Julian entró en la sala de partos con un ramo de lirios blancos y una sonrisa tan ensayada que, durante un segundo, cualquiera habría pensado que era un esposo preocupado.
Yo no.
Conocía demasiado bien esa expresión.
Era la misma que usaba cuando mentía delante de un juez, de un cliente… o de mí.
—Vivian —dijo con una voz sorprendentemente cálida—. Vine en cuanto me avisaron.
Lo miré sin responder.
El médico seguía sosteniendo a mi hijo con las manos temblorosas.
Julian dio un paso hacia la cuna térmica.
—¿Puedo verlo?
—No.
La respuesta salió del médico.
Seca.
Inmediata.
Julian levantó una ceja.
—Doctor, soy el padre.
El hombre tragó saliva.
Sus ojos seguían clavados en el pequeño rostro del bebé.
—Necesito hacer unas pruebas primero.
Julian sonrió con impaciencia.
—¿Qué ocurre?
El médico respiró profundamente.
—¿Está completamente seguro de que usted es Julian Vance?
Aquella pregunta cambió el ambiente de la habitación.
Julian dejó de sonreír.
—Por supuesto.
—¿Por qué?
El médico no respondió.
Simplemente acercó un poco más al bebé hacia la luz.
Mi hijo abrió lentamente los ojos.
El médico empezó a llorar otra vez.
No eran lágrimas de tristeza.
Eran de incredulidad.
—No puede ser…
Sentí un escalofrío.
—¡Explíqueme qué pasa!
El médico me miró.
—Perdóneme… necesito confirmar algo antes de decir una sola palabra.
Salió apresuradamente con el bebé.
La puerta se cerró.
Julian giró hacia mí.
Su rostro ya no transmitía preocupación.
Transmitía miedo.
—¿Qué le pasa a ese médico?
—No lo sé.
—¿Lo conoces?
—Jamás lo había visto.
Julian comenzó a caminar de un lado a otro.
Por primera vez desde nuestro divorcio, parecía haber perdido el control.
Diez minutos después regresó el médico acompañado por una mujer mayor con bata blanca.
Llevaba una placa que decía:
Dra. Margaret Sullivan. Jefa de Neonatología.
Ella observó al bebé durante unos segundos.
Después levantó lentamente la vista hacia Julian.
—Señor Vance…
—Necesitamos hacerle algunas preguntas.
Julian frunció el ceño.
—¿Sobre qué?
La doctora intercambió una mirada con el médico.
—¿Conoció usted al doctor Andrew Hayes?
El nombre cayó sobre la habitación como una bomba.
Julian dio un pequeño paso atrás.
—Murió hace más de veinte años.
El médico cerró los ojos.
—Eso creíamos todos.
Mi corazón comenzó a acelerarse.
No entendía nada.
La doctora tomó aire.
—Vivian…
—Su hijo nació con una marca de nacimiento extremadamente rara.
Apartó con cuidado la mantita del hombro izquierdo del bebé.
Allí había una pequeña figura rojiza.
Tenía exactamente la forma de una media luna atravesada por una línea.
El médico comenzó a hablar con la voz quebrada.
—He visto esa marca una sola vez en toda mi carrera.
Se llevó una mano al pecho.
—Hace veintiséis años.
Miró fijamente a Julian.
—En otro bebé.
El silencio era absoluto.
—Ese bebé desapareció del hospital la misma noche en que nació.
Sentí que el aire abandonaba mis pulmones.
Julian había dejado de respirar con normalidad.
La doctora continuó.
—Solo tres personas conocían la existencia de esa marca genética.
El doctor Andrew Hayes.
Su esposa.
Y…
Miró directamente a Julian.
—…el hombre que se llevó a aquel niño.
Nadie dijo una palabra.
Entonces sonó el teléfono del médico.
Contestó.
Escuchó durante unos segundos.
Su rostro perdió completamente el color.
Colgó lentamente.
Después nos miró.

—La caja fuerte del archivo histórico acaba de ser abierta.
—Y el expediente del nacimiento ocurrido hace veintiséis años…
Hizo una pausa.
—Acaba de desaparecer.