PARTE 2: EL DELANTAL QUE NUNCA VOLVIÓ A PONERSE.

Daniel bajó los últimos escalones casi corriendo.

—¿Qué quieres decir con eso?

Laura dejó la mano sobre el picaporte.

—Que durante tres años hemos estado ahorrando para formar una familia.

Hizo una breve pausa.

—Pero yo ya no estoy segura de querer formar una contigo.

Daniel sintió un vacío en el estómago.

—No digas eso por lo de anoche.

Ella sonrió con una tranquilidad que le resultó desconocida.

—¿De verdad crees que esto empezó con las langostas?

Él abrió la boca.

No encontró respuesta.

Laura dejó las llaves de la casa sobre la barra de la cocina.

—¿Recuerdas cuando tu mamá regaló mi cafetera a Sophie porque “ella la necesitaba más”?

Daniel bajó la mirada.

—¿O cuando abrió mi clóset para sacar un abrigo nuevo y dárselo porque decía que el color le quedaba mejor?

Cada recuerdo aparecía con una claridad insoportable.

—¿O cuando entró en nuestra habitación sin tocar para revisar si ya estaba embarazada?

Daniel tragó saliva.

Lo recordaba todo.

Simplemente nunca había hecho nada.

—Laura…

Ella negó con la cabeza.

—No quiero otra explicación.

—Solo intento mantener la paz.

—No.

Ella lo miró directamente.

—Tú mantienes cómoda a tu madre.

La paz nunca existió para mí.

Aquellas palabras lo dejaron inmóvil.

Laura salió de la casa.

Veinte minutos después llegó al concesionario.

Firmó los últimos documentos y recibió las llaves de un automóvil híbrido color azul oscuro.

Lo había comprado con el dinero de un ascenso que Daniel ni siquiera sabía que había conseguido.

Nunca se lo contó.

Porque cada vez que lograba algo, Margaret encontraba la forma de convertirlo en un logro de Sophie.

Mientras tanto, en la casa, Daniel seguía caminando de un lado a otro con el teléfono en la mano.

Intentó llamarla.

No respondió.

A las once de la mañana sonó el timbre.

Margaret entró sin esperar respuesta.

Como siempre.

Traía dos bolsas reutilizables.

—¿Dónde está Laura?

Daniel permaneció en silencio.

—Que empiece con el postre. Sophie llegará con mucha hambre.

Fue entonces cuando vio el delantal doblado sobre la encimera.

Lo tomó entre las manos.

—¿Por qué dejó esto aquí?

Daniel respiró profundamente.

—Porque ya no piensa usarlo.

Margaret soltó una risa.

—Qué dramática.

Ya se le pasará.

Como siempre.

Abrió el refrigerador.

—¿Dónde dejó la carne marinada?

Daniel cerró la puerta del refrigerador antes de que ella pudiera sacar nada.

—Mamá.

Ella levantó la vista.

—¿Qué?

—Hoy no habrá comida familiar.

—¿Cómo que no?

—La cancelé.

Margaret frunció el ceño.

—¿Quién te dio permiso?

Aquella pregunta hizo que Daniel despertara de golpe.

¿Permiso?

Era su propia casa.

Y aun así llevaba años comportándose como un invitado frente a su madre.

—Yo.

Respondió con calma.

—Porque esta es mi casa.

Margaret dejó lentamente las bolsas sobre la mesa.

—No estarás poniéndote del lado de esa mujer.

Daniel respiró hondo.

Por primera vez no buscó una excusa.

—Siempre debí hacerlo.

El rostro de Margaret se endureció.

—Todo esto por unas langostas.

Daniel negó despacio.

—Nunca fueron las langostas.

Era cada vez que la dejabas llorando en la cocina.

Cada vez que abrías nuestros cajones.

Cada vez que humillabas a mi esposa mientras yo fingía no verlo.

Margaret dio un paso hacia él.

—¿Ahora ella te puso en mi contra?

—No.

Daniel observó el delantal doblado.

—Yo solo tardé tres años en entenderlo.

En ese instante sonó su teléfono.

Era Laura.

Contestó inmediatamente.

—¿Dónde estás?

La voz de ella seguía siendo tranquila.

—Acabo de salir del banco.

Daniel sintió un mal presentimiento.

—¿Qué hiciste?

—Separé nuestras finanzas.

Hubo un largo silencio.

Luego añadió:

—Y esta tarde tengo cita con un abogado.

Daniel cerró los ojos.

Por primera vez comprendió que no estaba intentando darle una lección.

Laura estaba organizando una vida en la que él ya no ocupaba el lugar que siempre dio por seguro.

Y lo peor era que todo había comenzado mucho antes de que cuatro langostas desaparecieran de una mesa.

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