Valeria sintió que los dedos de su padre temblaban.
Nunca antes Ernesto la había sujetado con tanta fuerza.
—¿Salvarme… de qué? —preguntó casi en un susurro.
Él abrió la boca.
Pero antes de que pudiera responder, Patricia golpeó la copa contra la barra.
—Ya basta de melodramas.
Se acercó lentamente.
—Ernesto está confundido por los medicamentos.
Mi padre negó con la cabeza.
Con un movimiento apenas perceptible.
—No…
Su voz era débil.
Pero completamente consciente.
Valeria lo conocía demasiado bien para no notarlo.
No estaba desorientado.
Estaba aterrorizado.
Bruno dio otro paso hacia ellos.
—Mira, licenciada…
Si vienes a hacer escándalos, mejor vete de una vez.
Valeria levantó la vista.
—¿Siempre hablas así cuando llevas un reloj robado?
Bruno escondió instintivamente la muñeca detrás de la espalda.
Fue un gesto mínimo.
Pero suficiente.
Ella sonrió.
—Interesante.
Patricia frunció el ceño.
—¿Qué tiene de interesante?
—Que alguien inocente no intenta esconder lo que le pertenece.
La expresión de Bruno cambió.
Por primera vez desde que ella llegó.
Valeria ayudó a su padre a sentarse en el sofá.
Después tomó una manta y cubrió sus piernas.
Patricia observaba cada movimiento con evidente molestia.
—No te acomodes demasiado.
Esta visita será corta.
Valeria no respondió.
Abrió tranquilamente su portafolio de cuero.
Sacó una carpeta gris.
La dejó sobre la mesa.
—Hace ocho meses…
Comencé una investigación.
Patricia soltó una risa burlona.
—¿Ocho meses?
¿Tan obsesionada estás conmigo?
—No contigo.
Con las empresas de mi padre.
El salón volvió a quedar en silencio.
Valeria abrió la carpeta.
Extrajo varias hojas.
—Hace ocho meses detecté que Constructora Salgado empezó a contratar proveedores inexistentes.
Empresas creadas apenas unos días antes de recibir contratos millonarios.
Bruno tragó saliva.
Muy despacio.
—Eso no prueba nada.
—Todavía no termino.
Valeria colocó otra hoja.
—Después descubrí que el dinero salía de esas empresas y terminaba en una cuenta abierta en Cancún.
A nombre de…
Miró directamente a Patricia.
“…Patricia Fuentes.”
La sonrisa desapareció del rostro de su madrastra.
—¡Eso es falso!
La respuesta llegó demasiado rápido.
Demasiado desesperada.
Valeria asintió lentamente.
—Eso mismo pensé.
Así que seguí investigando.
Sacó otra carpeta.
Más gruesa.
—Encontré diecisiete transferencias.
Tres propiedades compradas en efectivo.
Y un seguro de vida actualizado hace cuatro meses.
Ernesto levantó lentamente la cabeza.
—¿Seguro?
Patricia giró bruscamente hacia él.
—No le hagas caso.
Pero Valeria ya había abierto el documento.
—Beneficiaria única…
Patricia Fuentes.
Monto asegurado…
Veintiséis millones de pesos.
La respiración de Ernesto se volvió irregular.
—Yo…
Nunca…
Valeria lo miró con ternura.
—Lo sé, papá.
Porque esa firma tampoco es tuya.
Bruno dio un fuerte golpe sobre la mesa.
—¡Basta!
Se acabó este circo.
Intentó tomar la carpeta.
Pero Valeria la retiró antes.
—No la toques.
—¿Y si lo hago?
Ella sonrió.
—Entonces dejarás tus huellas sobre documentos que ya fueron certificados por un perito.
Bruno congeló la mano en el aire.
Patricia comenzó a comprender que aquello era mucho más grave de lo que imaginó.
—¿Qué quieres?
Valeria respiró profundamente.
—La verdad.
—¿Cuál verdad?
—La de hace ocho meses.
Cuando alguien intentó convertir legalmente a mi padre en un hombre incapaz de administrar su propio patrimonio.
Ernesto abrió mucho los ojos.
—¿Incapaz?
Valeria sacó el último documento.
Era una copia certificada.
Con sello judicial.
—Solicitud de declaración de incapacidad.
Presentada hace exactamente ocho meses.
Solicitante…
Patricia Fuentes.
La mujer retrocedió un paso.
Bruno también.
—Eso…
Eso nunca prosperó.
—No.
Porque alguien la detuvo.
Patricia frunció el ceño.
—¿Quién?
Valeria sostuvo el documento unos segundos.
Después respondió con absoluta calma.
—Yo.
Hace ocho meses intercepté el expediente antes de que llegara al juez.
Desde entonces sabía que alguien estaba intentando quedarse con todo.
Solo me faltaba descubrir hasta dónde estaban dispuestos a llegar.
Miró el vendaje de la rodilla de su padre.
Las manos temblorosas.
La taza de té.
Los calmantes.
Y comprendió que ya tenía la respuesta.
No solo querían su fortuna.
Estaban acelerando el deterioro de Ernesto para que pareciera un anciano incapaz de recordar siquiera su propio nombre.

Y entonces Ernesto, reuniendo las pocas fuerzas que le quedaban, pronunció una frase que hizo que Patricia perdiera por completo el color del rostro.
—Valeria…
Busca… la caja azul… del despacho.
Ahí está… el documento que demuestra… quién murió realmente… en el accidente de tu madre.