piernas.
—¡Ahora!
Un dolor ardiente atravesó mis músculos.
Di un paso.
Luego otro.
Vincent quedó inmóvil.
Yo también.
Samuel me había hecho caminar.
Pero cuando mis guardias rodearon a Vincent, él no intentó escapar.
Comenzó a reír.
—¿De verdad crees que fui yo?
Sacó lentamente una fotografía del bolsillo.
No era un arma.
Era una imagen tomada esa misma mañana.
Eleanor estaba viva.
Más vieja.
Demacrada.
Pero viva.
Detrás de ella aparecía una puerta roja.
Y junto a esa puerta estaba un hombre que reconocí inmediatamente.
Mi respiración se detuvo.
—Eso es imposible.
Samuel comenzó a llorar.
—Él tiene a mi mamá.
Miré otra vez la fotografía.
El hombre junto a Eleanor era alguien cuyo funeral yo mismo había pagado dieciocho años atrás.
Nuestro padre.
