Megan despertó cuando intenté retirar lentamente la mano.
Sus ojos se abrieron de golpe.
—Señor Mason.
Miró nuestros dedos entrelazados y me soltó inmediatamente.
—Lo siento. Debí quedarme dormida.
—¿Cuánto tiempo estuviste aquí?
—Toda la noche.
—¿Por qué?
Megan acomodó al pequeño Noah contra su pecho.
—Porque tenía cuarenta grados de fiebre y sus hombres parecían más preparados para detener un ejército que para cambiar una toalla mojada.
La miré.
—Podías haberte marchado.
—También podía quedarme.
Así de sencillo.
Entonces Noah despertó.
El niño bostezó, extendió una mano diminuta y agarró la cadena que sobresalía del cuello de su madre.
Algo cayó sobre la manta.
Un reloj de bolsillo.
Mi respiración se detuvo.
Plata envejecida.
Una pequeña grieta atravesando el cristal.
Y tres iniciales grabadas detrás.
R.M.M.
Richard Matthew Mason.
Mi padre.
—¿Dónde conseguiste eso?
Megan palideció.
Intentó guardarlo.
—Era de mi esposo.
—Ese reloj pertenecía a mi padre.
El silencio cambió inmediatamente.
Megan abrazó más fuerte a Noah.
—Mi marido se llamaba Caleb Foster.
Conocía aquel nombre.
Seis años atrás, Caleb había trabajado para una de mis empresas de seguridad.
Había desaparecido después de robar documentos confidenciales.
Al menos eso decía el informe.
—Caleb era un ladrón.
Los ojos de Megan se endurecieron.
—No.
—Robó información de mi familia.
—Intentó devolvérsela.
Sentí que la fiebre dejaba de importar.
Megan abrió su bolso y sacó una memoria USB.
—Caleb murió hace dos años. Antes de morir me dijo que, si alguna vez necesitaba protección, debía encontrar trabajo aquí y esperar hasta estar segura de que usted no era como los hombres que lo perseguían.
—¿Qué hombres?
—Los que mataron a su padre.
No respiré.
Mi padre había muerto veinte años antes.
Oficialmente, durante un robo.
Megan colocó la memoria sobre mi cama.
—Caleb descubrió que aquel robo fue organizado.
—¿Por quién?
—No lo sé. Nunca quiso decírmelo.
Entonces Noah señaló el reloj.
—Papá.
Me quedé inmóvil.
Megan también.
—¿Qué acaba de decir?
—Él llama así al hombre de una fotografía que Caleb guardaba.
Sacó el teléfono.
La imagen mostraba a Caleb junto a otro hombre.
Sentí que el mundo se inclinaba.
No era mi padre.
Era mi hermano menor, Alexander.
El hermano que supuestamente había muerto junto a él veinte años atrás.
—Eso es imposible.
Megan negó lentamente.
—Caleb decía que ese hombre seguía vivo.
Antes de que pudiera responder, alguien llamó a la puerta.
Nancy entró pálida.
—Señor Mason, tenemos un problema.
—¿Qué ocurre?
—Hay un hombre en la entrada.
Me mostró la imagen de seguridad.
Cabello gris.
Una cicatriz sobre la ceja.
Veinte años mayor, pero reconocí inmediatamente aquel rostro.
Alexander.
Mi hermano muerto estaba frente a mi casa.
Y sostenía una fotografía de Megan.
—Dice que viene a buscar a su nieto —susurró Nancy.
Miré a Noah.
Después a Megan.
Ella comenzó a temblar.
Porque si Alexander decía la verdad, el hijo de Megan no era simplemente el niño de un antiguo empleado.
Era un Mason.
