Nadie esperaba que Lucía sostuviera el micrófono con tanta firmeza ni que el enorme diamante terminara sobre el mantel de la mesa principal, abandonado como si jamás hubiera significado nada.
Moisés se puso de pie de inmediato.
—Lucía, baja de ahí. Estás haciendo el ridículo.
Ella sonrió con una serenidad que desconcertó incluso a quienes la conocían desde hacía años.
—No. El ridículo acaba de empezar.
Los trescientos invitados permanecían inmóviles.
Los inversionistas intercambiaban miradas.
La madre de Moisés dejó caer lentamente la copa de vino.
Lucía respiró hondo antes de continuar.
—Durante cinco años escucharon que Moisés levantó esta constructora desde cero. Que era un empresario brillante. Que todo lo consiguió solo.
Giró lentamente hacia él.
—Eso nunca fue verdad.
Moisés dio un paso hacia el escenario.
—Córtenle el micrófono.
Pero el cantante retrocedió sin atreverse a intervenir.
Lucía levantó una carpeta color marfil que uno de los músicos acababa de alcanzar desde debajo del escenario, donde ella la había dejado minutos antes al presentir que algo ocurriría aquella noche.
—Muchos de ustedes están negociando inversiones millonarias con Constructora Altavista. Lo mínimo que merecen conocer es quién controla realmente esa empresa.
Los abogados presentes comenzaron a prestar verdadera atención.
Uno de los banqueros incluso sacó sus lentes para observar mejor.
—Cuando mi abuelo aceptó financiar el proyecto, puso una única condición —explicó Lucía—. Que cualquier decisión estratégica, venta de acciones, adquisición de deuda o incorporación de nuevos socios requiriera mi autorización por escrito.
El jardín quedó completamente en silencio.
Moisés dejó de sonreír.
—Eso es un asunto privado.
—Lo era… hasta que decidiste humillarme delante de todos.
Lucía abrió la carpeta.
—Aquí está el acta constitutiva original, protocolizada ante notario.
Levantó el documento para que todos pudieran verlo.
—Y aquí aparece una cláusula que muy pocos conocen.
Un notario invitado al compromiso pidió verla.
Tras revisar rápidamente la primera página, levantó la vista con expresión incrédula.
—Esto… parece auténtico.
Los inversionistas comenzaron a acercarse.
Margarita dejó de fingir tranquilidad.
La sonrisa desapareció de su rostro.

Lucía miró directamente a Moisés.
—Explícales por qué jamás les contaste que poseo el cincuenta y uno por ciento de las acciones con derecho exclusivo de administración.
El color abandonó el rostro de Moisés.
Varias conversaciones estallaron al mismo tiempo.
Uno de los socios dio un paso atrás.
—¿Quiere decir que todas las negociaciones de esta noche podrían carecer de validez?
Lucía asintió lentamente.
—Exactamente.
Luego cerró la carpeta con calma.
—Y eso ni siquiera es el mayor problema que acaba de descubrirse.