PARTE 2 — TRABAJÉ DOS MESES PARA MI EXESPOSO SIN DECIRLE QUE EL BEBÉ ERA SUYO

Dos meses.

Eso era todo lo que necesitaba.

Dos meses de salario.

Después desaparecería de Blackwood Group.

Y Ethan no tendría por qué saber que iba a convertirse en padre.

Me levanté de la banca.

—Tengo que irme.

Ethan frunció el ceño.

—¿No vas a presentarme a quien vino contigo?

—No.

La mujer a su lado pareció incómoda.

—Ethan, quizá deberíamos—

—Un momento, Olivia.

Olivia.

Así que tenía nombre.

Perfecto.

Apreté el bolso contra mi cuerpo.

Dentro estaba la ecografía.

Ethan bajó la mirada hacia mi mano.

—¿Qué tienes ahí?

—Nada que tenga que explicarte.

Pasé junto a él.

No me detuvo.

El lunes volví a trabajar.

Durante las siguientes semanas escondí las náuseas detrás de reuniones.

Guardé galletas saladas en el escritorio.

Cambié el café por agua.

Y aprendí exactamente a qué hora Ethan abandonaba su oficina para poder correr al baño sin encontrarlo.

Funcionó.

Hasta que dejó de funcionar.

Una mañana estaba presentando un informe cuando el olor del café me revolvió el estómago.

Me quedé en silencio.

Ethan me observó.

—¿Isabella?

—Continúo.

—Estás blanca.

—Dormí poco.

Cerró mi informe.

—La reunión terminó.

Todos salieron.

Yo recogí mis documentos.

—Tú no.

Me detuve.

—¿Qué quieres?

Ethan abrió un cajón.

Sacó unas galletas saladas.

Las puso frente a mí.

Sentí que el corazón se me detenía.

—Come.

—No tengo hambre.

—Llevas semanas con náuseas.

—¿Y?

—Y nunca desayunas.

—Ya no eres mi marido.

Sus ojos se endurecieron.

—Pero sigo siendo tu jefe.

—¿Ahora Blackwood Group obliga a desayunar?

—Solo a las empleadas que parecen a punto de desmayarse sobre contratos de veinte millones.

Tomé las galletas.

—Gracias, señor Blackwood.

Su mandíbula se tensó.

Odiaba cuando lo llamaba así.

Yo disfrutaba un poco hacerlo.

Aquella tarde recibí una llamada de la clínica.

Los análisis genéticos estaban bien.

El bebé estaba sano.

Entré al baño.

Me senté.

Y lloré.

No de tristeza.

Por primera vez, de alegría.

Apoyé ambas manos sobre mi vientre.

—Estamos bien.

No sabía que Ethan estaba afuera.

Cuando salí, lo encontré junto a la puerta.

—¿Por qué llorabas?

—Asunto personal.

Intenté pasar.

—Isabella.

—Ethan.

—¿Estás enferma?

Lo miré.

Por un instante quise decírselo.

Después recordé el hospital.

Olivia.

Nuestro divorcio.

—No.

Seguí caminando.

Aquella noche Ethan hizo algo extraño.

Me envió un correo.

No como exmarido.

Como jefe.

“Has acumulado demasiadas horas extra. A partir de mañana, no trabajarás después de las seis.”

Respondí:

“Mi rendimiento no se ha reducido.”

Su respuesta llegó inmediatamente:

“No dije que se hubiera reducido.”

Eso me molestó todavía más.

Porque cuidar de mí después del divorcio era fácil.

Llegaba tarde.

Muy tarde.

Durante nuestro matrimonio yo había necesitado ese Ethan.

Dos semanas después llegó el momento que llevaba temiendo.

La empresa organizó el examen médico anual.

Intenté evitarlo.

Recursos Humanos insistió.

La enfermera revisó mi formulario.

—¿Embarazada?

—Sí.

—¿Semanas?

—Dieciséis.

Una voz sonó detrás de mí.

—¿Dieciséis qué?

Cerré los ojos.

Ethan.

La enfermera miró de uno a otro.

—Señor Blackwood, esta información es confidencial.

—Por supuesto.

Él se apartó.

Pero ya era demasiado tarde.

Aquella tarde me llamó a su oficina.

—Cierra la puerta.

Lo hice.

Ethan estaba junto a la ventana.

—Estás embarazada.

No respondí.

