Ninguno de los dos se movió.
El único sonido en la habitación era el tono de llamada que seguía saliendo de mi teléfono.
Ethan bajó lentamente la vista hacia la pantalla.
Después levantó los ojos hacia mí.
—Emma…
Su voz ya no tenía la seguridad de unos segundos antes.
—Contesta.
No dije nada.
El teléfono dejó de sonar.
Cinco segundos después volvió a vibrar.
Esta vez era él quien llamaba desde el móvil que todavía sostenía en la mano.
No había ninguna posibilidad de explicarlo.
Tomé aire y deslicé el dedo sobre la pantalla.
—¿Hola?
Mi propia voz sonó en el teléfono de Ethan.
Él permaneció completamente inmóvil.
Como si acabara de desaparecer el suelo bajo sus pies.
—Tú…
Dejó caer lentamente el brazo.
—Tú eres…
Asentí.
—Sí.
—Soy Emma Harrison.
—La esposa con la que llevas tres años casado.
Durante varios segundos no habló.
Ni siquiera parecía respirar.
Finalmente soltó una risa breve.
No era una risa de alegría.
Era la reacción de alguien que acababa de descubrir que toda la realidad en la que había vivido era falsa.
—No…
Negó con la cabeza una y otra vez.
—Eso es imposible.
—Mi secretario me dijo que…
Se interrumpió de golpe.
Lo comprendió antes de terminar la frase.
Nunca había preguntado cómo era su esposa.
Nunca había pedido una fotografía.
Nunca había querido conocerla.
Solo había firmado un contrato y esperado la fecha del divorcio.
Yo me levanté despacio.
—¿Ahora entiendes por qué nunca acepté el dinero de los regalos?
Él seguía mirándome sin parpadear.
—¿La noche del hotel…
—Ya sabías quién era yo?
Negué.
—No.
—Te reconocí cuando entré en la habitación.
—Pero tú nunca me habías visto.
Se pasó una mano por el rostro.
—Dios mío…
Recordó la transferencia.
Las cenas.
Los viajes.
Las flores.
El collar.
Todas las veces que había intentado conquistar a una mujer…
Que ya era su esposa.
Una expresión de culpa cruzó lentamente su rostro.
—Te pagué…
Bajó la vista.
—Pensé que eras una desconocida.
Sonreí con amargura.
—Lo sé.
—El concepto era bastante claro.
“Compensación por las molestias”.
Cerró los ojos.
—Emma…
—Lo siento.
Sacudí la cabeza.
—No.
—No te disculpes por esa noche.
—Discúlpate por los tres años anteriores.
Aquellas palabras parecieron atravesarlo.
Se dejó caer lentamente sobre el borde de la cama.
—Tienes razón.
Su voz era apenas un susurro.
—Ni siquiera intenté conocerte.
—Decidí quién eras antes de darte la oportunidad de hablar.
Respiró profundamente.
—Y cuando por fin me enamoré…
Soltó una risa irónica.
—Resultó que llevaba todo el tiempo enamorándome de mi propia esposa.
La habitación volvió a quedar en silencio.
Yo tomé mi bolso.
—Mañana vence el plazo del acuerdo.
—Firmaré el divorcio.
Él levantó la cabeza de inmediato.
—No.
Era la primera vez que respondía sin pensar.
Se puso de pie tan rápido que casi volcó la silla.
—No voy a firmarlo.
Lo miré con calma.
—Hace diez minutos estabas dispuesto a llamar para divorciarte.
Asintió.
—Porque creía que mi matrimonio solo era una obligación.
Se acercó lentamente.
—Ahora sé que era contigo.
Negué despacio.
—Eso no cambia los tres años que elegiste vivir lejos.
—No.
—No los cambia.
Su respuesta fue inmediata.
—Pero sí puede cambiar los próximos treinta.
Sentí que el corazón me daba un vuelco.
Él continuó con absoluta serenidad.
—No voy a pedirte que olvides lo que hice.
—Ni voy a decirte que me perdones esta noche.
Abrió lentamente la mesilla de noche.
Sacó un sobre blanco.
Lo colocó frente a mí.
Fruncí el ceño.
—¿Qué es esto?
—Los papeles del divorcio.
Parpadeé sorprendida.
Él sonrió con tristeza.
—Los traje firmados antes de que llegaras.
Abrí el sobre.
Era cierto.
Su firma ya estaba al final de cada página.
Solo faltaba la mía.
Ethan tomó los documentos entre las manos.
Los observó durante unos segundos.
Después, delante de mí, los rompió lentamente en dos.
Luego otra vez.
Y una tercera.
Los pequeños fragmentos cayeron sobre el suelo de madera.
—No voy a obligarte a seguir casada conmigo.
—Si mañana todavía quieres irte…
Hizo una pausa.
—Prepararé un nuevo acuerdo.
—No por obligación.
—Sino para cortejarte desde el principio.
Sonreí sin poder evitarlo.
—¿Pretendes conquistar a tu propia esposa?
Él también sonrió por primera vez.
—No.
—Pretendo hacer lo que debí hacer hace tres años.
Se acercó un paso más.
Lo suficiente para quedar frente a mí.
—Hola.
Extendió lentamente la mano.

—Soy Ethan Harrison.
—Mucho gusto, Emma.
—¿Me permitirías invitarte a una primera cita?
Y comprendí que el hombre que había tardado tres años en buscar a su esposa…
Acababa de decidir empezar nuestro matrimonio desde el único lugar donde realmente podía salvarse.
El principio.