PARTE 2: EL DINERO TENÍA SU NOMBRE

Lucía continuó atendiendo a los pasajeros como si nada hubiera ocurrido.

Solo ella sabía que, detrás de aquella sonrisa profesional, cada latido era un golpe contra el pecho.

Cuatro millones ochocientos mil pesos.

Su herencia.

El dinero que su padre le había dejado antes de morir con una sola petición:

—Nunca permitas que nadie convierta este esfuerzo en su ambición.

Y Andrés estaba a punto de entregárselo a otra mujer.

Respiró hondo. No podía perder el control a diez mil metros de altura.

Cuando terminó el servicio de bebidas, regresó discretamente a la galera. Desde allí llamó por el intercomunicador interno.

—Mariana, ¿puedes cubrir la cabina ejecutiva cinco minutos?

—Claro, jefa. ¿Todo bien?

Lucía sonrió apenas.

—Perfectamente.

Esperó unos segundos y volvió a salir.

Andrés acababa de levantarse para ir al baño.

Ella caminó detrás de él.

En cuanto la puerta se cerró, Andrés se giró sobresaltado.

—Lucía… escucha…

—No hace falta que inventes otra reunión.

Él tragó saliva.

—Puedo explicarlo.

—¿Qué parte? ¿La amante o el robo?

Aquellas palabras lo dejaron inmóvil.

—¿Robo?

Lucía sacó lentamente una servilleta donde había escrito una cifra.

4,800,000.

La sostuvo frente a sus ojos.

—Vi la carpeta.

El color desapareció del rostro de Andrés.

—No sabes lo que viste.

—Vi suficiente para entender que pensabas comprar un departamento a nombre de Renata usando el dinero de nuestra cuenta conjunta.

Él negó con rapidez.

—No es como parece.

—Esa frase siempre llega cuando ya no queda nada que ocultar.

Andrés respiró con desesperación.

—Era una inversión temporal.

Lucía soltó una risa tan breve que dolía más que un grito.

—¿Temporal? ¿A nombre de tu amante?

Él guardó silencio.

Por primera vez en ocho años, no encontraba ninguna mentira capaz de sostener otra mentira.

Lucía dio un paso más cerca.

—Dime solo una cosa.

Él levantó lentamente la mirada.

—¿Cuándo pensabas decírmelo?

No respondió.

Ese silencio fue la respuesta más cruel.

Mientras tanto, en su asiento, Renata comenzaba a inquietarse.

Cada minuto que Andrés tardaba parecía eterno.

La pasajera del asiento contiguo, una señora mayor que había presenciado la escena del embarque, habló con amabilidad.

—¿Viajan de luna de miel?

Renata sonrió por compromiso.

—Algo así.

La mujer miró hacia la cocina del avión, donde Lucía organizaba el servicio.

—Qué mujer tan elegante tiene ese señor.

Renata dejó de sonreír.

—¿Perdón?

—Su esposa. Se nota que lo quiere mucho. Cuando él subió, ni siquiera perdió la compostura. No cualquiera tiene esa dignidad.

Aquellas palabras comenzaron a perforar la seguridad de Renata.

Ella siempre había escuchado otra versión.

Andrés le había repetido durante meses que Lucía era una mujer fría, distante y obsesionada con el trabajo.

Que dormían en habitaciones separadas.

Que el divorcio era cuestión de semanas.

Pero la realidad que acababa de presenciar era muy distinta.

Lucía no parecía una mujer desesperada por retener a un hombre.

Parecía alguien que acababa de descubrir una traición… y que aún conservaba toda su dignidad.

Cuando Andrés regresó a su asiento, estaba completamente pálido.

—¿Qué pasó? —susurró Renata.

—Nada.

—No me mientas.

Él evitó mirarla.

—Solo quiere hacer un escándalo.

Renata frunció el ceño.

—¿Entonces por qué pareces a punto de desmayarte?

Andrés no respondió.

Sabía perfectamente que Lucía había descubierto algo mucho más peligroso que la infidelidad.

Había descubierto el dinero.

Y eso podía destruir mucho más que un matrimonio.

Dos horas después, mientras la mayoría de los pasajeros dormía, Lucía abrió discretamente la aplicación bancaria desde la tableta de servicio autorizada para uso personal durante el descanso.

Introdujo sus credenciales.

La cuenta seguía activa.

El saldo permanecía intacto.

Todavía.

Entonces comprendió algo.

La transferencia aún no se había realizado.

Eso significaba que todavía estaba a tiempo.

Sin dudarlo, llamó al asesor financiero que administraba el fideicomiso familiar.

Era de madrugada en México, pero él respondió al segundo tono.

—¿Licenciada Salgado?

—Necesito que bloqueen inmediatamente cualquier movimiento superior a cien mil pesos de la cuenta conjunta.

Hubo unos segundos de silencio.

—¿Ocurrió algo?

Lucía miró hacia la cabina ejecutiva.

Andrés dormía fingiendo tranquilidad.

Renata observaba por la ventanilla, incapaz ya de confiar en ninguna de sus palabras.

Lucía respondió con una serenidad absoluta.

—Sí.

—Acabo de descubrir que alguien intentó comprar una nueva vida… con el legado de mi padre.

Al otro lado de la línea, el asesor respiró hondo.

—Entendido. Procederé de inmediato.

Lucía colgó.

Por primera vez desde que aquel avión había despegado, sintió que recuperaba el control.

Pero ignoraba que, al aterrizar en Madrid, no solo la esperaba una notaría.

También la aguardaba una mujer desconocida con un sobre amarillo en la mano… y una prueba capaz de demostrar que la traición de Andrés había comenzado mucho antes de conocer a Renata.

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