—¿Es verdad?

—Mi información médica no te corresponde.

Se volvió.

—¿Cuánto tiempo?

—Ethan.

—¿Cuánto?

—Cuatro meses.

El color desapareció de su rostro.

Hizo cuentas.

Vi exactamente el instante en que llegó a aquella noche.

—¿Es mío?

Silencio.

—Isabella.

—Sí.

Se apoyó en el escritorio.

—¿Cuándo pensabas decírmelo?

—No pensaba hacerlo.

Eso lo golpeó.

—¿Ibas a tener a mi hijo y desaparecer?

—Nuestro divorcio decía vidas separadas.

—¡No decía hijos secretos!

—Cuando firmaste tampoco sabíamos que existía.

—¡Ahora sí!

Su voz resonó.

Yo retrocedí instintivamente.

Ethan lo vio.

Se calló inmediatamente.

—Perdón.

Respiró.

—No voy a gritarte.

—No necesito tu permiso para tenerlo.

—Nunca dije eso.

—Tampoco necesito que volvamos.

Aquello lo dejó inmóvil.

—¿Crees que eso quiero?

—No sé qué quieres.

Lo miré.

—Ese fue nuestro problema durante tres años.

Ethan se sentó.

Después de un largo silencio preguntó:

—¿Está sano?

La pregunta me sorprendió.

—Sí.

Sus ojos se humedecieron.

—¿Niño o niña?

—Todavía no lo sé.

Asintió lentamente.

—¿Cuándo es la próxima consulta?

—Viernes.

—Quiero ir.

—No.

Pareció dolerle.

—Soy el padre.

—Biológicamente.

—Isabella.

—No puedes aparecer después del divorcio y decidir que ahora somos una familia.

—No estoy pidiendo eso.

Se levantó.

—Estoy pidiendo la oportunidad de ser padre.

Lo miré durante mucho tiempo.

—Lo pensaré.

El viernes apareció en la clínica.

Yo no lo había invitado.

Me enfurecí.

—¿Qué haces aquí?

—Esperar afuera.

Señaló una silla.

—Si dices que no, no entro.

Aquello me desarmó.

El antiguo Ethan habría asumido.

Este estaba preguntando.

Finalmente dije:

—Puedes entrar.

Durante la ecografía, no habló.

Hasta que escuchó el corazón.

Entonces dejó de respirar.

La doctora sonrió.

—Todo parece perfecto.

Ethan miraba la pantalla.

—¿Ese es…?

—Su bebé.

Se limpió rápidamente una lágrima.

Yo fingí no verlo.

—¿Quieren saber el sexo?

—Sí —dije.

La doctora sonrió.

—Una niña.

Ethan soltó una pequeña risa.

—Una niña.

Cuando salimos, permaneció varios segundos junto al ascensor.

—Gracias.

—¿Por qué?

—Por dejarme escucharla.

Aquella noche encontré una transferencia bancaria.

La devolví.

Ethan llamó.

—¿Por qué?

—No quiero tu dinero.

—No es para ti.

—Entonces todavía menos.

—Es mi hija.

—Y yo puedo mantenerla.

Silencio.

—Lo sé.

Su respuesta me sorprendió.

—Nunca pensé que no pudieras.

—Entonces ¿por qué enviaste tanto?

—Porque quiero asumir la mitad.

Respiró.

—No controlar la mitad.

—Asumirla.

Acepté únicamente una cuenta compartida destinada al bebé.

Con reglas.

Ambos veíamos cada movimiento.

Nadie podía retirar dinero unilateralmente.

Ethan aceptó todo.

Las semanas siguientes fueron extrañas.

No volvimos.

Pero empezó a acompañarme a algunas consultas.

Nunca entraba sin preguntar.

Nunca tocaba mi vientre sin permiso.

Y nunca mencionó a Olivia.

Hasta que una tarde pregunté:

—¿Cómo está tu novia?

Casi escupió el agua.

—¿Mi qué?

—Olivia.

Me miró como si estuviera loca.

—Es mi hermana.

Parpadeé.

—No tienes hermana.

—Media hermana.

Sacó el teléfono.

Me mostró una fotografía antigua.

Ethan, adolescente.

Olivia, una niña.

—Mi padre tuvo otra hija.

—La conocí después del divorcio.

Sentí calor en las mejillas.

—Ah.

Ethan levantó una ceja.

