PARTE 2: EL IMPERIO QUE SIEMPRE DEPENDIÓ DE MÍ

Durante unos segundos no respondió.

Solo escuché su respiración acelerada al otro lado de la llamada.

—¿Qué demonios hiciste? —repitió Adrian.

Giré lentamente la silla hacia el ventanal de mi oficina.

Desde el piso cuarenta y dos, Manhattan parecía completamente ajena al desastre que acababa de comenzar.

—Protegí a Lawson Group.

—¡Mentira!

Golpeó algo.

Probablemente su escritorio.

—Los bancos congelaron nuestra línea de crédito hace veinte minutos.

—Los proveedores dejaron de responder.

—Tres inversionistas cancelaron reuniones.

Escuché un ruido de papeles cayendo.

Después la voz de otra persona.

—Señor Whitmore, el banco está otra vez en la línea dos.

Adrian cubrió el teléfono unos segundos.

Cuando volvió a hablar, su tono ya no era arrogante.

Era desesperado.

—Sofía… esto puede destruir mi empresa.

—La empresa ya era frágil antes de ayer.

—Solo aceleré una decisión inevitable.

Hubo un largo silencio.

—Lo haces porque me casé con Claire.

Negué con la cabeza, aunque él no podía verme.

—No.

—Lo hago porque durante doce meses Lawson Group asumió riesgos que solo aceptamos porque existía un compromiso matrimonial entre nuestras familias.

Abrí el informe financiero frente a mí.

—Sin ese compromiso, esos riesgos dejaron de tener sentido.

—¡Podríamos haber renegociado!

—¿Cuándo?

—¿Antes o después de que anunciaras tu boda con otra mujer?

No respondió.

Continué.

—Te casaste ayer por la mañana.

—A las once ya habías publicado las fotografías.

—A las dos de la tarde nuestros clientes comenzaron a llamar preguntando si Lawson Group seguiría respaldando a Whitmore Industries.

—Yo tenía la obligación de responder.

Adrian respiró profundamente.

—Siempre fuiste así.

—¿Así cómo?

—Calculándolo todo.

Sonreí con cansancio.

—Alguien tenía que hacerlo.

Cuando colgué, mi secretaria volvió a entrar.

Traía tres carpetas nuevas.

—Los bancos respondieron.

Las abrió una por una.

—Primero.

—Whitmore Industries incumplió dos cláusulas financieras al perder nuestras garantías.

Pasó a la segunda.

—Segundo.

—Los fondos de inversión suspendieron el desembolso del proyecto inmobiliario.

La tercera carpeta era mucho más delgada.

—Y tercero…

Levantó la vista.

—Claire Harrison acaba de solicitar una reunión urgente con usted.

Fruncí ligeramente el ceño.

—¿Conmigo?

—Dice que viene en representación de su esposo.

Negué.

—No.

—¿La rechazamos?

—Sí.

Mi secretaria permaneció inmóvil.

—Hay algo más.

—Habla.

—No vino sola.

Miré por la ventana de mi despacho.

Abajo, frente al edificio de Lawson Group, un automóvil negro acababa de detenerse.

Claire descendió primero.

Vestía un elegante traje color marfil.

Pero ya no tenía la expresión radiante de la fotografía del registro civil.

Parecía agotada.

Detrás de ella bajó Adrian.

Su traje seguía siendo impecable.

Su rostro, no.

Habían pasado menos de veinticuatro horas desde su boda.

Y parecía haber envejecido cinco años.

—Insisten en verla.

Cerré lentamente la carpeta.

—Cinco minutos.

Nada más.

Cuando entraron a la sala de reuniones, ninguno de los dos habló de inmediato.

Claire fue la primera.

—Señora Lawson…

—Doctora Lawson —la corregí con calma.

Ella bajó la cabeza.

—Lo siento.

Adrian dio un paso adelante.

—Sofía.

—No vine a discutir el pasado.

—Necesitamos hablar del futuro.

Lo observé unos segundos.

—¿Nuestro?

—No.

—El de Whitmore Industries.

Aquella respuesta me confirmó que ya había entendido lo esencial.

Nunca había venido por mí.

Había venido por mi dinero.

Claire tomó la mano de Adrian.

—Sabemos que está molesta.

—Pero las empresas no deberían sufrir por asuntos personales.

Apoyé ambas manos sobre la mesa.

—Curioso.

—Ayer ustedes demostraron exactamente lo contrario.

Los dos guardaron silencio.

Saqué una carpeta azul del cajón.

La coloqué frente a Adrian.

—¿Recuerdas esto?

Él la abrió.

Su rostro perdió el color inmediatamente.

Era el contrato firmado un año antes.

La última página llevaba claramente su firma.

Y una cláusula marcada en amarillo.

“En caso de cancelación unilateral del compromiso matrimonial por parte del señor Adrian Whitmore, Lawson Group tendrá derecho a retirar de inmediato toda inversión, garantía financiera y participación conjunta, sin obligación de compensación alguna.”

Adrian levantó lentamente la cabeza.

—Tú…

—¿Ya lo sabías?

Asentí.

—Sí.

—Lo redactó tu propio abogado.

—Lo leyó delante de ambos.

—Y tú respondiste que jamás lo necesitaríamos porque nunca cancelarías nuestra boda.

Claire comenzó a palidecer.

Adrian cerró los ojos durante unos segundos.

Comprendió demasiado tarde que no había perdido su empresa por un ataque impulsivo.

La había perdido exactamente en el momento en que decidió abandonar el compromiso.

Solo que la factura llegó un día después.

Me puse de pie.

—La reunión terminó.

Adrian no se movió.

—Sofía…

—¿Sí?

Su voz salió rota por primera vez.

—¿Existe alguna forma de salvar Whitmore Industries?

Lo miré con absoluta tranquilidad.

—Sí.

Sus ojos recuperaron una pequeña esperanza.

Entonces pronuncié la única respuesta posible.

—Debiste pensarlo antes de casarte con otra mujer.

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