PARTE 2: EL HOMBRE QUE TODOS SUBESTIMARON

Durante varios minutos seguí mirando la pantalla del teléfono.

La llamada había terminado.

Pero aquella última frase seguía resonando en mi cabeza.

“En siete días… todos sabrán quién es el verdadero impostor.”

No dormí esa noche.

¿Cómo podía un desconocido hablar con tanta seguridad?

¿Cómo podía llamarme “esposa” con tanta naturalidad?

Y, sobre todo…

¿Por qué el supuesto chofer mudo sonaba como un hombre acostumbrado a dar órdenes?

A la mañana siguiente decidí averiguarlo.

Le pedí a Noah que investigara todo lo relacionado con Alexander Reed.

Regresó tres horas después con el rostro completamente desencajado.

—Sofía… aquí pasa algo muy raro.

—¿Qué encontraste?

Dejó una carpeta sobre la mesa.

—No existe ningún registro laboral de Alexander como chofer antes de trabajar para la familia Harris.

Fruncí el ceño.

—Eso es imposible.

—Eso mismo pensé.

Sacó otra hoja.

—Pero sí aparecen registros de viajes diplomáticos… reuniones con autoridades de aviación… y contratos clasificados.

Lo miré sin comprender.

—¿Quién demonios es ese hombre?

Noah negó lentamente.

—Todavía no lo sé.

Antes de que pudiera responder, mi teléfono vibró.

Era un mensaje de Alexander.

“¿Puedes verme hoy? Cinco de la tarde. Café Blackwood.”

Solo eso.

Ni una explicación.

Ni una disculpa.

Ni una petición.

Llegué diez minutos antes.

Elegí una mesa junto a la ventana.

A las cinco en punto, un automóvil negro se detuvo frente al café.

No era un coche cualquiera.

Era un vehículo oficial.

Dos hombres con traje descendieron primero.

Miraron alrededor.

Después abrieron la puerta trasera.

Alexander bajó del vehículo.

Vestía un traje azul oscuro perfectamente cortado.

Nada quedaba del supuesto chofer silencioso.

Caminaba con la seguridad de alguien acostumbrado a que todo un edificio se levantara cuando él entraba.

Se sentó frente a mí.

—Gracias por venir.

Lo observé unos segundos.

—Así que sí puedes hablar.

Una leve sonrisa apareció en su rostro.

—Nunca fui mudo.

—Entonces empezamos mal.

Él asintió.

—Lo sé.

—¿Quién eres realmente?

Alexander apoyó una carpeta sobre la mesa.

—Mi nombre completo es Alexander Reed.

Abrió la primera página.

—Director de la Autoridad Nacional de Aviación desde hace cuatro años.

Sentí que el café se me enfriaba entre las manos.

No era una broma.

Su fotografía aparecía junto al escudo oficial.

Firmas.

Nombramientos.

Reconocimientos internacionales.

Todo era auténtico.

—¿Por qué trabajabas como chofer?

Su expresión cambió.

—Porque llevaba meses investigando una red de corrupción dentro del sector aéreo.

Mi respiración se detuvo.

—¿Qué tiene que ver Emma con eso?

Alexander sostuvo mi mirada.

—Mucho más de lo que imaginas.

Sacó otra fotografía.

Emma aparecía entrando en un edificio junto a un hombre que reconocí de inmediato.

El padre de Emma.

Dueño de una empresa de mantenimiento aeronáutico.

Alexander deslizó otra imagen.

Liam también estaba allí.

No como novio.

Como abogado.

—No…

Alexander habló con calma.

—La empresa Harris intentaba conseguir contratos públicos utilizando información privilegiada.

Miré nuevamente la fotografía.

Liam sonreía mientras estrechaba la mano del director financiero.

Jamás me habló de aquellas reuniones.

Jamás.

—¿Y el matrimonio?

Alexander respiró profundamente.

—Ese fue el único error que cometí.

Bajó la vista unos segundos.

—Necesitábamos protegerte.

Fruncí el ceño.

—¿Protegerme de qué?

—Si descubrían que estabas colaborando con nosotros, te convertirías en un objetivo.

Negué con incredulidad.

—¡Yo nunca colaboré con ustedes!

Él levantó lentamente la vista.

—Precisamente por eso.

Guardó silencio unos segundos antes de continuar.

—Liam firmó documentos utilizando tu identidad sin que lo supieras.

Sentí un vacío en el estómago.

—¿Qué?

Alexander colocó otra carpeta frente a mí.

Dentro había copias de formularios oficiales.

Mi nombre.

Mi firma.

Pero aquella firma…

No era mía.

Era una falsificación casi perfecta.

—Intentaban convertirte en la responsable si toda la operación salía mal.

Mi mundo empezó a girar.

Mientras yo esperaba que Liam regresara a casa…

Mientras lloraba creyendo que había elegido a Emma…

Él llevaba meses utilizándome como escudo.

Alexander rompió el silencio.

—Por eso acepté registrar el matrimonio.

Lo miré sin entender.

—Era la única forma legal de impedir que siguieran utilizando tu identidad.

Sentí un nudo en la garganta.

Toda mi rabia empezó a mezclarse con algo distinto.

Confusión.

—¿Por qué nadie me dijo nada?

Alexander sonrió con tristeza.

—Porque necesitábamos pruebas suficientes para destruir toda la red de una sola vez.

En ese momento sonó su teléfono.

Contestó.

Escuchó durante unos segundos.

Después su expresión cambió por completo.

—¿Qué ocurrió?

Del otro lado hablaron rápidamente.

Alexander se puso de pie.

—Entendido. Voy inmediatamente.

Colgó.

Me miró fijamente.

—Se adelantaron.

—¿Quiénes?

—Liam y Emma.

Guardó todas las carpetas con rapidez.

—Hace una hora abandonaron el país.

Mi corazón dio un vuelco.

—¿Escaparon?

Alexander negó lentamente.

—No.

Su mirada se volvió fría.

—Van camino a destruir la única prueba que puede enviarlos a prisión.

Y antes de salir del café, añadió una frase que me hizo comprender que la verdadera batalla apenas estaba comenzando.

—Si llegan primero al hangar… ya no habrá forma de demostrar quién manipuló realmente tu vida durante el último año.

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