—¿Lucas Hale? —repitió Adrian.
Su voz perdió toda la arrogancia.
No era un nombre cualquiera.
Lucas era el director ejecutivo del Grupo Hale, la empresa que Adrian llevaba meses intentando convencer para financiar su proyecto más importante.
Y ahora acababa de descubrir que ese hombre era mi esposo.
—Esto es una broma —dijo.
—No.
—¡Hace tres días ibas a casarte conmigo!
—Hace tres días me abandonaste enferma bajo la lluvia por un caramelo.
Adrian golpeó el escritorio.
—¡Porque Chloe podía descompensarse!
—Y yo me desmayé.
Se quedó callado.
—¿Sabías que terminé en una clínica?
Su expresión respondió antes que sus palabras.
No lo sabía.
Por supuesto que no.
Había estado demasiado ocupado comprando caramelos para Chloe.
Adrian respiró hondo.
—Aunque estuviera equivocado, casarte con otro hombre tres días después es absurdo.
—Tienes razón.
Me levanté.
—Por eso deberías saber que Lucas no apareció hace tres días.
Adrian frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
—Lo conozco desde hace años.
Lucas había sido compañero de universidad de mi hermano.
Nunca intentó interferir en mi relación.
Cuando me comprometí con Adrian, incluso se alejó por respeto.
Pero aquella noche, después de que una desconocida llamara a emergencias al encontrarme inconsciente bajo la lluvia, la clínica contactó a mi hermano.
Mi hermano estaba fuera del país.
Así que llamó a la única persona de confianza que podía llegar inmediatamente.
Lucas.
Cuando desperté, él estaba sentado junto a mi cama.
No me preguntó qué había hecho para enfadar a Adrian.
No me dijo que debía ser más comprensiva.
Solo preguntó:
—¿Quieres que llame a alguien?
Miré la publicación de Chloe.
Negué.
—Ya no tengo a quién llamar.
Lucas permaneció en silencio.
Después dijo:
—Entonces empieza por llamarte a ti misma.
Aquella frase terminó de despertarme.
Adrian me miraba como si intentara reconstruir una historia que ya no le pertenecía.
—Entonces te aprovechaste de Lucas para vengarte de mí.
—No.
—¿Me vas a decir que te enamoraste en setenta y dos horas?
—Tampoco.
Mi matrimonio con Lucas no había nacido de una pasión repentina.
Habíamos firmado legalmente por una decisión que ambos entendíamos perfectamente, después de una conversación que no le debía a Adrian.
Y la ceremonia que celebraríamos días después sería privada.
Sin Chloe.
Sin pruebas.
Sin esperar permiso de nadie.
Adrian soltó una carcajada desesperada.
—Vas a arrepentirte.
Entonces alguien llamó a la puerta.
Lucas entró.
Traje oscuro.
Expresión tranquila.
Ni siquiera miró primero a Adrian.
Me miró a mí.
—¿Estás bien?
Dos palabras.
Eso fue todo.
Pero Adrian las escuchó.
Y creo que finalmente comprendió la diferencia.
Durante cinco años, cada vez que Chloe aparecía, Adrian preguntaba qué necesitaba ella.
Lucas había entrado en una habitación llena de tensión y su primera preocupación había sido yo.
—Estoy bien —respondí.
Entonces Lucas miró a Adrian.
—Señor Whitmore.
Adrian apretó los puños.
—Así que eres tú.
—Sí.
—¿Sabes que hace tres días Elena iba a casarse conmigo?
—Lo sé.
—¿Y aun así aceptaste casarte con ella?
Lucas permaneció completamente sereno.
—También sé dónde la dejaste.
Adrian perdió el color.
—Eso fue un problema entre nosotros.
—Correcto.
Lucas se acercó a mi escritorio.
—Y dejó de serlo cuando ella decidió terminarlo.
Adrian me señaló.
—¡Ella me ama!
No pude evitar sonreír.
Aquella era exactamente la certeza que lo había hecho cruel.
Creía que mi amor era una garantía.
—Te amé —dije.
Adrian se quedó inmóvil.
—Muchísimo.
Me quité del bolso la vieja caja donde todavía guardaba el anillo de compromiso.
La puse delante de él.
—Ese fue precisamente mi error.
No lo tocó.
—Elena…
—Llévatelo.
—Podemos hablar.
—Hablamos durante cinco años. Tú simplemente nunca escuchaste.
Entonces su teléfono sonó.
Chloe.
Adrian rechazó la llamada.
Volvió a sonar.
Esta vez apareció un mensaje en la pantalla:
“¿Dónde estás? Dijiste que hoy me acompañarías al hospital.”
Miré el teléfono.
Después a él.
—Ve.
—Elena, ella realmente tiene un problema médico.
—Nunca dije lo contrario.
Empujé suavemente la caja del anillo hacia él.
—Solo dejé de aceptar que sus necesidades significaran que las mías no existían.
Tres días después celebramos la ceremonia.
Pequeña.
Sin prensa.
Sin espectáculo.
Cuando estaba a punto de comenzar, mi asistente se acercó con el teléfono.
—Adrian Whitmore está abajo.
Lucas me miró.
—Tú decides.
Eso también era nuevo.
No una orden.
Una decisión.
Negué.
—No quiero verlo.
Adrian permaneció casi una hora esperando.
Después se marchó.
Más tarde supe que Chloe había aparecido también.
Habían discutido frente al edificio.
Ella le gritaba que la había abandonado precisamente cuando más lo necesitaba.
La ironía era casi perfecta.
Pero ya no era asunto mío.
Aquella tarde Lucas me encontró sola unos minutos antes de la ceremonia.
—Todavía puedes cambiar de opinión —dijo.
Lo miré sorprendida.
—¿Después de todo esto?
—Especialmente después de todo esto.
Extendió la mano, pero no me tocó.
Esperó.
—No quiero que vuelvas a casarte porque tengas miedo de quedarte sola.
Sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas.
Durante cinco años había perseguido a un hombre que me hacía competir por un lugar en su vida.
Y ahora tenía delante a uno que, incluso el día de nuestra boda, estaba dispuesto a dejarme marchar si eso era lo que yo necesitaba.
Tomé su mano.
—No tengo miedo de estar sola.
Sonreí.
—Por eso sé que quiero quedarme.
Y así entendí que aquel caramelo de fresa nunca destruyó cinco años de amor.
Solo reveló una verdad que yo llevaba cinco años evitando.

Adrian no me perdió por un caramelo.
Me perdió porque cuando tuvo que elegir entre humillarme o cuidarme…
estaba tan seguro de que yo siempre volvería que eligió humillarme.
Y cuando finalmente regresó por mí, tres días después, descubrió algo que jamás había considerado posible:
esta vez, yo ya había elegido a alguien que también sabía elegirme.