PARTE 2: EL EMBARAZO QUE ETHAN DESCUBRIÓ CUANDO YA ME HABÍA PERDIDO

—¿Embarazada?

Ethan pronunció la palabra como si no entendiera su significado.

Hannah cerró los ojos.

Había roto la confidencialidad en el peor momento posible.

Yo no sentí rabia.

Solo cansancio.

Ethan miró mi vientre, todavía disimulado bajo la ropa, y después volvió a mirarme.

—¿Cuánto tiempo?

No respondí.

Hannah lo hizo.

—Casi cinco meses.

Claire dejó la taza sobre la mesa con manos temblorosas.

Victoria fue la primera en reaccionar.

—¿Cinco meses? ¿Y pensabas ocultar un heredero Hayes?

Aquella palabra me produjo más rechazo que sorpresa.

No dijo bebé.

No dijo nieto.

Dijo heredero.

Ethan avanzó hacia mí.

—¿Es mío?

Lo miré durante varios segundos.

—Firma el divorcio.

—Primero contéstame.

—No tienes derecho a interrogarme.

—¡Soy tu marido!

—Exactamente. Y durante casi cinco meses no notaste que tu esposa estaba embarazada.

Eso lo silenció.

Porque era verdad.

Había compartido habitación conmigo.

Había visto mis náuseas.

Mis cambios de alimentación.

Mis citas.

Mi cansancio.

Y nunca preguntó.

Ethan miró a Hannah.

—Cancela el procedimiento.

—No puedo decidir por ella.

—Entonces haz que cambie de opinión.

Tomé mi maleta.

—No soy una empresa tuya, Ethan.

Intentó detenerme.

Hannah se interpuso.

—No la toques.

Por primera vez, Ethan miró a su hermana como si fuera una enemiga.

Me marché.

Esa noche recibí cuarenta y tres llamadas.

No contesté.

A la mañana siguiente, Melissa llegó a mi estudio con una expresión extraña.

—Ethan firmó.

Me entregó el acuerdo.

—¿Así de fácil?

—No.

Se sentó frente a mí.

—Intentó añadir una cláusula sobre custodia prenatal.

Solté una risa incrédula.

—Ni siquiera preguntó si quiero continuar el embarazo.

—También contrató tres abogados.

—Claro.

Pero había algo que Melissa no entendía.

Mi procedimiento médico no era solamente la interrupción que había discutido inicialmente con Hannah. Después de nuevos estudios, los médicos habían detectado una complicación que hacía cualquier decisión mucho más delicada.

A las siete de la mañana siguiente ingresé al hospital.

Ethan apareció a las siete y veinte.

No sé quién le dijo dónde estaba.

Probablemente Victoria.

Lo vi detrás de las puertas de cristal.

Traje oscuro.

Cabello desordenado.

Por primera vez, sin control.

—¡Emily!

Seguí caminando.

—¡Por favor!

Me detuve.

No porque quisiera escucharlo.

Porque durante tres años había esperado aquellas dos palabras.

Y ahora ya no significaban nada.

—No lo hagas —dijo.

—No sabes qué voy a hacer.

—Entonces dime.

—No.

Sus ojos se enrojecieron.

—Puedo cambiar.

—Eso ya no me corresponde comprobarlo.

Las puertas se cerraron entre nosotros.

Horas después desperté.

Lo primero que vi fue a Hannah.

Estaba sentada junto a mi cama.

—¿Qué pasó?

Ella me tomó la mano.

—Tuvimos que intervenir antes de lo previsto.

Mi garganta se cerró.

—¿El bebé?

Hannah guardó silencio.

Y entendí.

Giré la cara hacia la ventana.

No lloré inmediatamente.

El dolor era demasiado grande incluso para eso.

—Emily…

—Déjame sola.

Hannah salió.

Pero antes de cerrar la puerta dijo:

—Hay algo que tienes que saber cuando estés preparada.

No pregunté.

Tres días después recibí el alta.

Ethan seguía esperando afuera.

Parecía haber envejecido años.

—¿Dónde está el bebé?

Lo miré.

—Ya no existe nada entre nosotros.

Su rostro se descompuso.

No expliqué más.

Subí al automóvil de Melissa.

