PARTE 2: El dolor que aparecía siempre a la misma hora

El cepillo cayó de la mano de Julia.

—Luna, ¿dónde te duele?

La niña señaló detrás de su oreja.

—Aquí.

Julia apartó el cabello con cuidado.

No vio ninguna herida.

Pero notó algo extraño.

Luna no había dicho “Julia”.

Había dicho “mamá”.

Richard apareció en la puerta.

—¿Qué ocurrió?

Julia le explicó.

Él llamó inmediatamente a la enfermera.

Los médicos habían examinado aquella zona muchas veces. No encontraron nada nuevo.

—Probablemente sensibilidad nerviosa —dijo la enfermera.

Pero Julia no quedó convencida.

Durante los siguientes tres días empezó a observar.

No como médica.

Como alguien que había aprendido a prestar atención a los pequeños cambios.

A las nueve de la mañana Luna estaba débil, pero tranquila.

Después del almuerzo parecía más despierta.

Sin embargo, cada noche ocurría lo mismo.

Llegaba la enfermera.

Preparaba los medicamentos.

Luna los tomaba.

Y aproximadamente cuarenta minutos después comenzaban el dolor, la confusión y aquel extraño alejamiento de la realidad.

Julia abrió el cuaderno donde Richard registraba absolutamente todo.

Medicamentos.

Comidas.

Temperatura.

Horas de sueño.

Entonces vio el patrón.

—Richard.

Él levantó la cabeza.

—¿Qué?

—¿Cuándo empeoró realmente?

—Hace unos cuatro meses.

—No. Quiero la fecha.

Richard buscó las primeras páginas.

Julia comparó anotaciones.

Luego señaló una línea.

—Aquí.

Aquella semana había cambiado uno de los medicamentos.

Mismo nombre.

Misma dosis indicada.

Pero distinto proveedor.

Richard frunció el ceño.

—Los médicos revisaron todo esto.

—Estoy segura.

Julia tragó saliva.

—Pero ¿alguien revisó lo que realmente hay dentro de cada frasco?

Richard quedó inmóvil.

Esa misma noche suspendieron cualquier improvisación y llamaron al equipo médico para revisar el tratamiento de forma controlada.

Se enviaron muestras al laboratorio.

A la mañana siguiente llegó la primera llamada.

Richard escuchó en silencio.

Después se sentó lentamente.

—¿Qué encontraron? —preguntó Julia.

—Una discrepancia.

Los comprimidos de uno de los envases no coincidían con la medicación indicada en la etiqueta.

Julia sintió un escalofrío.

—¿Un error de farmacia?

—Todavía no lo saben.

Richard ordenó revisar cada entrega de los últimos seis meses.

Horas después, seguridad encontró algo peor.

Los medicamentos originales llegaban correctamente sellados.

Pero algunos envases habían sido abiertos después de entrar en la mansión.

Alguien dentro de la casa los manipulaba.

Richard reunió al personal.

Nadie podía marcharse hasta que seguridad terminara de revisar registros y cámaras.

Entonces Luna tiró suavemente de la manga de Julia.

—Ella se enfada cuando no duermo.

Julia se arrodilló.

—¿Quién?

Luna miró hacia el pasillo.

—La señora que viene cuando papá está trabajando.

Richard palideció.

—¿Qué señora?

Luna no respondió.

En cambio, señaló la caja de música.

Julia la abrió.

Dentro había algo que ella jamás había colocado allí.

Una fotografía antigua.

Mostraba a Richard junto a su difunta esposa.

Y detrás de ellos aparecía una tercera mujer.

Richard tomó la foto con manos temblorosas.

—No puede ser.

—¿Quién es?

Richard levantó lentamente la mirada.

—La hermana de mi esposa.

Julia sintió que algo no encajaba.

—¿Trabaja aquí?

—No.

Su voz se volvió casi inaudible.

—Murió hace cinco años.

Entonces Luna susurró:

—No murió.

Y señaló la puerta.

—Viene todas las noches.

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