PARTE 2: EL HOMBRE QUE TODOS CREÍAN MUERTO

Daniel cerró la mano alrededor de la pequeña llave de latón.

El automóvil negro seguía detenido frente a la entrada del panteón.

Dos hombres bajaron lentamente.

No vestían uniforme.

Pero caminaban como personas acostumbradas a obedecer órdenes.

Tomás dio un paso hacia atrás.

—No mire atrás.

—Camine.

Daniel guardó la carta dentro de su chamarra.

Sin decir una palabra, salió por la puerta lateral del cementerio.

No corrió.

Había aprendido en prisión que quien huye confirma que tiene miedo.

Solo caminó.

Tres calles después tomó un taxi.

—A la antigua terminal de autobuses.

El conductor arrancó.

Daniel miró por el espejo.

La camioneta negra seguía detrás.

Solo dejó de seguirlo cuando entraron al tráfico del centro.

Una hora después estaba frente a los viejos casilleros metálicos.

Muchos llevaban años sin usarse.

El número veinticuatro seguía allí.

La llave giró con facilidad.

Dentro había un único objeto.

Un libro azul.

Parecía un viejo manual de maquinaria industrial.

Daniel lo abrió.

Las páginas estaban vacías.

Frunció el ceño.

Entonces recordó algo.

Su padre siempre escondía documentos importantes dentro de las pastas de los libros.

Separó cuidadosamente la cubierta.

Había un doble fondo.

De allí salió una memoria USB.

Y una hoja doblada.

Solo tenía escrita una frase.

“La primera traición nunca vino de Lorena.”

Debajo aparecía un nombre.

Rebeca Lozano.

Daniel sintió que el aire abandonaba sus pulmones.

Su prometida.

La mujer que juró esperarlo.

La misma que lloró durante el juicio.

La misma que declaró en su contra.

Las manos comenzaron a temblarle.

Conectó la memoria a una computadora pública de una papelería cercana.

Había decenas de archivos.

El primero era un video.

Apareció su padre.

No parecía un hombre enfermo.

Vestía la misma chamarra de mezclilla que usaba para supervisar la fábrica.

Miró directamente a la cámara.

—Hijo…

—Si estás viendo esto, significa que lograste salir.

Respiró profundamente.

—Y también significa que tuve razón.

Daniel sintió un nudo en la garganta.

—No estoy muerto.

Las lágrimas le nublaron la vista.

En la grabación, Ernesto continuó.

—Tu condena fue preparada meses antes de que la policía apareciera en nuestra empresa.

—Descubrí una red de desvío de dinero.

—Pero no eran simples robos.

Abrió una carpeta.

Mostró varios contratos.

—Estaban utilizando Salgado Maquinaria para lavar millones de pesos.

La imagen cambió.

Aparecieron fotografías.

Lorena.

Octavio.

Varios directivos.

Y una mujer.

Rebeca.

Daniel quedó inmóvil.

Ella estaba sentada en la misma mesa.

Firmando documentos.

Ernesto siguió hablando.

—Ella nunca fue utilizada.

—Trabajó con ellos desde el principio.

Daniel sintió que el estómago se le revolvía.

Recordó cada visita.

Cada lágrima.

Cada promesa.

Todo había sido una actuación.

El video continuó.

—Cuando intenté denunciar, comprendí que también me vigilaban.

—La única forma de protegerte fue dejar que creyeran que yo había muerto.

Daniel dio un paso hacia atrás.

—Si aparezco públicamente…

—Nos matarán a los dos.

—Por eso desapareceré.

—Solo regresaré cuando todas las pruebas estén reunidas.

La imagen quedó unos segundos en silencio.

Después Ernesto sonrió por primera vez.

—Hijo…

—Nunca dejé de buscar cómo sacarte de prisión.

—Perdóname por no haber llegado a tiempo.

El video terminó.

Daniel permaneció inmóvil frente a la pantalla apagada.

No sabía cuánto tiempo había pasado.

Solo reaccionó cuando su teléfono comenzó a sonar.

Número desconocido.

Contestó lentamente.

No hubo saludo.

Solo una respiración.

Luego escuchó una voz que no oía desde hacía más de tres años.

—Daniel…

Era la voz de su padre.

—No hables.

—Solo escucha.

Daniel sintió que las piernas dejaban de sostenerlo.

—Nos encontraron antes de lo que esperaba.

—Ya saben que abriste el casillero.

Miró por la ventana de la papelería.

La misma camioneta negra acababa de detenerse enfrente.

Ernesto habló por última vez.

—Sal por la puerta trasera.

—Y pase lo que pase…

—No confíes en nadie que conocieras antes de entrar a prisión.

La llamada se cortó.

En ese mismo instante, la puerta principal de la papelería comenzó a abrirse.

Y Daniel comprendió que salir de la cárcel nunca había sido el final de su condena.

Solo había sido el comienzo de la verdadera persecución.

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