Cerré los ojos durante una fracción de segundo.
No por miedo.
Por memoria.
Cuando volví a abrirlos, el puño de Tyler ya venía hacia mi rostro.
Deslicé la cabeza apenas unos centímetros.
Su golpe pasó junto a mi mejilla.
Antes de que pudiera recuperar el equilibrio, mis dedos tocaron ligeramente sus costillas expuestas.
Nada más.
Podría haber golpeado.
No lo hice.
Tyler retrocedió.
El dojo quedó completamente en silencio.
Khloe todavía tenía los ojos cerrados.
—Cariño —dije—. Puedes mirar.
Los abrió lentamente.
Tyler me observaba como si acabara de cambiar de forma delante de él.
—Suerte —murmuró.
Volvió a atacar.
Esta vez lanzó una combinación.
Bloqueé la primera mano.
Esquivé la segunda.
Cuando intentó acercarse, giré sobre mi pie y utilicé su propio impulso para desequilibrarlo.
Tyler cayó sobre una rodilla.
Varias personas contuvieron el aliento.
Me aparté inmediatamente.
—Levántate.
Su rostro se puso rojo.
—¿Dónde aprendiste eso?
—Hace mucho tiempo.
Tyler se incorporó.
Ya no sonreía.
—Entonces dejemos de jugar.
—Mamá —susurró Khloe.
La miré.
—Estoy bien.
Pero Tyler ya avanzaba.
Esta vez no buscaba demostrar nada.
Estaba enfadado.
Vi cómo cargaba el hombro y comprendí que aquel golpe ya no formaba parte de ninguna demostración amistosa.
Lo desvié.
Sujetando su muñeca, giré.
Dos segundos después, Tyler estaba boca abajo sobre la colchoneta con el brazo inmovilizado detrás de la espalda.
No ejercí presión.
No hacía falta.
—¿Terminamos?
Tyler respiraba con dificultad.
—Suéltame.
Lo hice inmediatamente.
Cuando se levantó, algo había cambiado en la expresión de los alumnos.
Ya no parecían tenerle miedo.
Y Tyler lo notó.
Eso pareció dolerle más que la caída.
—¿Quién demonios eres? —preguntó.
Recogí mi chaqueta.
—La madre de Khloe.
Entonces escuché una voz desde la entrada.
—No.
Me detuve.
Un hombre mayor estaba junto a la puerta.
Cabello gris.
Chaqueta negra.
Una cicatriz fina atravesándole la ceja izquierda.
No lo había visto en trece años.
Pero reconocí su voz inmediatamente.
El hombre observó la posición de mis pies.
Después miró a Tyler.
—Ella no es simplemente la madre de Khloe.
Sentí que mi hija me miraba.
—¿Mamá?
El desconocido caminó lentamente hacia nosotros.
Tyler parecía confundido.
Yo no.
—Daniel —dije.
El hombre sonrió apenas.
—Pensé que habías prometido no volver a pelear, Rebecca.
Khloe frunció el ceño.
—¿Quién es él?
No respondí.
Daniel sí.
—Fui instructor de tu madre.
Khloe me miró como si acabara de descubrir que había vivido dieciséis años con una desconocida.
—¿Instructor de qué?
Daniel bajó la mirada hacia mis manos.
—Antes de que nacieras, tu madre competía.
Tyler soltó una risa nerviosa.
—¿En torneos locales?
Daniel giró hacia él.
—No.
Su sonrisa desapareció.
—En el circuito internacional.
Mi estómago se tensó.
Aquello era precisamente lo que nunca había querido que Khloe supiera.
Pero Daniel todavía no había terminado.
Sacó su teléfono.
En la pantalla había una fotografía antigua.
Yo aparecía mucho más joven, levantando un trofeo.
Khloe se acercó.
Entonces su expresión cambió.
—Mamá…
Señaló a otra persona en la fotografía.
Un hombre estaba detrás de mí.
Khloe palideció.
—Ese es papá.
Daniel me miró.
—Rebecca, si ella todavía cree que su padre murió en un accidente, tenemos un problema.
Sentí que el dojo desaparecía a mi alrededor.
Khloe dejó caer mi chaqueta.
—¿Qué acaba de decir?

Daniel guardó el teléfono.
—Tu padre no murió, Khloe.
Luego me miró directamente.
—Y acaba de regresar.