PARTE 2: EL HOMBRE QUE NO PODÍA DEJARME IR

Sienna retiró la mano y miró las carpetas sobre mi escritorio.

—¿Todo eso es para Adrian?

—Es mi entrega de funciones.

Su sonrisa desapareció.

—¿Entrega?

Adrian habló antes que yo.

—Claire renunció.

Sienna lo miró sorprendida.

—¿Por qué?

—Va a casarse.

La respuesta salió demasiado rápido.

Levanté la vista.

Adrian seguía observándome.

Sienna sonrió otra vez.

—Entonces felicidades. ¿Cuándo conoceremos al afortunado?

Sentí un nudo en el estómago.

Mi prometido no existía.

—Todavía no hemos decidido la fecha.

Adrian dejó de golpear su reloj.

—Noah.

—¿Sí, señor?

—Lleva a la señorita Hart a la sala de reuniones.

Sienna frunció ligeramente el ceño.

—Pensé que tomaríamos café juntos.

—Después.

Cuando desapareció tras las puertas, Adrian se acercó a mi escritorio.

—¿Quién es?

—¿Quién?

—Tu prometido.

—Es un asunto personal.

Su mandíbula se tensó.

—Durante seis años conozco prácticamente todos tus horarios. Nunca mencionaste a ningún hombre.

Mi corazón golpeó con fuerza.

—Precisamente por eso renuncié.

Lo miré directamente.

—Quiero tener una vida que usted no necesite conocer.

Por primera vez, Adrian no tuvo respuesta.

Seguí ordenando documentos.

—El viernes terminaré la entrega.

—No.

Mis manos se detuvieron.

—¿Perdón?

—Necesitarás un mes.

—Noah puede hacerse cargo.

—No puede.

—Entonces contrate a alguien más.

Adrian bajó la voz.

—Claire, no eres tan fácil de reemplazar.

Sonreí.

Aquella frase habría sido suficiente para hacerme feliz un año atrás.

Ahora solo me cansaba.

—Pero sigo siendo reemplazable.

Tomé otra carpeta.

—Todos lo somos, señor Cole.


Los siguientes tres días fueron extraños.

Adrian comenzó a llamarme por asuntos que podía resolver cualquier asistente.

Preguntaba dónde estaba un contrato cuya ubicación figuraba claramente en el sistema.

Me pedía acompañarlo a reuniones innecesarias.

Devolvía documentos por detalles insignificantes.

Parecía buscar cualquier excusa para impedir que terminara mi entrega.

Hasta que el viernes ocurrió algo inesperado.

Julian Blake apareció en mi escritorio.

—Vengo a cumplir mi promesa.

—¿Qué promesa?

Dejó una tarjeta frente a mí.

—Directora de operaciones de mi nueva división internacional.

Parpadeé.

—Señor Blake…

—Te ofrecí el doble.

Sonrió.

—No estaba bromeando.

Antes de que pudiera responder, una voz fría llegó detrás de nosotros.

—Claire no está buscando trabajo.

Julian levantó una ceja.

Adrian estaba allí.

—Qué interesante —respondió Julian—. Pensé que había renunciado.

—Todavía trabaja para Cole Group.

—Hasta las seis de esta tarde.

Julian miró su reloj.

—Entonces volveré a las seis y cinco.

Tomé la tarjeta.

—Gracias. Lo consideraré.

Adrian miró mi mano.

Después miró a Julian.

—Tengo que hablar contigo, Claire.

Entramos en su oficina.

Apenas cerró la puerta pregunté:

—¿Qué necesita?

—¿Vas a trabajar para Blake?

—Tal vez.

—No.

Lo miré incrédula.

—¿No?

—No quiero que trabajes para él.

Algo dentro de mí finalmente se rompió.

—Usted no decide eso.

Adrian permaneció inmóvil.

—Durante seis años decidí dónde estar, cuándo viajar, qué reuniones atender y qué llamadas responder porque era mi jefe.