—¿Pensabas que estaba saliendo con ella?

—No me importa.

—Claro.

—No sonrías.

—No estoy sonriendo.

Estaba sonriendo.

Lo odié.

Pero aquella noche pensé en otra cosa.

Yo había visto a Ethan con una mujer y había supuesto lo peor.

Él había visto mi distancia durante nuestro matrimonio y también había supuesto lo peor.

¿Cuántas cosas habíamos decidido sin preguntar?

La respuesta llegó semanas después.

Estaba limpiando archivos antiguos antes de renunciar cuando encontré una carpeta de Recursos Humanos.

Mi nombre.

Dentro había una solicitud de promoción.

Presentada dieciocho meses atrás.

Recomendación del director ejecutivo:

“Isabella Reed debe ser evaluada exclusivamente por sus resultados. Mi relación personal con ella no debe influir positiva ni negativamente.”

Firmado:

Ethan Blackwood.

Debajo había otra hoja.

Mi ascenso había sido aprobado.

Pero nunca me lo comunicaron.

En cambio, mi antiguo director había escrito:

“Retener temporalmente. Posible conflicto por vínculo con dirección.”

Me quedé inmóvil.

Durante nuestro matrimonio pensé que Ethan nunca había defendido mi carrera.

La verdad era que lo había hecho en secreto para que nadie pudiera acusarme de favoritismo.

Eso no arreglaba nuestro matrimonio.

Pero cambiaba una pieza.

Aquella noche fui a su oficina.

—¿Por qué nunca me dijiste esto?

Le mostré el documento.

Ethan lo reconoció.

—Porque si te decía que intervine, habrías pensado que el ascenso era mío.

—¿Por qué no peleaste cuando lo bloquearon?

Su rostro cambió.

—Lo hice.

Abrió un cajón.

Sacó una carpeta.

Había correos.

Reuniones.

Reclamos.

Meses de insistencia.

—Entonces ¿por qué nunca supe nada?

—Porque tú me pediste que nuestra relación no entrara en la oficina.

Nos miramos.

Por primera vez entendí que algunas de las cosas que yo había interpretado como indiferencia habían sido silencio.

Pero Ethan también comprendió algo.

—Debí decírtelo.

—Sí.

—Creí que respetar tus límites significaba callarme.

—Y yo creí que tu silencio significaba que no te importaba.

Nos quedamos quietos.

Entonces Ethan dijo:

—Quizá nuestro matrimonio no terminó porque no nos amáramos.

Sentí miedo.

—No empieces.

—No estoy pidiendo volver.

Bajó la mirada.

—Solo digo que quizá fuimos dos idiotas.

No pude evitarlo.

Me reí.

—Eso sí podría ser cierto.

Pero entonces su expresión cambió.

Miró el documento que yo sostenía.

—Espera.

—¿Qué?

Tomó la carpeta.

Revisó una página.

Después otra.

—Isabella, ¿quién te dijo que este ascenso había sido rechazado?

—Martin Cole.

—¿Y quién te dijo que yo había ordenado congelarlo?

—También Martin.

Ethan se quedó inmóvil.

—Yo nunca ordené eso.

—¿Qué?

Abrió su computadora.

Buscó registros.

Su rostro se endureció.

—Alguien modificó mi autorización después de que la firmé.

—¿Quién?

No respondió.

Siguió revisando.

Finalmente giró la pantalla.

Había un usuario.

M. COLE.

Mi antiguo director.

Pero debajo apareció algo todavía peor.

Durante tres años, Martin había reenviado correos entre Ethan y yo.

Había eliminado algunos.

Retrasado otros.

Incluso el mensaje que envié la noche de mi fiebre había pasado primero por el servidor administrativo.

Miré a Ethan.

—¿Estás diciendo que…?

—No lo sé todavía.

Su rostro estaba pálido.

—Pero alguien estuvo decidiendo durante años qué mensajes llegaban entre nosotros.

Sentí frío.

Porque si aquello era verdad, quizá nuestro matrimonio no había muerto únicamente por orgullo.

Quizá alguien había estado alimentando cada malentendido.

Y cuando Ethan abrió el registro correspondiente a la semana anterior a nuestro divorcio, encontramos un correo eliminado.

Lo había escrito él.

Para mí.

Asunto:

“NO QUIERO DIVORCIARME.”

Nunca lo recibí.

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