A la mañana siguiente, Adrian canceló tres reuniones internacionales.
Su asistente casi dejó caer la agenda.
—Señor Blackwood… el consejo ya está reunido.
—Que esperen.
Era la primera vez en diez años que pronunciaba esas palabras.
Cuando regresó al dormitorio, Claire seguía dormida.
La fiebre había bajado.
El médico privado acababa de salir después de confirmar que solo era una fuerte gastritis provocada por meses de estrés, mala alimentación y analgésicos tomados con el estómago vacío.
Adrian frunció el ceño.
—¿Meses?
El médico asintió.
—Esto no apareció ayer.
—Lleva mucho tiempo soportando dolor.
Adrian miró a Claire.
Ella dormía abrazando una manta como si incluso descansando intentara ocupar el menor espacio posible.
Aquello empezó a resultarle insoportable.
Dos días después recibió una llamada de la señora Bennett.
—Adrian, este sábado celebramos el cumpleaños de mi esposo. Esperamos que ustedes dos asistan.
No era una invitación.
Era una orden disfrazada de cortesía.
Adrian aceptó.
Claire palideció cuando escuchó la noticia.
—Si estás ocupado… puedo ir sola.
Él levantó la vista del periódico.
—¿Por qué irías sola?
—No quiero hacerte perder el tiempo.
Adrian dejó lentamente la taza de café.
Otra vez.
Siempre la misma frase.
Como si ella creyera que acompañarla fuera una carga.
—Claire.
Ella levantó la cabeza con cautela.
—Eres mi esposa.
—Donde tú vayas, yo también.
Por un instante, los ojos de Claire brillaron con una sorpresa infantil.
Luego volvió a bajar la mirada.
—Gracias.
La mansión Bennett seguía igual que siempre.
Mármol blanco.
Candelabros enormes.
Sonrisas falsas.
La señora Bennett abrazó primero a Adrian.
A Claire apenas le dedicó una inclinación de cabeza.
—Llegaste.
Como si hablara con una invitada cualquiera.
Durante la cena nadie dirigía preguntas a Claire.
Hablaban de negocios.
De inversiones.
De la verdadera hija de los Bennett, Olivia, recién llegada de Europa.
Cada vez que Olivia hablaba, todos aplaudían.
Cuando Claire intentaba servir agua, alguien ocupaba inmediatamente su lugar en la conversación.
Adrian observó todo sin decir una palabra.
Hasta que apareció el postre.
La señora Bennett señaló a Claire.
—Ya que siempre fuiste buena en la cocina, ve a preparar café para todos.
El salón quedó en silencio.
Claire se levantó por costumbre.
No alcanzó a dar dos pasos.
Adrian sujetó suavemente su muñeca.
—Siéntate.
Ella lo miró confundida.
—Pero…
Él levantó la vista hacia la señora Bennett.
—Mi esposa no trabaja aquí.
La mujer sonrió con rigidez.
—Solo es una costumbre familiar.
—Entonces cambien de costumbres.
Nadie respiró.
El señor Bennett intentó reír.
—Adrian, no hace falta exagerar.
Adrian tomó la taza vacía frente a Claire.
La dejó sobre la mesa con un sonido seco.
—¿Durante cuántos años hicieron creer a mi esposa que debía ganarse el derecho a sentarse con ustedes?
Las sonrisas desaparecieron.
Claire sintió un nudo en la garganta.
Nunca.
Nunca nadie había hecho esa pregunta.
Olivia intervino con voz dulce.
—Hermano Adrian, Claire siempre fue muy sensible. Mis padres solo intentaban enseñarle responsabilidad.
Adrian la miró por primera vez desde que había llegado.
—¿Responsabilidad?
Su voz era peligrosamente tranquila.
—¿También era responsabilidad hacerla creer que pedir ayuda era una molestia?
Nadie respondió.
Claire sintió que el corazón le latía con fuerza.
Porque comprendió algo aterrador.
Adrian ya no estaba simplemente defendiendo a su esposa.

Estaba empezando a investigar su pasado.
Y una vez que Adrian Blackwood comenzaba a buscar la verdad…
Nunca se detenía hasta destruir a quien se la había ocultado.