PARTE 2: EL EXPEDIENTE QUE NUNCA DEBIÓ EXISTIR

Sebastián arrancó el sobre de las manos de Bruno.

Pasó las páginas con desesperación.

Demanda de divorcio.

Solicitud de custodia exclusiva de los trillizos.

Medidas cautelares sobre bienes conyugales.

Y, al final, una petición que hizo que el aire abandonara sus pulmones.

Prohibición de enajenar activos pertenecientes a Alcázar Inversiones hasta concluir la investigación patrimonial.

—¿Qué demonios significa esto?

Bruno no respondió de inmediato.

Llevaba diez años trabajando para Sebastián.

Nunca lo había visto temblar.

—La licenciada Cortés…

Se corrigió enseguida.

—La señora Valeria volvió a ejercer como abogada hace cinco días.

Sebastián levantó la vista.

—¿Qué?

—Mientras usted estaba en Monterrey, pidió acceso a todos los documentos que aún conservaba en su despacho personal.

Abrió un portafolio.

Sacó una carpeta azul.

—Y encontró esto.

Sebastián reconoció la carpeta al instante.

Era una auditoría interna.

Creía que había desaparecido meses atrás.


Cinco días antes.

Mientras los tres bebés dormían en la habitación del hospital, Valeria permanecía despierta.

No lloraba.

No esperaba explicaciones.

Solo repasaba cada llamada que había hecho aquella madrugada.

Cuatro llamadas.

Ninguna respondida por su esposo.

La última…

Contestada por otra mujer.

Aquella misma mañana pidió a Bruno que llevara una caja que seguía guardada en el estudio de la casa.

—La caja con mis expedientes.

Bruno dudó.

—¿Está segura?

—Muy.

Cuando abrió la caja, volvió a sentirse la mujer que había sido antes del matrimonio.

La abogada.

No la esposa.

Entre cientos de documentos apareció una carpeta que jamás recordaba haber visto.

Decía únicamente:

Proyecto Horizonte.

La abrió por curiosidad.

Cinco minutos después dejó de respirar con normalidad.

Había sociedades creadas mediante empresas fantasma.

Transferencias internacionales.

Firmas.

Y una serie de poderes notariales.

En varios aparecía su nombre.

Pero ella nunca los había firmado.


De vuelta en el hospital.

Sebastián hojeaba aquella misma carpeta.

—Eso no demuestra nada.

Bruno habló con voz baja.

—Demuestra que alguien utilizó la firma de su esposa para autorizar operaciones por más de sesenta millones de dólares.

Sebastián levantó la cabeza bruscamente.

—¿Quién dice eso?

Bruno deslizó otra hoja.

Era un informe pericial.

Las firmas atribuidas a Valeria Cortés presentan indicios consistentes de falsificación.

Sebastián sintió un escalofrío.


—Ella no puede probar que fui yo.

Bruno respiró profundamente.

—No.

Pero sí puede demostrar que usted era el único autorizado para utilizar esos documentos.

Otro silencio.

Luego añadió:

—Y encontró algo más.

Sacó un teléfono celular antiguo.

—¿Recuerda este aparato?

Sebastián lo reconoció.

Era un teléfono corporativo que había dejado de usar hacía más de un año.

—¿Qué tiene?

Bruno pulsó reproducir.

La voz de Camila Duarte llenó la habitación.

“No te preocupes. Mientras Valeria siga creyendo que todo está a su nombre, nunca revisará las sociedades.”

Después la voz de Sebastián.

“Cuando nazcan los niños será demasiado tarde para cambiar nada.”

El ramo de flores cayó definitivamente al suelo.


—¿Cómo consiguió eso?

Bruno respondió sin alterar el tono.

—No lo consiguió ella.

Lo entregó la propia empresa de respaldo informático cuando un juez ordenó preservar todas las comunicaciones relacionadas con la investigación patrimonial.

Sebastián dio dos pasos hacia atrás.

Por primera vez comprendía que el divorcio no era el verdadero problema.

El problema era todo lo que había detrás.


—¿Dónde está Valeria?

Preguntó otra vez.

Bruno tardó unos segundos en responder.

—En un lugar donde usted no puede acercarse.

—¡Dígame dónde!

—No puedo.

Existe una orden de protección provisional.

Y otra medida que le prohíbe acercarse a los trillizos.

Sebastián quedó inmóvil.

—¿Qué?

Bruno colocó sobre la mesa un último documento.

Resolución judicial.

“Se concede custodia provisional exclusiva a la madre mientras se sustancia el procedimiento.”


En ese instante sonó el teléfono de Bruno.

Escuchó apenas unos segundos.

Después levantó lentamente la vista.

—Señor…

Acaban de llegar los auditores al corporativo.

Sebastián frunció el ceño.

—¿Qué auditores?

Bruno respondió con una serenidad que dolía más que cualquier grito.

—Los designados por el juzgado mercantil.

Vienen acompañados por agentes ministeriales.

Van a asegurar toda la documentación financiera de Alcázar Inversiones.

Sebastián corrió hacia la puerta.

Pero antes de salir, Bruno pronunció una última frase.

—Hay algo más que debería saber.

Sebastián se volvió.

—La licenciada Valeria Cortés no presentó la demanda sola.

Levantó otra carpeta.

En la portada aparecía el logotipo de uno de los despachos corporativos más poderosos de México.

Y debajo, una línea escrita en negro.

“Representación legal asumida por la socia fundadora que renunció hace seis años… y que hoy decidió recuperar su nombre.”

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