Di un paso hacia él.

—Pero en unas horas dejará de serlo.

Su expresión cambió.

—Claire…

—Y dentro de poco tendrá una prometida.

Se hizo un silencio brutal.

Entonces preguntó:

—¿Por eso te vas?

No respondí.

—Mírame.

Lo hice.

Y por primera vez en cuatro años decidí no protegerme detrás de una mentira completa.

—Me voy porque quedarme ya no me hace bien.

Adrian pareció comprender algo.

Su rostro perdió aquella frialdad habitual.

—Tu prometido…

—No existe.

Silencio.

—Mentí.

Su respiración cambió.

—¿Por qué?

Sonreí tristemente.

—Porque decir que quería casarme era más digno que admitir que necesitaba alejarme del hombre que llevaba cuatro años intentando dejar de amar.

Adrian se quedó completamente quieto.

Yo abrí la puerta.

—Ahora ya sabe la verdad.

Y salí.


A las seis entregué mi tarjeta corporativa.

Apagué el teléfono de trabajo.

Tomé mi planta.

Y abandoné Cole Group.

Pensé que aquello sería el final.

Me equivoqué.

A la mañana siguiente, mi teléfono personal comenzó a llenarse de mensajes.

Ethan Reed:

“¿Qué demonios pasó?”

Julian:

“Creo que tu antiguo jefe acaba de provocar una guerra.”

Finalmente apareció una alerta financiera.

COLE GROUP Y HART CAPITAL SUSPENDEN NEGOCIACIONES MATRIMONIALES Y EMPRESARIALES.

Me quedé mirando la pantalla.

Entonces llamaron a mi puerta.

Abrí.

Adrian estaba allí.

Sin asistente.

Sin conductor.

Sin aquella máscara de director ejecutivo que llevaba incluso para desayunar.

—Cancelé el compromiso.

Sentí que el corazón se detenía.

—¿Por qué?

—Porque nunca quise casarme con Sienna.

—Entonces no debió aceptar.

—Lo sé.

—¿Y qué espera de mí?

Adrian tardó en responder.

—Nada.

Aquello me sorprendió.

—No vine a pedirte que regreses a trabajar. Tampoco a decirte que cuatro años de sentimientos me obligan a corresponderte.

Me sostuvo la mirada.

—Vine porque cuando dijiste que te ibas para poder dejar de amarme entendí algo que llevaba demasiado tiempo llamando comodidad.

Su voz bajó.

—No soportaba perderte.

Respiré lentamente.

—Eso tampoco significa amor.

—Lo sé.

Por primera vez, Adrian Cole parecía no tener preparada la siguiente respuesta.

—Por eso quiero descubrirlo correctamente.

Negué con la cabeza.

—Yo no voy a esperarlo.

—No te lo estoy pidiendo.

—Y no volveré a ser su secretaria.

—Nunca más.

Miré al hombre por quien había desperdiciado cuatro años esperando una señal.

Ahora finalmente estaba frente a mi puerta.

Pero esta vez las condiciones habían cambiado.

—Tengo una entrevista con Julian el lunes.

Adrian cerró los ojos un instante.

Claramente odiaba aquella información.

Aun así respondió:

—Entonces espero que consigas el puesto.

Sonreí.

—Eso ha debido doler.

—Muchísimo.

Cerré la puerta.

No volvimos juntos aquel día.

No habría sido justo.

Yo necesitaba aprender quién era fuera de su agenda.

Y Adrian necesitaba descubrir si me amaba a mí o simplemente extrañaba a la mujer que hacía funcionar su vida.

Pero una cosa quedó clara para todos.

Cuando Claire Evans renunció, Adrian Cole no perdió solamente a su secretaria más útil.

Perdió a la mujer cuya ausencia finalmente le hizo comprender qué persona había sido verdaderamente indispensable.

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