Mateo caminaba rápido.
Tan rápido que tuve que guardar los tacones en el maletero del coche y ponerme unos tenis viejos que siempre llevaba para visitar el puerto.
—¿Falta mucho? —pregunté mientras cruzábamos un camino de terracería.
El niño señaló hacia el horizonte.
—Después del puente de madera.
Seguimos avanzando entre manglares y pequeñas casas construidas con láminas, madera reciclada y techos de palma.
Apenas veinte minutos después, Mateo se detuvo frente a una vivienda humilde pintada de azul deslavado.
El patio estaba lleno de macetas hechas con cubetas viejas.
Un perro mestizo levantó la cabeza, olfateó al niño y volvió a acostarse.
—Aquí vive mi abuela.
Respiré hondo.
Mi corazón golpeaba con tanta fuerza que apenas podía mantenerme de pie.
Mateo abrió la reja sin hacer ruido.
—Abuela…
Una mujer de unos setenta años apareció desde la cocina con un delantal floreado.
Al verme, frunció el ceño.
—¿Quién es usted?
Antes de responder, mis ojos se desviaron hacia el hombre que salía lentamente del pequeño taller del fondo.
Llevaba una camisa de mezclilla desgastada.
Barba de varios días.
El cabello más largo de lo que Sebastián acostumbraba usar.
Cojeaba ligeramente de la pierna izquierda.
Pero…
Aquella forma de caminar.
Aquellos hombros.
Aquella manera de levantar la cabeza cuando escuchó voces.
Sentí que el aire desaparecía.
Él también me miró.
Sus ojos permanecieron sobre mi rostro durante varios segundos.
Sin emoción.
Sin reconocimiento.
Solo con una extraña sensación de desconcierto.
Las piernas dejaron de responderme.
—…Sebastián…
El nombre escapó de mis labios convertido en un susurro.
El hombre dio un paso atrás.
Se llevó una mano a la sien.
Como si aquella palabra le hubiera provocado un dolor insoportable.
—No…
Su voz era ronca.
—Ese no soy yo.
La anciana se colocó delante de él.
—Señora, creo que se está confundiendo.
Él se llama Samuel.
Lo encontramos hace tres años.
No recordaba quién era.
No tenía documentos.
No sabía leer una dirección ni decir su apellido.
Solo sobrevivió porque Dios quiso.
Las lágrimas comenzaron a correr por mis mejillas.
—¿Tiene una cicatriz en el hombro derecho?
La mujer abrió mucho los ojos.
—¿Cómo lo sabe?
—Porque fui yo quien lo llevó al hospital cuando se cayó de una bicicleta a los veinte años.
El hombre volvió a tocarse la cabeza.
Respiraba cada vez más rápido.
—No…
No…
Basta…
Mateo me tomó de la mano.
—Siempre hace eso cuando alguien habla del mar.
Miré al hombre.
Sus dedos temblaban.
Su respiración era irregular.
Y entonces observé algo que hizo que todo mi cuerpo se estremeciera.
Colgando de una cuerda de cuero, bajo su camisa, asomaba un reloj.
Negro.
Quemado.
Con el cristal roto.
El mismo reloj que las autoridades aseguraron haber encontrado entre los restos del yate.
El mismo reloj que, según el informe oficial, demostraba la muerte de mi esposo.
Di un paso hacia él.
Con muchísimo cuidado.
—¿Puedo verlo?
Él dudó.
Finalmente sacó el reloj.
Mis manos comenzaron a temblar.
En la parte trasera seguía grabada la misma frase que yo había mandado colocar el día de nuestro primer aniversario.
“Siempre regresaremos al mismo puerto.”
No había ninguna duda.
Era el reloj de Sebastián.
Pero entonces…
¿Qué habían encontrado realmente aquella noche del incendio?
La anciana observó mi reacción.
Su expresión cambió por completo.
—Usted… lo conoce de verdad.
Asentí sin apartar la vista del reloj.
—Es mi esposo.
El silencio cayó sobre el patio.
Mateo abrió la boca sorprendido.
La mujer se dejó caer lentamente sobre una silla.
—Dios mío…
Durante tres años…
Creí que solo estaba ayudando a un desconocido.
El hombre levantó la vista hacia mí.
Seguía sin reconocerme.
Pero había algo distinto.
Sus ojos ya no estaban vacíos.
Había miedo.
Muchísimo miedo.
Como si una puerta estuviera empezando a abrirse dentro de su memoria.
Se llevó ambas manos a la cabeza.
Respiró con dificultad.
Y de repente murmuró unas palabras tan bajas que apenas pude escucharlas.
—…No…
Julián…
No…
No me empujes…
Su cuerpo entero se tensó.
Retrocedió dos pasos.
Luego cayó de rodillas sobre la tierra húmeda.
—¡El barco!
—¡Fuego!
—¡Mariana… corre!
El grito desgarró el patio.
La anciana corrió hacia él.
Yo también.
Intentamos sostenerlo mientras temblaba violentamente.
Entre respiraciones entrecortadas, empezó a pronunciar nombres que llevaba tres años olvidando.
—Julián…
Teresa…
Dinero…
Seguro…
Papeles…
Y entonces abrió los ojos de golpe.
Me miró directamente.
Por primera vez.
Como si realmente pudiera verme.
Sus labios temblaron.
—…¿Mariana?
Sentí que el mundo entero se detenía.
Pero antes de que pudiera abrazarlo, un motor aceleró bruscamente frente a la casa.
Tres camionetas negras entraron levantando una nube de polvo.
Las puertas se abrieron al mismo tiempo.
Varios hombres descendieron con radios en la mano.

El primero mostró una fotografía.
La misma fotografía de Sebastián.
Y dijo con voz fría:
—Encontramos al hombre.
El señor Julián quiere que lo traigamos… vivo.