PARTE 2: EL DEDO SE MOVIÓ

Diego contuvo la respiración.

Había sido apenas un roce.

Tan pequeño que cualquiera podría haber pensado que era un espasmo.

Pero él lo había sentido.

La mano de su madre había respondido.

—¿Mamá…? —susurró, acercándose a la cama—. ¿Fuiste tú?

Lucía reunió toda la fuerza que le quedaba.

Intentó mover el dedo otra vez.

El esfuerzo fue inmenso.

El monitor cardíaco aceleró ligeramente el ritmo.

Bip… bip… bip…

Roberto giró la cabeza.

Frunció el ceño.

—Fue un reflejo.

Marisol dio un paso atrás.

—No sé… eso pareció…

Antes de que terminara la frase, Diego gritó con todas sus fuerzas:

—¡Enfermera! ¡Mi mamá se movió!

Los pasos comenzaron a escucharse por el pasillo.

Roberto reaccionó de inmediato.

—Diego, tranquilo. Los médicos dijeron que esos movimientos son normales.

Pero el niño ya no lo escuchaba.

Corría hacia la puerta.

Dos enfermeras entraron casi al mismo tiempo.

—¿Qué ocurrió?

Diego señalaba la mano de su madre.

—¡Se movió! ¡Me apretó el dedo!

Una de las enfermeras revisó rápidamente los monitores.

La otra iluminó los ojos de Lucía con una pequeña linterna.

Observó una leve reacción.

—Voy a llamar al neurólogo de guardia.

Roberto intervino enseguida.

—Mi hijo está muy nervioso. Ha sido un momento muy duro para él.

La enfermera no respondió.

Continuó con la valoración clínica.

Marisol observaba a Roberto con creciente inquietud.

Él le lanzó una mirada que significaba claramente: cállate.


Quince minutos después, el neurólogo llegó acompañado de otros miembros del equipo médico.

Realizaron una exploración completa.

Lucía seguía sin poder abrir los ojos.

Pero ahora había una diferencia.

Respondía a algunos estímulos.

El médico tomó nota.

—Vamos a repetir las pruebas.

No podemos sacar conclusiones todavía.

Diego se aferró a la sábana.

—Doctor…

¿Mi mamá me escuchó?

El especialista sonrió con prudencia.

—Es posible que haya cierto nivel de conciencia.

Necesitamos confirmar qué está ocurriendo.

Roberto forzó una expresión emocionada.

—Gracias, doctor.

Haré lo que sea necesario.

Pero, mientras abrazaba a su hijo frente al personal del hospital, una gota de sudor descendía por su sien.

Por primera vez desde el accidente, tenía miedo.


Dos horas más tarde, cuando Marisol salió al estacionamiento, Roberto la alcanzó.

—¿Qué te pasa?

Ella estaba completamente pálida.

—Escuchó todo.

—No digas tonterías.

—¿Y si de verdad despierta?

Roberto apretó la mandíbula.

—No va a despertar.

—¿Y si sí?

Él permaneció unos segundos en silencio.

Finalmente respondió con voz baja.

—Entonces tendremos que adelantarnos a todo.

Marisol retrocedió un paso.

Aquella respuesta la asustó más que cualquier otra cosa.

—Roberto… yo nunca acepté hacerle daño.

Él la miró fijamente.

—Ya eres parte de esto.


Mientras tanto, en la habitación, Diego seguía sentado junto a su madre.

Le tomó la mano con cuidado.

—No tengas miedo, mamá.

Yo voy a seguir hablándote todos los días.

Esta vez, Lucía volvió a concentrar todas sus fuerzas.

No consiguió mover el brazo.

Ni abrir los ojos.

Pero una lágrima comenzó a deslizarse lentamente por la comisura de su ojo derecho.

Diego la vio.

Su corazón dio un vuelco.

—¡Doctor!

¡Mi mamá está llorando!

El personal médico acudió nuevamente.

Una enfermera secó la lágrima con delicadeza.

El neurólogo permaneció unos segundos en silencio.

Después miró a Roberto.

—Señor Castañeda, vamos a cambiar el protocolo.

Desde este momento su esposa será trasladada a la Unidad de Neurorehabilitación para una evaluación más profunda.

Roberto sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

Porque aquello significaba una sola cosa.

La posibilidad de que Lucía despertara acababa de dejar de ser un milagro… para convertirse en una hipótesis médica real.

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