A las siete y cuarenta y dos de la mañana, el primer empleado salió del ascensor con un café en la mano.
Se quedó inmóvil.
Frente a él, la fotografía de Daniel y Camila ocupaba toda la pared.
Frunció el ceño.
Miró a un lado.
Había otra.
Y otra.
Y otra más.
—¿Qué demonios…?
Cinco minutos después, todo el piso diecisiete era un hervidero de murmullos.
Nadie trabajaba.
Los celulares aparecieron como por arte de magia.
Cada empleado fotografiaba los carteles desde un ángulo distinto.
Las imágenes comenzaron a circular por los grupos internos de la empresa.
Luego por WhatsApp.
Después por redes sociales.
En menos de media hora, toda la sede central conocía el romance secreto entre el director de operaciones y su secretaria.
A las ocho y doce, Daniel entró al edificio.
Venía bronceado, con una camisa blanca impecable y una sonrisa relajada.
No duró ni diez segundos.
Al bajar del ascensor, encontró su propia fotografía pegada justo frente a la puerta.
Su sonrisa desapareció.
—¿Qué…?
Giró la cabeza.
Otra fotografía.
Luego otra.
Su respiración empezó a acelerarse.
—¡¿Quién hizo esto?!
Nadie respondió.
Los empleados fingían trabajar, aunque todos observaban por encima de las pantallas.
Daniel arrancó una foto de la pared.
Después otra.
Después otra.
Era inútil.
Parecía que las imágenes brotaban del edificio.
Entonces vio la más grande.
La que estaba pegada sobre la puerta de su despacho.
Su rostro se volvió rojo.
Camila apareció dos minutos después.
Entró tarareando una canción mientras revisaba su maquillaje en el celular.
Hasta que levantó la vista.
Encontró la fotografía pegada sobre su escritorio.
Sobre el espejo.
Sobre la computadora.
Sobre la silla.
El labial cayó al suelo.
—¡No…!
Corrió hacia el espejo y arrancó el papel con desesperación.
Entonces escuchó unas risas.
Levantó la cabeza.
Todo el departamento la observaba.
Algunos intentaban disimular.
Otros ni siquiera lo hacían.
Por primera vez desde que llegó a la empresa, Camila sintió vergüenza.
Daniel entró furioso.
—¿Quién fue?
Silencio.
—¡Estoy preguntando quién hizo esto!
La encargada de Recursos Humanos apareció con expresión incómoda.
—Director Miller… creo que debería venir conmigo.
—¡Ahora no!
—Es importante.
Le mostró una tableta.
Daniel la tomó sin interés.
Cinco segundos después, el color abandonó su rostro.
La fotografía ya no estaba solo dentro de la empresa.
Alguien la había publicado en una red profesional.
Miles de personas la compartían.
El nombre de la compañía aparecía etiquetado en cada publicación.
Los comentarios aumentaban por segundos.
“¿Así tratan aquí la ética empresarial?”
“¿El director viaja con la secretaria usando dinero de la empresa?”
“Qué vergüenza.”
Daniel sintió un nudo en el estómago.
En ese momento sonó su teléfono.
Era el presidente del grupo.
Contestó inmediatamente.
—Señor Anderson…
La voz al otro lado era helada.
—Sube. Ahora.
La reunión duró apenas quince minutos.
Cuando Daniel salió de la oficina presidencial parecía diez años mayor.
Tenía la mandíbula apretada.
Las manos le temblaban.
Camila lo esperaba afuera.
—¿Qué pasó?
Él no respondió.
Ella insistió.
—¡Daniel!
Él giró bruscamente.
—¡Nos suspendieron a los dos!
Camila palideció.
—¿Qué?
—Mientras investigan cómo una fotografía privada terminó relacionada con un viaje corporativo.
Ella abrió mucho los ojos.
—Pero ese viaje…
Daniel la interrumpió.
—¡Cállate!
Demasiado tarde.
Dos miembros del comité jurídico acababan de salir del ascensor.
Habían escuchado la última frase.
Se miraron entre ellos.
Uno tomó discretamente una nota.
Mientras tanto, yo ya estaba en otra ciudad.
Desde la ventana del hotel veía salir el sol.
Mi celular permanecía apagado desde la noche anterior.
Encendí únicamente la computadora portátil.
No tenía más de treinta correos.
Tenía doscientas cuarenta y ocho notificaciones.
Llamadas perdidas.
Mensajes.
Correos urgentes.
Todos de Daniel.
No abrí ninguno.
En cambio, entré al sistema financiero de la empresa.
Todavía conservaba acceso como directora del departamento de planificación estratégica.
No buscaba a Camila.
Buscaba otra cosa.
El viaje a Bali.
Abrí el registro de gastos.
Fecha.
Boletos de avión.
Hotel.
Restaurantes.
Vehículo privado.
Todo cargado como…
“Viaje de negociación con cliente internacional.”
Fruncí el ceño.
Qué extraño.
Yo había aprobado personalmente el presupuesto anual.
No existía ninguna negociación programada en Bali durante esas fechas.
Abrí el expediente completo.
Cliente:
Pacific Horizon Holdings.
Nunca había oído ese nombre.
Busqué el contrato.
No existía.
Busqué facturas.
Tampoco.
Solo había reembolsos aprobados directamente por Daniel.
Más de ciento ochenta mil dólares.
Sentí una punzada de curiosidad.
Aquello ya no parecía una simple infidelidad.
Parecía otra cosa.
Muy grave.
Seguí revisando.
Entonces encontré un archivo bloqueado.
Solo cuatro palabras como descripción.
“Proyecto Aurora. Confidencial.”
Intenté abrirlo.
Acceso denegado.
Sonreí ligeramente.
Daniel había olvidado un pequeño detalle.
Durante siete años yo misma había diseñado el sistema de autorizaciones internas.
Y conocía una cuenta de respaldo que casi nadie recordaba.
Tecleé una contraseña antigua.
La pantalla tardó unos segundos.
Finalmente apareció una carpeta completa.
Había decenas de transferencias.
Empresas fantasma.
Contratos inexistentes.
Pagos duplicados.
Dinero enviado a cuentas personales.
Respiré lentamente.
Aquello no era un desliz amoroso.
Era un fraude millonario.
Y entonces vi el último documento.
Un PDF firmado electrónicamente apenas dos días antes del viaje.
Lo abrí.
La sangre se me heló.
En la primera página aparecía mi nombre.
En la última…
Una firma idéntica a la mía.
Pero yo jamás había firmado aquel documento.

Era una autorización para convertirme en la responsable legal de todas las operaciones del Proyecto Aurora.
Si el fraude salía a la luz, la primera persona que iría a prisión sería yo.
En ese instante comprendí por qué Daniel nunca había querido divorciarse.
No me necesitaba como esposa.
Me necesitaba como el chivo expiatorio perfecto.