Toda la sala volvió la vista hacia Bruno.
Renata sonreía con absoluta seguridad.
Cruzó los brazos y levantó ligeramente la barbilla.
—Vamos, Bruno. Diles quién es ese hombre.
Bruno se detuvo apenas unos segundos.
Miró primero a Renata.
Después al hombre que estaba junto a mí.
Y finalmente bajó la cabeza.
Lo que hizo después dejó a toda la joyería en silencio.
Se acercó dos pasos.
Y extendió la mano.
—Buenos días, ingeniero Valcárcel.
El silencio fue absoluto.
Renata dejó de sonreír.
—¿Qué?
Bruno seguía con la mano extendida.
—No esperaba verlo personalmente en Guadalajara.
Alejandro estrechó su mano con naturalidad.
—Buenos días, Bruno.
—Lamento no haber sabido que vendría.
El señor Aranda casi dejó caer la carpeta que llevaba en las manos.
Yo miraba la escena sin entender nada.
Renata soltó una risa nerviosa.
—Bruno… deja de bromear.
Él giró lentamente hacia ella.
—No estoy bromeando.
—Pero ayer me dijiste que el ingeniero estaba en Ciudad de México.
Bruno respiró hondo.
—Lo estaba.
Miró nuevamente a Alejandro.
—Hasta anoche.
Renata comenzó a perder el color.
—Eso no tiene sentido.
Bruno respondió con calma.
—El ingeniero viaja constantemente entre las distintas sedes del grupo.
Hizo una pausa.
—No informa su agenda a todos los empleados.
La palabra empleados cayó como una piedra.
Renata comprendió inmediatamente que ella nunca había estado cerca del círculo donde realmente se tomaban las decisiones.
Solo conocía rumores.
Y había apostado toda su humillación sobre ellos.
El señor Aranda dio un paso al frente.
—Ingeniero Valcárcel… le pido una disculpa por este malentendido.
Alejandro sonrió apenas.
—No ha sido un malentendido.
Miró a Renata.
—Ha sido una decisión.
Todos permanecieron en silencio.
Entonces Alejandro caminó lentamente por el taller.
Observó las vitrinas.
Los bocetos.
Las mesas de trabajo.
Hasta detenerse frente a mi escritorio.
Todavía seguían allí las migas del pan dulce que Renata había dejado esa mañana.
Las miró durante unos segundos.
Después levantó una servilleta donde alguien había escrito con plumón negro:
“Cerdita de Algodón.”
Su expresión cambió.
—¿Quién escribió esto?
Nadie respondió.
Renata intentó sonreír.
—Solo era una broma entre compañeros.
Alejandro levantó lentamente la servilleta.
—No.
La dejó sobre el escritorio del señor Aranda.
—Esto se llama acoso laboral.
El ambiente comenzó a volverse insoportablemente pesado.
Yo permanecía completamente inmóvil.
Seguía convencida de que todo aquello debía ser un error.
Alejandro se volvió hacia mí.
—¿Trajiste tu diseño?
Parpadeé varias veces.
—¿Qué?
—El del concurso.
Abrí lentamente mi carpeta azul.
Saqué el dije de plata.
El hilo torcido abrazando la piedra azul.
Él lo tomó con muchísimo cuidado.
Lo observó largo rato.
—¿Cómo se llama?
—”No te rindas.”
Sonreí con tristeza.
—Lo hice pensando en mi mamá.
Alejandro no dijo nada.
Simplemente siguió observando la pieza.
Después preguntó:
—¿Quién aprobó los diseños finalistas?
El señor Aranda levantó inmediatamente la mano.
—Yo.
Alejandro dejó el dije sobre la mesa.
—Entonces explíqueme algo.
Sacó de su bolsillo otra pieza de joyería.
Todos la reconocimos al instante.
Era el collar estrella de la colección más reciente de Renata.
Lo colocó junto a mi diseño.
El taller entero guardó silencio.
Las formas eran casi idénticas.
La curva de plata.
El trenzado.
Incluso la forma de sujetar la piedra.
Alejandro levantó la vista.
—¿Quién presentó primero este concepto?
Renata comenzó a retroceder.
—Eso…
El señor Aranda abrió rápidamente el expediente del concurso.
Buscó las fechas.
Su rostro perdió todo el color.
Mi diseño había sido registrado diecisiete días antes.

El de Renata apareció nueve días después.
Nadie dijo una palabra.
Alejandro cerró lentamente ambas carpetas.
—Curioso.
Miró directamente al señor Aranda.
—Porque el Grupo Valcárcel estaba evaluando invertir precisamente por la reputación ética de esta empresa.
La palabra estaba resonó en toda la sala.
El señor Aranda tragó saliva.
—Ingeniero…
Alejandro negó con tranquilidad.
—Todavía no he terminado.
Sacó entonces un sobre blanco del portafolios que uno de sus asistentes acababa de entregarle.
Lo dejó frente al señor Aranda.
En la portada aparecía el logotipo del Grupo Valcárcel.
Y debajo, una sola línea.
“Informe de auditoría interna solicitado hace tres semanas.”
Renata sintió que las piernas dejaban de sostenerla.
Porque acababa de comprender algo que ninguno de nosotros sabía.
Alejandro nunca había llegado allí para fingir ser millonario.
Había llegado porque llevaba semanas investigando lo que ocurría dentro de Casa Aranda.
Y mi llamada desesperada solo había adelantado el momento en que pensaba descubrirlo todo.