PARTE 2: EL HOMBRE AL QUE NADIE SE ATREVÍA A DESAFIAR

—Porque mi trabajo consiste en saberlo todo.

La respuesta llegó tranquila, casi indiferente.

Kate sintió un escalofrío.

El desconocido continuó guiándola por el salón con una precisión impecable, como si hubiera nacido para dominar cualquier pista de baile. Cada paso era firme. Cada movimiento parecía calculado con una frialdad imposible.

—¿Eres detective? —preguntó ella, intentando sonreír para ocultar el temblor de su voz.

Él soltó una leve risa, tan breve que casi pareció imaginaria.

—No.

—¿Entonces trabajas para el gobierno?

—No.

Kate abrió la boca para insistir, pero él cambió de tema.

—¿Cuánto dinero te robó Tristan?

Ella dejó de moverse durante una fracción de segundo.

—¿Cómo…?

—No respondas con otra pregunta.

Kate bajó la vista.

—Ciento ochenta mil dólares.

Los ojos grises del hombre permanecieron impasibles.

—Todos mis ahorros. Vendí el apartamento que heredé de mi madre para invertir con él. Me prometió que duplicaría el dinero en seis meses.

Su garganta se cerró.

—Cuando todo desapareció… simplemente se marchó.

El hombre no mostró compasión.

Solo hizo una pregunta.

—¿Lo denunciaste?

—No tenía pruebas suficientes. Todo estaba firmado como inversión voluntaria.

Él asintió lentamente.

—Inteligente.

Kate frunció el ceño.

—¿Él?

—No. Tú. Sobreviviste.

Aquellas dos palabras la desconcertaron más que cualquier elogio.

Durante meses nadie había reconocido el esfuerzo que le costó reconstruir su vida.

Solo escuchaba que debía olvidarlo.

Que siguiera adelante.

Que había sido ingenua.

Sin embargo, aquel desconocido parecía mirar directamente las cicatrices que ocultaba.

Antes de que pudiera responder, una sombra apareció junto a ellos.

Un hombre enorme, con auricular transparente y traje oscuro, se acercó discretamente.

—Señor Sterling.

Kate apenas alcanzó a escuchar el apellido.

El guardaespaldas inclinó la cabeza.

—Tenemos un problema en el ala oeste.

El desconocido ni siquiera dejó de bailar.

—Cinco minutos.

—Sí, señor.

El hombre desapareció entre la multitud.

Kate parpadeó.

—¿Sterling?

Él no respondió.

En cambio, giró con elegancia cuando el cuarteto cambió el ritmo del vals.

—No vuelvas a preguntar mi apellido delante de otras personas.

Aquello no sonó como una amenaza.

Sonó como una regla.

Kate decidió obedecer.

Pero alrededor comenzaron a producirse pequeñas reacciones extrañas.

Un senador dejó de hablar al verlo pasar.

Dos empresarios apartaron inmediatamente la vista.

Incluso un juez federal inclinó ligeramente la cabeza cuando Arthur cruzó frente a él.

Nadie se acercaba demasiado.

Nadie.

Kate comenzó a comprender que aquel hombre no era simplemente rico.

Era alguien ante quien incluso los poderosos medían sus palabras.

Mientras tanto, al otro extremo del salón, Tristan observaba la escena con el rostro endurecido.

Khloé cruzó los brazos.

—¿Quién demonios es ese?

Tristan negó lentamente.

—No lo sé.

Uno de los invitados, un banquero de Wall Street, escuchó la pregunta y casi dejó caer su copa.

—¿No sabes quién es?

—No.

El banquero tragó saliva.

—Entonces eres más imprudente de lo que pensaba.

Tristan frunció el ceño.

—¿Qué significa eso?

El hombre miró alrededor antes de responder en voz baja.

—Ese es Arthur Sterling.

El color abandonó lentamente el rostro de Tristan.

—¿Sterling…?

—El fundador de Sterling Holdings.

Khloé sonrió con desinterés.

—¿La empresa inmobiliaria?

El banquero soltó una risa nerviosa.

—Eso es solo la parte visible.

Bajó aún más la voz.

—Hay personas que dicen que controla medio puerto de Nueva York.

—Otros dicen que posee compañías de seguridad privadas en tres continentes.

—Y algunos aseguran que los hombres más peligrosos de la ciudad trabajan para él.

Khloé dejó de sonreír.

—¿Es cierto?

El banquero respondió con sinceridad.

—Nunca he conocido a nadie suficientemente valiente como para comprobarlo.

Tristan volvió la vista hacia la pista de baile.

Arthur seguía moviéndose con absoluta calma.

Como si toda la gala le perteneciera.

Como si nadie pudiera desafiarlo.

Y, por primera vez desde que conocía a Kate, Tristan sintió un miedo auténtico.


—Estás muy tensa —dijo Arthur sin dejar de bailar.

—Creo que ya sé quién eres.

Él arqueó ligeramente una ceja.

—No. Solo has oído rumores.

Kate guardó silencio.

Arthur continuó.

—La mayoría son exageraciones.

Ella respiró hondo.

—¿Y las que no?

Él sonrió apenas.

—Esas nunca aparecen en los periódicos.

Kate no supo si aquello era una broma.

Esperaba que lo fuera.

Entonces la música terminó.

Los invitados comenzaron a aplaudir.

Arthur soltó lentamente su cintura.

—Nuestro trato terminó.

Kate sintió un inesperado vacío.

—Gracias… de verdad.

Él la observó durante unos segundos.

—No.

Ella parpadeó.

—¿No?

—Aún no.

Sacó una pequeña tarjeta negra del bolsillo interior de su chaqueta.

Completamente negra.

Sin logotipo.

Sin dirección.

Solo un nombre grabado en plata.

Arthur Sterling.

Y un número de teléfono.

—Si Tristan vuelve a acercarse…

Le entregó la tarjeta.

—Llama.

Kate bajó la vista hacia el elegante rectángulo negro.

—No puedo aceptar esto.

Arthur cerró suavemente sus dedos alrededor de la tarjeta.

—Ya lo has hecho.

Antes de que pudiera responder, otro guardaespaldas apareció.

Esta vez su expresión era mucho más seria.

—Señor…

Arthur levantó la mirada.

—Habla.

—Encontramos al infiltrado.

Hubo un breve silencio.

—Pero… también encontramos algo más.

Arthur entrecerró los ojos.

—¿Qué?

El guardaespaldas dudó.

—Alguien colocó una bomba debajo del escenario principal.

Kate sintió que la sangre abandonaba su rostro.

Arthur no mostró ninguna emoción.

Solo volvió lentamente la cabeza hacia el escenario… donde más de cuatrocientas personas seguían brindando, completamente ajenas al peligro.

Y entonces pronunció una sola orden, con una calma aterradora:

—Cierren todas las puertas.

Porque acababa de comprender que el verdadero objetivo de aquella bomba… no era la gala.

Era él.

Continúa en la Parte 3.

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