La llamada llegó un martes lluvioso.
Yo llevaba treinta y seis horas sin dormir.
El laboratorio estaba casi vacío.
Los últimos inversionistas acababan de retirar su dinero.
Quedaban apenas dos semanas antes de cerrar definitivamente.
Contesté el teléfono sin mirar el número.
—¿Doctora Claire Song?
—Sí.
—Habla el profesor Adrian Keller, del Instituto Europeo de Biotecnología.
Sentí un nudo en el estómago.
Conocía ese nombre.
Era uno de los científicos más respetados del continente.
—Leí su artículo sobre regeneración celular.
Pensé que era una broma.
Nadie había leído aquel artículo.
Había sido rechazado por cuatro revistas científicas.
—Quiero financiar su investigación.
Durante varios segundos no pude hablar.
—¿Perdón?
—No financiaré una parte.
Financiaré todo el proyecto.
Así empezó todo.
Tres años después, mi laboratorio tenía más de cuatrocientos investigadores.
Nuestros tratamientos se utilizaban en hospitales de toda Europa.
Y el Gobierno me había invitado a regresar como asesora principal del nuevo Centro Nacional de Innovación Biomédica.
El mismo proyecto por el que ahora media ciudad competía.
Mientras tanto…
el automóvil avanzaba hacia el hotel.
Mia consultó la agenda.
—El alcalde quiere reunirse contigo.
También el gobernador.
Y el Grupo Cole insiste en solicitar una audiencia privada.
Abrí los ojos lentamente.
—Recházala.
—¿Sin escuchar la propuesta?
—Sí.
Mia sonrió.
—Imaginé que responderías eso.
Al otro lado de la ciudad…
Ethan seguía en el aeropuerto.
Su teléfono sonó.
—¿La encontraste? —preguntó una voz masculina.
—No.
—El vuelo ya aterrizó hace veinte minutos.
—Lo sé.
Su amigo guardó silencio.
Después habló con cautela.
—Ethan…
Han pasado tres años.
Quizá ya no quiera verte.
Él cerró los ojos.
—Solo necesito verla una vez.
Una sola.
Colgó.
Subió a su automóvil y condujo directamente a la antigua casa de los Song.
La puerta estaba abierta.
Dentro encontró a la señora Lin, la vecina que conocía a mi familia desde hacía décadas.
Ella suspiró al verlo.
—Llegaste tarde otra vez.
Ethan bajó la cabeza.
—¿Claire vino?
—Sí.
—¿Dónde está?
—No puedo decirte.
La mujer lo observó durante unos segundos.
—Cuando Claire lloraba por ti durante aquellos ocho años…
¿alguna vez fuiste a buscarla?
Ethan permaneció inmóvil.
—No.
—Entonces deja de pedir ahora lo que nunca estuviste dispuesto a dar.
Las palabras lo golpearon con más fuerza que cualquier insulto.
Al mismo tiempo…
mi automóvil entraba en el hotel Imperial.
El gerente general esperaba personalmente en la entrada.
Todo el personal formó dos filas.
—Bienvenida, doctora Song.
Mientras subía al ascensor privado, Mia recibió una llamada.
Escuchó unos segundos.
Después sonrió.
—Parece que las noticias viajan rápido.
—¿Qué ocurrió?
—Las acciones del Grupo Cole acaban de caer casi nueve por ciento.
La miré.
—¿Por qué?
—Los mercados descubrieron que la científica encargada del proyecto nacional regresó al país.
Y todos creen que el contrato será adjudicado esta semana.
Guardó el teléfono.
—¿Sabes quién depende más de ese contrato?
No hacía falta responder.
El Grupo Cole.
La empresa donde Ethan llevaba años trabajando hasta convertirse en director ejecutivo.
Sin ese proyecto…
perderían miles de millones.
Entré en mi habitación.
Sobre la mesa había una carpeta roja enviada por el Ministerio.
La abrí.
En la primera página aparecía una lista de las cinco empresas finalistas autorizadas para colaborar con el nuevo centro.
La primera era…
Grupo Cole.
La última hoja requería únicamente una firma.
La mía.
En ese instante comprendí por qué toda la ciudad estaba pendiente de mi regreso.
Y también comprendí que Ethan todavía ignoraba la verdad más importante.
No había regresado para buscar el pasado.
Había regresado convertida en la única persona capaz de decidir el futuro de todo aquello que él había tardado años en construir.
