El silencio se hizo tan pesado que incluso el llanto de Sofía pareció detener el tiempo.
La enfermera seguía mirando la pantalla de la computadora.
Volvió a leer el contacto de emergencia.
Después el apellido.
Y finalmente levantó la vista hacia Mariana.
—¿Está segura de que desea que llame al licenciado Alejandro Salvatierra?
Mariana asintió despacio.
—Sí.
Diego soltó una carcajada.
—¿Ahora vas a inventarte un padre millonario?
Nadie respondió.
La enfermera ya estaba marcando.
Esperó apenas unos segundos.
Su postura cambió por completo.
—Buenas tardes… habla el Hospital Santa Regina.
Escuchó en silencio.
—Sí, señor.
Otro silencio.
—La paciente Mariana Robles Salvatierra solicita su presencia inmediata.
La enfermera tragó saliva.
—Entiendo.
Colgó lentamente.
Camila cruzó los brazos.
—¿Y bien?
La enfermera respiró hondo.
—Dijo que llegará en menos de veinte minutos.
Diego sonrió con desprecio.
—Perfecto. Así habrá otro testigo cuando todo esto termine.
Pero la enfermera ya no lo miraba igual.
Había reconocido el nombre.
En la Ciudad de México era difícil no hacerlo.
El despacho Salvatierra representaba a algunas de las familias empresariales más importantes del país y llevaba décadas especializado en derecho corporativo y penal.
Doña Teresa comenzó a inquietarse.
—¿Quién es exactamente ese hombre?
Mariana apoyó la cabeza contra la almohada.
El esfuerzo empezaba a pasarle factura.
—Mi padre.
—Nunca hablaste de él.
—Nunca preguntaron.
Diego resopló.
—Porque nunca estuvo presente.
Mariana lo miró fijamente.
—No estuvo en mi boda porque tú dijiste que querías una ceremonia íntima y luego cambiaste la fecha sin avisarle.
Diego frunció el ceño.
Aquello era verdad.
Lo había hecho porque le molestaba que Mariana insistiera en invitar a un padre al que apenas veía.
Siempre creyó que era un hombre cualquiera.
Un empleado.
Un jubilado.
Jamás investigó.
Nunca le interesó.
En ese momento entraron dos elementos de seguridad del hospital.
La enfermera había logrado activar la alerta silenciosa.
—¿Hay algún problema?
Mariana señaló a Diego.
—Ese hombre tomó a mi hija sin mi consentimiento.
Diego respondió antes que nadie.
—Soy el padre.
Uno de los guardias habló con calma.
—Señor, mientras exista una disputa y la madre permanezca hospitalizada, la recién nacida debe permanecer bajo los protocolos del hospital.
Diego negó con firmeza.
—No pienso entregarla.
El guardia dio un paso adelante.
—No convierta esto en algo peor.
Camila intervino.
—Tenemos un convenio de gestación subrogada.
Sacó la carpeta azul.
El guardia hojeó rápidamente las hojas.
No emitió ninguna opinión.
Simplemente respondió:
—Eso deberá revisarlo el área jurídica.
Por ahora, la menor permanece bajo protección del hospital.
Diego apretó con fuerza la mandíbula.
—No tienen derecho.
La puerta volvió a abrirse.
Esta vez entró la directora médica del hospital, acompañada por el jefe jurídico.
La enfermera les entregó discretamente la carpeta.
El abogado comenzó a revisar el supuesto convenio.
Pasó la primera hoja.
Luego la segunda.
Después se detuvo.
—¿Quién elaboró este documento?
Camila respondió enseguida.
—Nuestro notario.
El abogado siguió leyendo.
Su expresión cambió apenas.
—Curioso…
Diego sintió un pequeño sobresalto.
—¿Qué ocurre?
El abogado levantó lentamente una página.
—Aquí aparece una certificación notarial realizada en sábado.
Miró a Camila.
—Esa notaría no abre los sábados.
Nadie dijo una palabra.
Pasó otra hoja.
—Además…
Acercó el documento a la luz.
—El sello fiscal corresponde a un formato emitido varios meses después de la fecha indicada en el contrato.
Doña Teresa perdió lentamente la sonrisa.
Diego sintió que el corazón comenzaba a acelerarse.
—Eso debe ser un error administrativo.
El abogado cerró la carpeta.
—O una falsificación.
El silencio volvió a llenar la habitación.
Y justo entonces, desde el pasillo, comenzaron a escucharse pasos rápidos.
Muchos pasos.
La secretaria de dirección apareció primero.
Su voz sonó nerviosa.
—Doctora…
La directora levantó la vista.
—¿Qué sucede?
—Acaba de llegar el licenciado Alejandro Salvatierra.

Hizo una pausa.
—Y viene acompañado por tres abogados… un notario… y personal de la Fiscalía.
Por primera vez desde que había entrado en aquella habitación, el rostro de Diego perdió completamente el color.
Porque acababa de comprender que el hombre al que había despreciado sin conocer… no llegaba como un padre desesperado.
Llegaba como alguien que ya sabía exactamente contra quién iba a actuar.