Y desaparecí de la vida de Ethan Hayes.

O eso pensé.

Seis semanas después, mi estudio recibió el proyecto más importante de su historia.

Una remodelación de ciento ochenta millones de dólares.

Cliente:

Sullivan International.

Claire Sullivan.

Me quedé mirando el contrato.

—¿Ella pidió específicamente nuestro estudio?

Melissa asintió.

—A ti.

Aquello no tenía sentido.

Acepté la reunión.

Claire llegó sola.

Sin Ethan.

Sin sonrisa.

Colocó una carpeta sobre mi escritorio.

—No vine por el proyecto.

—Entonces ¿por qué?

—Porque creo que tu embarazo nunca debió terminar como terminó.

Me puse rígida.

—Sal de aquí.

—Emily, escúchame.

Abrió la carpeta.

Había copias de mis análisis prenatales.

—¿Cómo conseguiste eso?

—No importa.

—Importa muchísimo.

Claire empujó un informe hacia mí.

—Mira la fecha.

Era anterior a mi ingreso.

El documento advertía de una complicación grave.

Pero yo nunca lo había recibido.

—¿Quién tenía esto?

—Victoria.

Sentí frío.

Claire respiró hondo.

—La familia Hayes sabía de tu embarazo antes de que Hannah lo descubriera en consulta.

—Eso es imposible.

—No.

Sacó otro documento.

Una solicitud de acceso a mi historial médico.

Había sido presentada dos meses antes.

Autorizada mediante una cuenta corporativa de Hayes Group.

Firmante:

Victoria Hayes.

—¿Por qué?

Claire bajó la mirada.

—Por el fideicomiso.

Otra vez aquella palabra.

El abuelo de Ethan había dejado una participación enorme de Hayes Group al primer descendiente biológico de Ethan.

Pero existía una condición.

Si el embarazo procedía de determinado tratamiento de fertilidad financiado por el fideicomiso familiar, la familia podía solicitar supervisión legal de los embriones restantes.

Me quedé inmóvil.

—¿Embriones restantes?

—Emily, ¿cuántos embriones crearon durante tu tratamiento?

—Tres.

—¿Cuántos te dijeron que implantaron?

—Uno.

Claire abrió la última página.

Dos embriones habían quedado criopreservados.

Yo nunca fui informada.

Y alguien había autorizado su traslado.

—¿Quién?

Claire no respondió.

Le arrebaté el documento.

Destino:

Hayes Reproductive Center.

Autorización:

Ethan Hayes.

Sentí que el corazón se me detenía.

—Él sabía.

—No exactamente.

Claire señaló la firma digital.

—La autorización salió de su cuenta, pero Ethan estaba en Tokio ese día.

—Entonces Victoria.

—Eso pensé.

Sacó otro registro.

El acceso provenía de la residencia Hayes.

Pero no del dispositivo de Victoria.

Pertenecía a Hannah.

Me levanté.

—No.

—Tu cuñada sabía más de lo que te contó.

Fui directamente al hospital.

Hannah palideció al verme con los documentos.

—¿Dónde están mis embriones?

No respondió.

—Hannah.

Empezó a llorar.

—Yo intentaba protegerlos.

—¿De quién?

—De mi madre.

—¿Dónde están?

Hannah cerró la puerta.

—Uno sigue almacenado.

Mi respiración se quebró.

—¿Y el otro?

Silencio.

—¿Dónde está?

Entonces Hannah sacó su teléfono.

Me mostró una fotografía tomada aquella misma mañana.

Una mujer salía de una clínica privada.

Llevaba gafas oscuras y una mano apoyada sobre un vientre claramente embarazado.

Reconocí inmediatamente a Victoria caminando a su lado.

Pero la mujer embarazada no era Claire.

Era alguien a quien jamás esperaba volver a ver.

Rachel Parker.

Mi hermana mayor.

La mujer que llevaba seis años sin hablar conmigo.

—¿Qué significa esto?

Hannah apenas pudo sostenerme la mirada.

—Rachel tiene veintidós semanas.

Sentí que el mundo se inclinaba.

—¿De quién es el bebé?

Hannah respiró profundamente.

—Genéticamente…

Su voz se rompió.

—Es tuyo y de Ethan.

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