PARTE 2: EL HOMBRE AL QUE LLAMARON DON NADIE

Nadie en la capilla se movió.

Los dos agentes permanecían junto a la puerta.

Martín Beltrán sostenía el sobre sellado.

Y mi padre seguía de pie, convencido de que todavía podía controlar aquella situación.

—Esto es una locura —espetó Roberto—. Mi boda no va a convertirse en un circo.

Uno de los agentes dio un paso al frente.

—Señor Salazar, no venimos por su boda.

Venimos por información relacionada con la Fundación Futuro Salazar.

Mi madre se aferró al respaldo de la banca.

—Roberto…

Él levantó una mano para hacerla callar.

Después señaló a Diego.

—Todo esto es culpa de ese oportunista.

No pudo conquistar a mi hija con dinero y ahora intenta destruir mi nombre.

Diego respiró hondo.

Por primera vez desde que lo conocía, vi tristeza en sus ojos.

No miedo.

Tristeza.

—Señor Salazar —dijo con calma—, durante ocho meses intenté hablar con usted en privado.

—¿Para chantajearme?

—Para darle la oportunidad de corregir lo que encontré.

El murmullo recorrió toda la capilla.

Martín entregó el sobre a uno de los agentes.

—Aquí está la documentación que el licenciado Morales reunió junto con la Fiscalía.

Transferencias.

Empresas fantasma.

Facturación simulada.

Donaciones que nunca llegaron a los estudiantes anunciados por la fundación.

Mi padre soltó una carcajada.

—¿Y esperan que alguien crea eso?

El agente abrió la carpeta.

—Tenemos registros bancarios, declaraciones fiscales y contratos firmados durante seis años.

También tenemos el testimonio de antiguos empleados.

Mi hermano Julián levantó lentamente la cabeza.

Su rostro había perdido todo el color.

—Papá…

Roberto lo miró con dureza.

—Tú cállate.

Pero Julián ya no podía callar.

—Le dije que esto iba a pasar.

La voz le temblaba.

—Hace dos años descubrí las cuentas.

Te pedí que regresaras el dinero.

Tú dijiste que nadie investigaría una fundación para niños.

El silencio fue absoluto.

Mi madre comenzó a llorar.

—¿Julián… tú lo sabías?

Él cerró los ojos.

—Sí.

Pero pensé que papá iba a detenerse.

Roberto dio un paso hacia su hijo.

—¡Traidor!

Dos agentes se interpusieron inmediatamente.

Diego bajó del altar.

No caminó hacia mi padre.

Caminó hacia mí.

—Valeria…

Su voz apenas era un susurro.

—Quise esperar hasta después de la ceremonia porque no quería destruir el día más importante de tu vida.

Le tomé la mano.

—¿Por eso aceptaste todos sus insultos?

Él asintió.

—Si presentaba la denuncia antes, habría parecido una venganza porque me rechazaba.

Necesitaba que la investigación hablara por sí sola.

Sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas.

Durante meses mi padre lo había humillado.

Lo llamó pobre.

Fracasado.

Don nadie.

Y él nunca respondió.

No porque fuera débil.

Sino porque estaba reuniendo pruebas contra el hombre que iba a convertirse en su suegro.

Martín volvió a hablar.

—Señorita Valeria.

Hay algo más que debe saber.

Me entregó una carpeta delgada.

Dentro había una carta.

Reconocí inmediatamente la letra de Diego.

—La escribió hace tres semanas —explicó Martín—, por si hoy usted decidía cancelar la boda al enterarse de todo.

Mis manos comenzaron a temblar.

Abrí la primera página.

Solo había una frase.

“Si elegir entre hacer lo correcto y casarme contigo significaba perderte, prefería perder la boda antes que perder el respeto por la mujer que amo.”

Las lágrimas cayeron sobre el papel.

Miré a Diego.

Él no intentó justificarse.

No pidió perdón.

Solo esperaba mi decisión.

En ese instante comprendí quién era realmente el hombre con el que estaba a punto de casarme.

Y también comprendí que el único don nadie que había estado frente a mí durante toda la ceremonia… era el padre al que llevé toda mi vida intentando complacer.

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