A las tres y diecisiete de la tarde, el piso cuarenta y dos del Grupo Grant dejó de parecer una oficina.
Se convirtió en un campo de batalla.
Rachel sostenía una carpeta azul con las manos rígidas mientras recorría por quinta vez el índice del proyecto de seis mil millones.
Estudios de mercado.
Proyecciones financieras.
Cronograma.
Análisis de riesgos.
Todo estaba allí.
Excepto lo único que realmente importaba.
Los anexos.
—¿Dónde están los contratos originales? —preguntó.
Nadie respondió.
Julia, la antigua asistente de Evelyn, permanecía de pie junto a la puerta.
—Nunca estuvieron en el servidor de la empresa.
Rachel levantó la cabeza.
—¿Cómo que no?
—La vicepresidenta siempre explicó que era un cliente desarrollado fuera del grupo. Solo autorizó compartir los informes necesarios para preparar la posible alianza.
Rachel sintió un vacío en el estómago.
Marcó inmediatamente la extensión del presidente.
—Damian… tenemos un problema.
Cinco minutos después, Damian Grant entró en la sala de proyectos.
Su expresión seguía siendo tranquila.
La misma que había mostrado durante toda la mañana.
—¿Qué ocurre?
Rachel le entregó la carpeta.
—No están los documentos vinculantes.
Damian hojeó las páginas con rapidez.
—Faltan los acuerdos de confidencialidad.
—También las cartas de intención.
—Y el contrato preliminar.
Damian dejó de pasar hojas.
—Eso es imposible.
Julia habló por primera vez.
—No, señor.
Todos la miraron.
La joven tragó saliva antes de continuar.
—La señora Shaw explicó varias veces que el proyecto pertenecía inicialmente a su despacho de consultoría. La empresa solo participaría cuando se firmara la alianza definitiva.
Damian frunció el ceño.
—¿Por qué nunca me lo dijeron?
Julia bajó la mirada.
—Porque usted nunca preguntó.
El silencio que siguió fue incómodo.
Rachel intentó recuperar el control.
—No pasa nada.
Solo necesitamos que Evelyn entregue la documentación.
Damian sacó el teléfono.
La llamada no salió.
Volvió a intentarlo.
Solo apareció un mensaje automático.
Usuario bloqueado.
Por primera vez en todo el día perdió la calma.
—¿Bloqueó mi número?
Rachel sonrió con nerviosismo.
—Seguramente está molesta.
Damian no respondió.
Ordenó a su secretaria.
—Llámenla desde otro teléfono.
La secretaria obedeció.
Un minuto después negó lentamente con la cabeza.
—También rechazó la llamada.
Mientras tanto, Evelyn estaba sentada frente a una ventana del despacho del abogado Miguel Herrera.
Sobre la mesa había una sola carpeta.
Divorcio.
Disolución del régimen patrimonial.
Liquidación de bienes.
Miguel cerró el expediente.
—¿Está completamente segura?
Evelyn observó la lluvia caer sobre Reforma.
—Debí hacerlo hace mucho tiempo.
—Su esposo intentará negociar.
Ella sonrió con tranquilidad.
—No.
Intentará recuperar el proyecto.
El abogado arqueó una ceja.
—¿Y usted?
—Yo solo quiero recuperar mi vida.
Miguel deslizó otro documento hacia ella.
—Hay algo más.
Nuestros investigadores terminaron de revisar los movimientos internos de la empresa.
Evelyn abrió el informe.
Las primeras páginas mostraban correos electrónicos.
Después aparecieron registros de acceso.
Reservas de hoteles.
Vuelos.
Transferencias.
No necesitó leer mucho.
Rachel y Damian llevaban más de dos años utilizando cuentas corporativas para financiar viajes privados.
Todo estaba documentado.
Incluso había fotografías entrando juntos en un resort de las Maldivas durante un supuesto viaje de negocios.
Miguel la observó.
—No quise mostrárselo antes de que estuviera preparada.
Evelyn cerró lentamente la carpeta.
No lloró.
Ni siquiera sintió rabia.
Solo una inmensa sensación de alivio.
Ahora ya no quedaba nada por salvar.
A las cinco y cuarenta de la tarde, el teléfono interno del despacho presidencial volvió a sonar.
La secretaria entró apresurada.
—Señor Grant…
Damian levantó la vista.
—¿Ya respondió Evelyn?
—No.
—Entonces ¿qué ocurre?
La secretaria parecía incómoda.
—Acaba de llegar un mensajero.
—¿De qué despacho?
—Herrera & Asociados.
Damian sintió una extraña presión en el pecho.
Abrió el sobre.
Solo había una carta.
Y una carpeta.
Leyó la primera línea.
Su rostro cambió por completo.
Rachel intentó acercarse.
—¿Qué pasa?
Damian apartó la hoja instintivamente.
Pero ya era tarde.
Ella alcanzó a leer el encabezado.
SOLICITUD DE DIVORCIO.
La oficina quedó en silencio.
Damian levantó inmediatamente el teléfono.
Intentó llamar otra vez.
Bloqueado.
Envió un correo.
Rebotado.
Pidió localizarla mediante Recursos Humanos.
—Señor… su correo corporativo fue eliminado esta mañana.
—Busquen su dirección.
—La que figura en el expediente era la casa conyugal.
No tenemos otra.
Damian apretó el documento entre los dedos.
Por primera vez comprendió que Evelyn no había reaccionado impulsivamente.
Llevaba tiempo preparándose para desaparecer de su vida.
En ese mismo instante, otro directivo llamó a la puerta.
Era la directora financiera, la señora Collins.
Su expresión era mucho más grave que la de todos los demás.
—Damian…
—¿Qué sucede ahora?
Ella dejó un informe sobre el escritorio.
—Acabo de hablar con el cliente del proyecto.
Damian respiró aliviado.
—Perfecto. ¿Qué dijo?
La mujer lo miró fijamente.
—Dijo que nunca tuvo intención de firmar con el Grupo Grant.

Rachel palideció.
—¿Cómo que nunca?
La señora Collins respondió sin apartar la vista de Damian.
—Porque desde el principio… el cliente quería invertir únicamente en la nueva empresa que Evelyn llevaba un año constituyendo en secreto.