PARTE 2: EL HIJO QUE NADIE ESPERABA

El silencio fue absoluto.

Más de doscientos empleados permanecieron inmóviles.

La prueba de embarazo seguía temblando entre los dedos perfectamente manicurados de Renata.

Luego estalló una carcajada.

—¡Qué conveniente! —dijo con desprecio—. Justo después de que el señor Valdés regresa, aparece una limpiadora embarazada.

Varias personas comenzaron a murmurar.

—Seguro quiere sacarle dinero.

—Hay gente capaz de cualquier cosa.

—Siempre buscan al más rico.

Mariana sintió que el rostro le ardía.

No por vergüenza.

Sino porque jamás había querido que aquella noticia se conociera de esa manera.

Instintivamente llevó una mano al vientre.

Todavía apenas se notaba.

Pero para ella ya era lo único verdaderamente importante.

—Devuélvame ese documento, por favor —dijo con voz firme.

Renata levantó la hoja por encima de su cabeza.

—¿Por qué? ¿Te da miedo que todos sepan tu plan?

Antes de que Mariana pudiera responder, Sebastián dio un paso al frente.

Su voz fue tranquila.

—Entrégaselo.

Renata sonrió.

—Sebastián, ¿de verdad vas a defenderla?

Él sostuvo su mirada.

—No voy a repetirlo.

Por primera vez desde que lo conocía, Renata dudó.

Terminó devolviendo la hoja con un gesto de desprecio.


Sebastián volvió a mirar a Mariana.

Habían pasado solo tres semanas.

Pero recordaba perfectamente aquella madrugada.

La mujer que le había ofrecido agua cuando nadie más le ofrecía nada.

La desconocida que nunca preguntó cuánto dinero tenía.

La única persona que habló con él como si fuera simplemente un hombre que acababa de perder a su padre.

—Necesito hablar contigo.

Mariana bajó la mirada.

—Estoy trabajando.

—Entonces esperaré a que termine tu turno.

La respuesta sorprendió a todos.

Nunca antes el dueño del grupo empresarial había esperado a un empleado.

Mucho menos a una trabajadora de limpieza.


Octavio Alcázar apareció acompañado por varios directivos.

Su expresión era dura.

—Señor Valdés, la reunión del consejo empieza en diez minutos.

Sebastián ni siquiera volvió la cabeza.

—Que esperen.

Octavio frunció el ceño.

—Los inversionistas…

—Pueden esperar.

Su tono no admitía discusión.

Renata sintió un vacío en el estómago.

Desde pequeña le habían repetido que algún día sería la esposa de Sebastián.

Pero él jamás había retrasado una reunión importante por ella.

Jamás.


Una hora más tarde, Mariana terminó de limpiar el último piso.

Encontró a Sebastián sentado solo en la cafetería del edificio.

Sin abogados.

Sin escoltas.

Sin directivos.

Cuando ella se acercó, él se puso de pie inmediatamente.

—Gracias por venir.

Mariana permaneció de pie.

—Solo tengo unos minutos. Mi hermano me espera para llevarlo al hospital.

Al escuchar aquello, Sebastián recordó cada palabra de la conversación que habían tenido aquella noche.

Diego.

La insuficiencia renal.

Los turnos dobles.

Las cuatro horas de sueño.

Ella no había inventado nada.

Todo seguía igual.


Hubo un largo silencio.

Finalmente, Sebastián habló.

—Te busqué durante tres semanas.

Recorrí hospitales, cafeterías, estaciones de autobús.

Revisé las cámaras del edificio hasta encontrarte.

Mariana lo observó sorprendida.

—¿Por qué?

Él respondió sin dudar.

—Porque me prometí que nunca permitiría que pensaras que desaparecí.

Ella respiró profundamente.

Después colocó lentamente la prueba médica sobre la mesa.

—Hay algo que debes saber.

Sebastián leyó el resultado.

Su mirada permaneció inmóvil durante varios segundos.

No habló.

No sonrió.

No retrocedió.

Simplemente levantó la vista hacia Mariana.

—¿Es… mío?

Ella asintió despacio.

—Sí.

Sebastián cerró los ojos un instante.

Cuando volvió a abrirlos, había una decisión firme en ellos.

—Entonces no estarán solos.

Mariana negó con suavidad.

—No vine a pedirte dinero.

Ni matrimonio.

Ni una casa.

Pensaba criar a este bebé yo sola.

Sebastián respondió con calma.

—Lo sé.

Y precisamente por eso sé que estás diciendo la verdad.


En ese mismo instante, la puerta de la cafetería se abrió de golpe.

Renata entró acompañada por Octavio.

Su rostro estaba desencajado.

—¡No puedes creerle!

Señaló a Mariana con rabia.

—Seguro hizo esto para atraparte.

Octavio dio un paso al frente.

—Señor Valdés, le recomiendo prudencia. Una prueba de embarazo no demuestra absolutamente nada.

Sebastián permaneció sentado.

Luego hizo una pregunta inesperada.

—¿Quién autorizó que una empleada embarazada siguiera cargando cubetas de agua y trabajando turnos dobles?

El silencio cayó sobre la cafetería.

Nadie respondió.

Porque todos comprendieron que Sebastián no estaba preguntando por el bebé.

Estaba empezando a investigar cómo habían tratado a Mariana durante meses.

Y esa investigación estaba a punto de sacar a la luz secretos que iban mucho más allá de un embarazo inesperado.

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