PARTE 2 — EL HOMBRE QUE NUNCA DEJÓ DE BUSCARME

Retrocedí instintivamente.

El extremo de mi bastón chocó contra la pared del pasillo.

—No tienes derecho a venir aquí.

Ethan no respondió de inmediato.

Escuché cómo dejaba una caja en el suelo.

Luego otra.

Parecía estar mudándose de verdad.

No era una visita.

—Compré el apartamento hace dos días.

Sentí un vacío en el estómago.

—¿Por qué?

—Porque durante cinco años te busqué en cuatro países.

Su voz seguía siendo tranquila.

Pero debajo de aquella calma había algo roto.

—Y cuando por fin te encontré… descubrí que fingías no conocerme.

Giré la cabeza hacia la puerta de mi apartamento.

—Eso no cambia nada.

Metí la llave en la cerradura.

Las manos me temblaban tanto que fallé dos veces.

Antes de conseguir abrir, Ethan habló otra vez.

—¿Quién te hizo eso?

Mi respiración se detuvo.

—¿De qué hablas?

—Las cicatrices.

Guardé silencio.

—No nacieron solas.

Entré en el apartamento y cerré la puerta.

Solo entonces apoyé la espalda contra la madera.

Durante varios minutos permanecí inmóvil.

Al otro lado del pasillo también había silencio.

Él no insistió.

No golpeó.

No intentó entrar.

Simplemente permaneció allí.

Como si supiera que cualquier presión haría que volviera a huir.

Aquella noche casi no dormí.

A las siete de la mañana escuché movimiento frente a mi puerta.

Después llegó un aroma conocido.

Pan recién horneado.

Café.

Y sopa caliente.

Abrí apenas unos centímetros.

Había una pequeña mesa plegable.

Sobre ella descansaban un termo, un desayuno cuidadosamente empaquetado y una nota.

“Los médicos siempre decían que olvidabas desayunar.”

“Sigue siendo cierto.”

No llevaba firma.

No hacía falta.

Empujé todo hacia el interior con el pie.

No lo tiré.

Tampoco lo comí.

Solo lo dejé sobre la encimera durante horas.

A las diez sonó el timbre.

Era Claire.

—¿Ya lo sabes?

—¿Qué cosa?

—Todo el mundo habla de Ethan Walker.

Fruncí el ceño.

—¿Qué hizo ahora?

—Canceló todas las entrevistas.

—¿Qué?

—Las empresas que querían contratarte pertenecían a un mismo grupo de inversión.

—Él las retiró esta mañana.

Sentí un pinchazo de rabia.

—¿Está jugando conmigo?

Claire vaciló.

—No exactamente.

—¿Entonces?

Guardó silencio unos segundos.

—Creó un puesto nuevo.

—Solo para ti.

Me reí con amargura.

—No necesito su caridad.

—Olivia…

—No.

Claire suspiró.

—Entonces escucha esto.

Sacó el teléfono.

—Anoche investigué un poco.

—Durante los cinco años que desapareciste, Ethan financió la Fundación Luz.

Mi cuerpo se tensó.

Conocía perfectamente ese nombre.

Era la organización que había pagado parte de mis operaciones.

La misma que me había concedido un perro guía durante la rehabilitación.

Nunca supe quién hacía las donaciones.

Claire continuó leyendo.

—El mayor benefactor aparece como anónimo.

—Pero ayer modificaron el registro.

Tragó saliva.

—Ahora figura Ethan Walker.

Sentí que el suelo desaparecía.

—No…

—Hay más.

Claire abrió otra noticia.

—También creó un programa para personas que perdieron la vista.

—Más de doscientas becas.

—Centros de rehabilitación.

—Tecnología asistida.

Mi garganta comenzó a cerrarse.

—¿Cuándo?

—Hace cuatro años.

Cuatro años.

Justo después del accidente.

Justo después de que yo desapareciera.

Las lágrimas empezaron a caer sin permiso.

Toda mi vida había creído que aquellas ayudas provenían de un fondo internacional.

Nunca imaginé que el hombre del que huía había estado sosteniéndome desde las sombras.

Sin reclamar nada.

Sin buscar reconocimiento.

Sin saber siquiera dónde estaba.

En ese momento alguien llamó suavemente a la puerta.

Claire miró por la mirilla.

—Es él.

No respondí.

Ella abrió.

Ethan permanecía en el pasillo con una carpeta en las manos.

—No vengo por trabajo.

La dejó sobre la pequeña mesa.

—Tampoco para pedir explicaciones.

Retrocedió dos pasos.

—Solo quiero devolverte algo.

Esperé hasta que escuché la puerta del ascensor cerrarse.

Entonces abrí la carpeta.

Dentro había una fotografía.

Nosotros dos.

Cinco años atrás.

Sonriendo frente al mar.

Detrás había una sola frase escrita con su letra.

“Nunca dejé de buscarte.”

Debajo había otro documento.

Era un informe médico.

Fecha:

Cinco años antes.

Hospital Saint Andrew.

Diagnóstico:

Traumatismo craneoencefálico severo por explosión. Lesión irreversible del nervio óptico.

Y en la última página aparecía un nombre que hizo que la sangre se congelara en mis venas.

Persona responsable del accidente: Victor Bennett.

Mi propio padre.

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