PARTE 2: EL HOMBRE QUE HIZO ARRODILLARSE A TRESCIENTOS

Los tres golpes volvieron a sonar.

Lentos.

Precisos.

Toda la casa quedó en silencio.

Doña Rosa abrazó el rosario con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Lucía retrocedió hasta la cocina, temblando.

Daniela seguía inmóvil junto a la ventana.

Nunca había visto algo semejante.

La calle completa estaba ocupada por camionetas negras. Los motores permanecían apagados, pero los faros iluminaban la fachada como si fuera de día.

Hombres vestidos de negro formaban dos filas perfectas desde la banqueta hasta la esquina.

Ninguno hablaba.

Ninguno levantaba la vista.

Esperaban una sola orden.

Detrás de ella, Kaiser hizo un esfuerzo para incorporarse.

La herida volvió a sangrar.

—Quédate acostado —ordenó Daniela.

Él negó lentamente.

—Ya vienen por mí.

—¿Son tuyos?

—Sí.

—Entonces diles que se vayan.

Kaiser la miró durante unos segundos.

—No puedo.

—¿Por qué?

—Porque creen que estoy muerto.


Del otro lado de la puerta volvió a escucharse la misma voz.

—Señorita Daniela Salazar.

Esta vez hablaba con absoluto respeto.

—Mi nombre es Arturo Beltrán. Soy jefe de seguridad del señor Kaiser.

Daniela no respondió.

Arturo continuó.

—Solo queremos comprobar que sigue con vida.

Kaiser cerró los ojos un instante.

—No abras todavía.

Daniela lo miró confundida.

—¿Qué está pasando?

Él respiró con dificultad.

—Si saben que sobreviví… primero necesito saber quién intentó matarme.

Ella comprendió.

Si entre aquellos trescientos hombres había un traidor…

Abrir la puerta podía significar entregar al hombre equivocado.


Afuera, Arturo dio un paso hacia adelante.

Entonces ocurrió algo que dejó heladas a las tres mujeres.

El hombre más cercano a la puerta cayó de rodillas.

Después otro.

Y otro.

Como una ola perfectamente sincronizada.

En cuestión de segundos, los cientos de hombres que ocupaban la calle estaban arrodillados, con la cabeza inclinada hacia la pequeña casa.

Lucía abrió mucho los ojos.

—Mamá…

¿Estamos soñando?

Doña Rosa apenas pudo responder.

—Nunca había visto tanto respeto… ni tanto miedo.


Kaiser soltó una leve risa que terminó en una mueca de dolor.

—Siguen las reglas.

Daniela frunció el ceño.

—¿Qué reglas?

—Nadie puede mirarme de frente hasta saber que sigo vivo.

Ella lo observó unos segundos.

Por primera vez dejó de verlo como el hombre del que hablaban los periódicos.

En aquel sofá había un paciente.

Pálido.

Con fiebre.

Y peligrosamente cerca de abrirse la sutura.

—Pues mis reglas son distintas.

Kaiser levantó una ceja.

—¿Ah, sí?

—Sí.

Mientras estés en esta casa eres mi paciente.

Y si vuelves a levantarte, te vuelvo a coser sin anestesia.

Por primera vez desde que había llegado…

El hombre más temido de Monterrey sonrió de verdad.

—Nadie me habla así.

—Pues acostúmbrese.

Porque aquí no manda usted.

Mandan mis gasas.


Un leve murmullo recorrió el exterior.

Arturo volvió a hablar.

—Jefe…

Necesitamos verlo.

Kaiser guardó silencio unos instantes.

Luego señaló una pequeña cadena que llevaba bajo la camisa.

La misma que Daniela había visto en el callejón.

La letra K estaba grabada sobre una placa de oro muy gastada.

—Abre solo la ventana.

No la puerta.


Daniela respiró hondo.

Corrió apenas unos centímetros la ventana.

Arturo levantó inmediatamente la cabeza.

Cuando vio la cadena colgando del cuello de Kaiser, llevó la mano al pecho.

—Gracias a Dios…

Los otros hombres hicieron exactamente lo mismo.

Nadie habló.

Nadie celebró.

Solo permanecieron inmóviles.

Como si acabaran de recuperar algo que daban por perdido.


Arturo habló sin levantar demasiado la voz.

—Jefe…

Encontramos a siete de los nuestros muertos.

Tres bodegas fueron incendiadas.

Y alguien filtró su ruta.

Kaiser no mostró ninguna emoción.

—¿Mi hermano?

Arturo dudó apenas un segundo.

—Desapareció.

El ambiente dentro de la casa cambió de inmediato.

Daniela notó cómo el rostro de Kaiser se endurecía.

Ya no era el hombre herido que había salvado.

Era alguien acostumbrado a tomar decisiones difíciles.

—Cierren todas las entradas de la ciudad.

—Ya está hecho.

—¿Y la familia de ella?

Arturo miró hacia Daniela.

—Nadie sabe que está aquí.

Todavía.

Esa última palabra cayó como una piedra.


Daniela sintió un escalofrío.

—¿Todavía?

Arturo bajó la mirada.

—Señorita…

Quien intentó matar al jefe también buscará a quien le salvó la vida.

La sala quedó completamente en silencio.

Doña Rosa abrazó a sus hijas.

Lucía comenzó a llorar.

Daniela, en cambio, permaneció inmóvil.

No porque no tuviera miedo.

Sino porque acababa de comprender algo.

No había llevado a un desconocido a su casa.

Había cambiado el rumbo de una guerra que ni siquiera sabía que existía.

Y, justo cuando pensaba que aquello no podía complicarse más, el teléfono de Arturo comenzó a sonar.

Contestó.

Escuchó apenas diez segundos.

Su rostro perdió el color.

Levantó lentamente la vista hacia Kaiser.

—Jefe…

Encontraron otra cosa.

—Habla.

Arturo tragó saliva.

—La enfermera Daniela no fue elegida por casualidad.

Alguien la estuvo vigilando desde hace… seis meses.

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